Mi amigo sabe y está consciente que todo ello es producto de una intoxicación. Como tomarse cualquier veneno y sentir la proximidad de la muerte. Él oía los rezos de la gente en ese limbo en el que se hallaba y habló del poder de las letanías. Pero por supuesto que tienen poder. El poder de la repetición. Porque el mundo se crea y se construye a partir de ella. Es la base de la existencia. La letanía, la construcción de la lógica a través del lenguaje obedece a un proceso repetitivo. No se inventan procesos. Se redunda en la razón, en el entendimiento. El proceso es uno solo. Pero el verdadero poder está en la lógica estancada, en la sinrazón, en la pérdida del sentido, en la des-concreción, en la des-concretización de las construcciones humanas y en la desnudez de la esencia pura de la abstracción. Ese es el instante de la letanía, el estado contemplativo, el misticismo rasgando la tela del mundo concreto y abriendo una brecha paralela. Es la suspensión y el punto de ignición. El eterno punto de partida. Mejor no saberlo.
¿Qué se puede comentar de lo que se conoce en demasía? Lo mismo, pues. Pero es mejor salirse de ese kiosco y volver al llano. Ser llano sobre el césped y tener entradas a Cancha, encontrarse con los amigos, reír, sonreír tontamente. Pretender sorpresa y convencerse de ello. El contra poder: la auto convicción. Hay salvación señores. La angustia tiene remedio. Seguir esperando y dejando que la fatiga física –la más descomplicada- haga su efecto. Entonces acusar un posible aburrimiento o tedio a cuestiones fisiológicas y dejar que la conciencia se vaya a dar un paseo por Black Box. Recorrer el estadio entero buscando un baño y orinar treinta veces, siempre las urgencias son tan impertinentes. De ahí el miedo provisional a beber agua o a bañarse (en otros casos). Y siempre la espera, sabiendo lo que se espera, porque sorprenderse de distintos posibles escenarios no es posible. Las cosas, irrevocable e infaltablemente siempre se dan. Por eso el concierto empieza y todos sabemos los que va a pasar. Archivos de memoria de decenas de conciertos anteriores pero siempre la infaltable expectación, las ansias y la necesidad de obtener algo. Más aún cuando se ha leído las crónicas de periódicos y se sabe exactamente cuál va a ser el repertorio, cuántas veces se van a despedir y cuántas canciones extra van a tocar. Todo salió al pie de la letra. Será que siempre es mejor tener la situación controlada.
Pero ello aún no es suficiente para desaparecer el instante, para negar el espacio, para eliminar el contexto y dejarnos fuera de la delectación. La complacencia es bastante poderosa también y es un arma de doble filo de la irracionalidad: se va en contra de ella al tiempo en que la acompaña en su misión de repetición. Luego viene el raciocinio y la conciencia. Y posteriormente el dulce disfrute de la ruptura. ¿Cómo? El boicot de la conciencia, cuando el simple goce, el puro placer carcome y engulle su misma génesis y termina por absorberlo todo. Como burlarse de uno mismo…