Y ello no es lo peor, por supuesto. Lo execrable es la aceptada hipocresía social, esa en donde caben concursos de belleza que encubren la necesidad muy humana de la estética por la estética utilizando misiones caritativas. Qué farsa más ridícula. Que nadie me venga a decir que se lanza a candidata porque quiere ayudar a los niños con síndrome de down. Para hacer labor social no necesitas ni ser reina, ni ser bella, ni medir uno setenta. Pero ahí está la mojigatería políticamente correcta. Y lo que a todos nos encanta (me incluyo por ser parte de esta sociedad alcahueta) es creernos el cuento y justificar nuestra superficialidad (porque para la tradición judeocristiana eso está mal) poniéndole alma sintética a algo que podría expresar su sinceridad descarada. Prefiero los “porque sí” a las justificaciones veladas. Si algo detesto en la vida, son las intenciones disfrazadas. Nunca va a ganar una fea y eso todos lo saben. ¿Por qué nos encantará fingirnos idiotas?
No hay nada malo en el culto a la belleza, lo sostengo. La satanización de lo bello como sinónimo de superficialidad se superó en el siglo XIX. Esa insoportable doble faz de la sociedad que constantemente juzga aquello a lo que rinde culto, se convierte en el mea culpa de la socarronería. Un contrasentido, el callejón sin salida de la coherencia y la razón, el oxímoron del oxímoron.
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Una pequeña muestra de lo que el enriquecedor programa ofrece. Angelelli y la ex de todos, Marián Sabaté, confrontándose años después de su ruptura... Sin palabras
Bueno, si así se pintan las cosas, no sería mala idea salirse del Videodromo y pegarse un tiro mediático para salir de la pesadilla…