Ídolo

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Morrissey

martes, julio 20, 2010

¿Prohibir el burka?


La imagen de esas mujeres, fantasmas en vida, vestidas de negro, completamente cubiertas y con nada más que un mínimo espacio para mirar a través de una rejilla, siempre nos ha espeluznado, al menos a las mujeres occidentales…


Al imaginarnos cómo sería nuestra vida dentro de esas ropas-cárcel, simplemente llegamos a la conclusión de que sería insoportable. Muchas mujeres musulmanas, de hecho, según informes de organismos de derechos humanos, han visto sus vidas oscurecer dentro de esos trapos. En Irán, luego de la ascensión al poder del Ayatollah en los años 70, muchas mujeres debieron cambiar radicalmente sus vidas al triunfar la llamada revolución islamista que convirtió a ese país en un estado musulmán fundamentalista. A partir de 1979, las mujeres debieron vestirse de luto de pies a cabeza debido a su absurdo mayor pecado: ser mujeres que provocan el deseo del hombre cuando éste mira cualquier parte de su cuerpo, aunque sea un dedo o un cachete.


La depresión y la angustia no se hicieron esperar, y de hecho la tasa de suicidios femeninos en los países islamistas fundamentalistas es alarmantemente alta. Sin embargo, dentro de esas sociedades a nadie parece importarle porque son espacios construidos para los hombres y por eso la mujer debe estar literalmente velada para que aquel no caiga en pecado. Es más que obvio que los derechos de las mujeres en estas naciones fundamentalistas son absolutamente violados, eso nadie lo discute. Está claro que unas leyes inútiles, abusivas y absolutamente paranoicas, infundadas y hasta grotescas son las que han causado estas “costumbres” repugnantes. En el Corán, el libro sagrado de los musulmanes, no existe ningún apartado que exija a las mujeres cubrirse por completo. Las interpretaciones maliciosas y a discreción de las leyes musulmanas han sido la condena de las mujeres en estos países.


Ahora, el debate que sale a la opinión pública en los últimos días es harina de otro costal: la prohibición de usar burka –no específicamente usando este término pero refiriéndose totalmente a él- en espacios públicos del territorio francés. Esta discusión inició el año pasado cuando el presidente Nicolás Sarcozy declaró que el hecho de que las musulmanas ocultaran su rostro por una ley islámica en Francia iba en contra de los preceptos de libertad y respeto a la mujer de su nación. Entonces, el debate entró a la Asamblea francesa y acaba de ser aprobado el Proyecto de ley que prohíbe la ocultación del rostro en el espacio público, con 335 votos a favor y uno en contra.


Sin embargo, frente a esta medida que al parecer busca hacer valer los derechos de la mujer, muchas voces se alzan a favor, ya que para algunos significa una violentación de los derechos constitucionales y universales de las personas. Si una persona se ocultase el rostro en lugares públicos, tendría que pagar una multa de 150 euros, y si alguien obligase a otra persona a cubrírselo, podría pagar hasta 150.000 euros. Los detractores de esta medida aseguran que con esta ley, la libertad de culto y prácticas religiosas estaría siendo restringida, además de que prohibiría el uso voluntario de la burka, cosa que también significaría la negación de un derecho fundamental.


Por otro lado, los que defienden esta ley señalan que el uso de la burka no tiene nada que ver con el culto y que esta ley no menciona en ningún artículo motivo religioso alguno de prohibición. Simplemente, establece que está prohibido cubrirse el rostro en espacios públicos salvo razones médicas, carnavales, fiestas tradicionales, etc.


El debate en este tema es amplio y delicado, porque si bien acusa una falsa tradición cimentada en creencias tóxicas, machistas y agarradas del fanatismo religioso, también demuestra un “fundamentalismo” de la contraparte: Francia fue el primer país en separar la iglesia del estado, de hecho, la revolución francesa fundó las bases del estado moderno. Libertad, igualdad y fraternidad. No obstante, al jugar en el terreno de las prohibiciones está –en el sentido puro- yéndose en contra de sus propios preceptos. La tierra de la libertad ideológica, cuna de la Ilustración, se vuelve ortodoxa en sí misma, en su voluntad de hacer respetar –a la fuerza- aquello que defiende y que se convierte en un contrasentido, en un oxímoron: la prohibición liberadora. Se trata de defender la libertad del ser occidental y sus derechos fundamentales, a través de prohibir “libertades” de culto de otras culturas. ¿Esto es válido? Yo no tengo la respuesta.

jueves, julio 08, 2010

Lady Gaga o la doble moral


Resulta que la cantante pop versión aumentada y corregida de Madonna dice que tiene un código moral muy fuerte que le impediría serle infiel a un hombre… ¿Ustedes le creen? ¿Qué hay detrás de todo esto?



Primera respuesta: Marketing. Para muchos y para ella misma, el hecho de vender una imagen (ojo, vender) excéntrica e hipersexual, no tiene que ver nada con la vida privada de la persona. Lady Gaga dice ser un personaje y que ella no es eso en la intimidad. Pues admiro su capacidad de “performer” y su talento para separar tan perfecta y extremamente su dos polos, pues pasa de virgen a puta en un abrir y cerrar de cremalleras y en un quita y pon de pelucas. Increíble. Su alter ego es justamente todo lo contrario de lo que ella dice ser: fiel, moralista, célibe y una ferviente creyente del amor. Algo que siempre he admirado es la capacidad de impostación que tiene Hollywood y de la industria de la música: el convertir en objetos sexuales a muchachitas sosas que algún día consideraron ser monjas o misioneras evangélicas. En fin, siempre he pensado de la sexualidad es algo que se expresa inconscientemente y que una persona con sex appeal lo lleva como algo innato. Pero me he equivocado rotundamente, porque en este mundo de flashes y fama, todo se puede construir, hasta una imagen que sea la antípoda de lo que somos. Y pensándolo bien, creo que es lo más fácil. Pasar de un estereotipo a otro. Ir del un polo a su perfecta antípoda. La eterna paradoja moral.



Segunda respuesta: Es un nuevo y adicional truco de Marketing. Generar valores de choque para llamar más la atención. Es decir, hacer que dos inversos se junten, produce un morbo extra por lo espectacular. Porque precisamente la espectacularización es eso: resaltar algo a través de compararlo con su inversamente proporcional. Es decir, lo opulento se ve más opulento al lado de la miseria, por ejemplo. En este caso, Lady Gaga se ve más excéntrica si su condumio en realidad es una puritana moralista.



Tercera respuesta y la más grotesca: Es una posición de protección frente a un medio cruel. La verdadera Lady Gaga, es decir, Stéfani Germanotta es una chica poco atractiva que no tiene una belleza que hable por sí misma. Entonces, la “gran idea” para esconder su falta de atractivo físico, pues es tunearlo de acuerdo a lo que exigen los tiempos actuales: sexo, prácticas y juegos estéticos extremos pero “elegantes” (para no herir tantas susceptibilidades y ser de alguna manera atractiva y hasta bella). Según mi parecer, Lady Gaga es una chica insegura escondida en un gran caparazón de trapos brillantes, corsés asfixiantes, pelucas blancas y tacones imposibles. Su supuesta postura moral puede deberse también a esta inseguridad de no sentirse bella siendo quien es. Galanes le lloverán siendo Lady Gaga, pero siendo Stéfani quién sabe… Es pura especulación de mi parte, aclaro.



Finalmente, cuarta y más repudiada respuesta: la doble moral gringa. Esa mojigatería moral del imperio que construye monstruos sexuales, los endiosa, pero no les perdona que su libertinaje lastime las profundas bases judeo-cristianas y republicanas de la nación. Cuántas Brittneys Spears se han declarado virginales y después han hecho de su vida un burdel –sin desmerecer sus experiencias, ojo-. Al público gringo les encanta estos fenómenos mediáticos contradictorios, que son capaces de ser santos y demonios en sí mismos, pero no desde el punto de vista del matiz humano (somos blanco y negro, somos buenos y malos a la vez), sino desde la polarización extrema de los arquetipos humanos: en verdad, vírgenes y prostitutas. No hay más show que venda, y quizás sí, todo se resuma en una sola palabra: Marketing. Para qué más vueltas.

martes, junio 08, 2010

La Hora Ecuatoriana: ¿Vivimos en otra dimensión temporal?


Cuando estábamos en el colegio mi madre solía adelantar todos los relojes de la casa con cuarto de hora. Ella se acostumbró a vivir en ese tiempo paralelo y siempre estaba convencida de que estábamos atrasados a todas partes. Su lucha contra la impuntualidad del escolar perezoso se volvió infructuosa. Aunque nos atrasábamos poco por esa diferencia horaria, ella estaba convencida de que siempre estábamos llegando tarde a todo lado. Su propio mundo creado la terminó envolviendo. Hoy en día en la casa de mis padres casi no quedan relojes de pared.


El mundo paralelo de mi madre, en el que todo sucedía 15 minutos antes, no era nada comparado con el mundo paralelo de los ecuatorianos, en el que todo sucede una hora más tarde, como mínimo. Si mi madre era una vanguardista del tiempo, nuestro pueblito es un subdesarrollado temporal, ya que vivimos atrasados. Y como diría el durmiente Cerati: “me vi llegando tarde a todo”. Y aunque para ciertas formalidades es tremendamente mal visto no estar en punto, para el resto de cosas pareceríamos no tener apuro. Nota entre líneas: la falta de apuro es sinónimo de atraso cultural o más románticamente dicho: todavía no entramos de lleno en el monstruo atropellado del capitalismo. Poco a poco vamos perdiendo la falta de apuro… qué nostalgia. Nada de cosmovisiones andinas del tiempo circular –con el perdón de los antropólogos y Pachacutik- esa pereza temporal está íntimamente ligada con el tipo de sociedad y su nivel de desarrollo –aunque suene a FLACSO-. En los pueblos pequeños de cualquier parte del mundo, el tiempo parecería pasar más lento, la gente no tiene apuro de llegar a ninguna parte, porque simplemente no se atrasa a ningún lado. No hay horarios precisos. Si no, averigüen cómo se vive en Cuba: la gente llega a una reunión hasta cuatro horas más tarde y no pasa nada...


Regresando al viejo truco del reloj adelantado de mi madre, éste podría ser la herramienta más ingenua para lograr llegar a tiempo a un lugar, porque aunque no lo crean, funciona. Uno por instinto, o para no generalizar: el impuntual por instinto cree que puede burlar al tiempo y aunque revisa el reloj varias veces, no le da crédito. Cree que puede hacer las cosas en cinco minutos, o quedarse dormido cinco minutitos más y lograr llegar a tiempo. Pero nunca lo consigue y por eso llega tarde a todo buscando en ciertos casos los más insólitos pretextos (mi abuelita se murió, sí la misma abuelita que ya se ha muerto durante toda tu vida unas diez veces) o simplemente asumiendo que los demás entienden que en estas condiciones actuales (¿tráfico?, ¿estrés de la vida?, ¿sueño sagrado?) lo normal es que uno llegue tarde.


Entonces, montarse al tiempo paralelo de los 15 minutos adelante, no es una idea descabellada, porque hará que esos 5 minutitos que quieres burlarle al tiempo, se descuenten del adelanto. Pero yo, después de vivir toda la infancia y la adolescencia adelantada en el tiempo, hoy prefiero seguir tratando de robarle segundos al tiempo real…

lunes, junio 07, 2010

¡Hasta cuándo sigues viviendo con tus taitas!


Es la pregunta, o reclamo que muchas mujeres quizás hemos hecho a algún novio, amante o demás. Al ver su cara de comodidad y almuerzo servido en la mesa, ropa planchada y cama tendida, nos ha entrado una especie de rabia. ¡Por qué no se larga de una buena vez! Pero, uf, este sí que es un tema que se vuelve un pulpo de posibilidades. La primera: ¿por qué quejarse únicamente de los hombres que aún viven con sus padres, si también hay mujeres que siguen viviendo con sus padres después de los treinta? Respuesta: los consabidos factores culturales que ya conocemos todos: hombre sostén de familia, mujercita protegida hasta que el marido se la lleve… El problema es que estos paradigmas ya no tienen nada que ver con nuestra realidad actual: el hombre cada vez sostiene menos y la mujer es económicamente independiente. La mujer ya no es la indefensa desprotegida, ahora es una mujer que sabe valerse por sí misma. Punto y respiro.

Entonces, ¿por qué ese esquema sigue arraigado en nuestras mentes? Porque las creencias y costumbres son tan fuertes como concepto, que desterrarlas del mundo ideológico es aún más difícil que desterrarlas del mundo práctico. Sí, en la práctica la mujer ya no depende económicamente del hombre, pero en la mentalidad de muchos, aún es como si lo fuera. Y con esto cierro la primera posibilidad.

La segunda viene por otros factores culturales –sí, qué redundancia- que ya no son tan macro como los anteriores, más bien obedecen a realidades locales. Uno: la relación “atado de guineos” que tenemos con la familia. Nuestras costumbres de país están muy cercanamente relacionadas con el fenómeno “fanesca”. Sí, ese plato auténticamente ecuatoriano en el que se pone un poco de todo, y se mezcla y se come junto. Pues, en las relaciones familiares solemos ser un poco así: juntos y revueltos hasta que la muerte nos separe. En nuestro país hay condominios enteros llenos de todos los descendientes de una misma rama familiar viviendo juntos. Se odian, se aman, se odian, se aman. Y las madres generalmente son felices si todos “los suyos” –nunca mejor utilizada esta palabra” están cerca. De paso, otro “factor cultural”: las madres pulpo, ojo y no esto no exclusivo de nuestro país. En Italia, el 70% de los italianos entre 18 y 39 años viven en casa de sus padres. La Mamma puede más.

Por si esto fuera poco, entra en la cancha otra cuestión. El poder adquisitivo. En promedio, en nuestro país es bastante bajo, ya lo sabemos. Y eso hace que prefiramos quedarnos en la casa de nuestros padres, antes de gastar la plata que no tenemos. Sin embargo, muchos –sobre todo actualmente que se han roto las convenciones- aplican soluciones que se ven en países del primer mundo: compartir departamentos. Pero, ¿no estamos volviendo a lo mismo? Es decir, a lo mismo pero distinto. La vida en comunidad que es finalmente la cuestión. El hecho, entonces, no es vivir solo, sino ser autónomo con respecto a la familia. En algunos países Europeos son las madres las que alientan o "echan" a los hijos mayores de 18 años a vivir su vida independientemente. Pero esto no es Europa y hasta que nuestras mamacitas cambien de mentalidad pasarán años. Hasta mientras, así estamos bien ¿no?


La fotillo que vemos en este artículo es de la película francesa Tanguy, en la que extrañamente un joven de 28 tempranos años vive aún con sus padres, lo cual es pésimamente visto hasta por sus propios progenitores. Ellos no ven la hora de echarle de la casa y hacen todo lo posible para que se vaya. Hasta terminan alquilándole un departamento propio. Observación uno: el muchacho en cuestión parece un maduro hombre de cuarenta (ahh...los aspectudos europeos). Observación dos: ¿28 años? Eso es como que aquí echen a alguien de 18. Ahh las diferencias culturales. Pero, me pregunto ¿será que esa tremprana madurez física de los europeos hace que los padres vean a sus hijos más viejos de lo que son?


Era una pregunta abierta...

viernes, junio 04, 2010

Amor loco, tibia estabilidad y el fin de las chullas


¿Uno y largo? O ¿Varios y cortos? No se adelanten, que no me refiero a lo que están pensando… Hablo del amor o del romance, o mejor dicho, de la pasión. El otro día hablaba con unos amigos. Uno de ellos al hablar de un tema que ahora no viene al caso, utilizó el término “chullas”. Yo paré a raya y le dije, algo indignada: “pensé que ese término ya había desaparecido del léxico quiteño”. Y es que esa palabrita despectiva hasta los años ochentas servía para calificar a aquellas chicas que disfrutaban de su sexualidad, por así decirlo, “libremente”. Esta calificación siempre fue injusta y peyorativa, pues en hasta cierta época cualquier chica que tuviera relaciones –por más que fuera con un solo hombre- antes del matrimonio, era una “chulla”. Al dejar que mi amigo explicara qué es lo que él conocía como chulla, me enteré que hoy en día se utiliza ese término como sinónimo de prostituta.


Luego de la conversación me quedé con una sensación agridulce. Por un lado, como dijo una de mis amigas que me acompañaba ese rato: “hoy en día todas somos chullas”. Sí, en la acepción más antigua de esa palabra, actualmente todas las chicas que hemos pasado por más de una mano, seríamos en los años 50 unas chullas. Y es que todo ha cambiado. Lo que antes era el amor hoy es sólo el anhelo dormido de alguna abuelita. Las mujeres hemos cambiado las relaciones únicas y largas, por las pequeñas y cortas. No generalizo, ojo, pero son muy pocas las mujeres en la actualidad que se casarán con el único príncipe de sus sueños, Hoy en día, príncipes de nuestros sueños hay en cada esquina.


Por otro lado, la otra cara de la moneda de mi sensación de ese día, fue alegría: hoy los hombres han desaparecido el concepto original de “chulla” porque simplemente ya no se aplica a esta realidad, en la que a las mujeres cada vez menos se les exige virginidad. Bien por ellos, eso de alguna forma significa un cambio de mentalidad. Pero no del todo, porque la mujer “pica y pasa” tampoco le gusta del todo al ecuatoriano.


Ok, después de toda esta perorata, quiero ir al grano. Si la convención social del amor único y eterno poco a poco se ha ido desmoronando, ¿será que estamos contentas con lo logrado? La posibilidad de tener varios romances cortos y apasionados nos seduce, y sentir cosas extremas nos da vida, pero para muchas mujeres, el sabor de la pérdida o del fin de una relación, aún sigue siendo insoportable. Sospecho que dentro de toda nuestra facha de mujeres liberadas –hablo de las generaciones actuales- se abre paso un hilito (a veces soga) de añoranza del pasado. Dentro de cada una de nosotras habita una mujer con deseos de ir de la mano de un mismo hombre durante toda la vida. Un amor apasionado, fuerte y único. Pero las cosas generalmente vienen por partes y es por eso que casi siempre se puede escoger o lo uno, o lo otro: largo y algo aburrido, o corto e intenso. Ustedes deciden.

martes, junio 01, 2010

Placeres culposos



Comerse una hamburguesa grasosa y pensar en las arterias convertidas en Porky… desear a la mujer del prójimo y luego irse a confesar con el cura del barrio… decir que el cine comercial es una mierda y atragantarse de canguil viendo una comedia romántica, tratando de pasar de incógnito en el cine. Reírse cuando alguien se cae aparatosamente en un día de lluvia, comerse las uñas, sacarse los mocos, robarse los esferográficos del prójimo, comerse la comida de la lonchera del compañero, sacarse los callos de los pies… y hasta poner los cuernos. Sí señores, son los temidos y deseados placeres culposos, esos que se hacen a escondidas, sin que nadie nos vea y por los que alguna vez nos hemos sonrojado al ser descubiertos.


¿Será falta de espontaneidad? Para muchos es un problema cultural que se resume en que hemos sido criados para sentir culpa de lo que nos da placer, sí, la eterna paradoja alimentada por la moral judeo-cristiana. El cuerpo y lo que este pueda sentir es lo que nos lleva a las fauces del pecado. Pero por ahí dicen que sarna con gusto no pica, y es por eso –aunque suene burdo- que el placer siempre nos puede más. Porque no crean que el placer culposo se arrastra en un mundo oscuro de perversiones, el placer culposo es tan simple como comerse un chocolate o sacarse los barros de la nariz. Simplemente sentimos un extraño y algo hipócrita pudor que nos hace negar eso que nos da placer, por más de que se trate de una tontería.


Creo que la razón profunda de desconocer nuestros gustos y placeres viene dada por nuestra misma condición de personas. Persona=máscara, en latín. Escondemos lo que somos porque somos una construcción social, determinada por ciertos parámetros de comportamiento. Pero precisamente esos parámetros se rompen cuando estamos fuera del contacto gregario y nos hallamos en la intimidad de la soledad. Ahí es cuando germinan tranquilos los placeres culposos… hasta que viene alguien y nos saca de la burbuja…

Pues sí, uno de mis peores placeres culposos es justamente esa grasosa hamburguesa que ustedes pueden apreciar en la gráfica. La comida chatarra me persigue y la adoro con todas mis fuerzas, a la vez que la odio por hacerme caer en su grasosa seducción. Una de mis felicidades tontas de hoy fue que el comedor institucional de mi amado trabajo había de almuerzo ¡Papas fritas! Alegría total señores.

lunes, mayo 31, 2010

¿Por qué ganó Juan Manuel Santos?



“Yo iba a votar por Mockus, pero mi ignorancia no me permitió entenderle nada. Definitivamente es un candidato demasiado inteligente para este país y por eso voté por el que sí le entendí y que quiere continuar con el cambio que inició Uribe hace 8 años. Cambio que ha permitido a esos residentes en el extranjero que nos tratan de ignorantes, que puedan venir con tranquilidad a visitarnos. Sí, porque hace ocho años no podían hacerlo. Tal vez en Lituania sí le entiendan”.



Se puede decir que esta “perla” encontrada en un foro de comentarios sobre un análisis del por qué Santos barrió en las votaciones ayer domingo, resume el sentimiento colombiano, y esa ambivalencia que determinó que en las encuestas de preferencias de voto, Antanas Mokus y Juan Manuel Santos aparecieran en un empate técnico. Cosa que no pudo estar más lejana de la verdad, ya que el apabullante 46,5% apagó las ansias triunfalistas de Mokus, quien obtuvo apenas un 21,5%.



Ahora, retomando la cita inicial de este artículo, se puede llegar a una conclusión muy decidora: la gente prefirió acción por sobre discurso. Los resultados de las elecciones colombianas son claras: el poder de los hechos, que fue el discurso con el que convenció Santos a la mayoría de la población, estuvo por sobre el poder de la palabra, principal estandarte de Mokus, quien de paso, tuvo varios tropiezos dentro de su discurso, para muchos inconsistente y con errores conceptuales.



Mokus, al parecer, le quitó el peso a las palabras al presentarse como un candidato críptico y poco claro en sus ideas, lo cual determinó que la gente le catalogara como no apto para el cargo de presidente. Santos, por el contrario, no arriesgó su imagen con un discurso verde y supuestamente innovador, sino que prefirió irse a lo seguro: relacionarse directamente con la fórmula exitosa (para muchos colombianos) del Uribismo y aprovechar sus “obras” como Ministro de Defensa de Uribe: la lucha contra las FARC y por su puesto, el gran golpe que significó la muerte de Raúl Reyes.



¿El ataque de angostura, Chávez y las relaciones rotas con Ecuador ayudaron al triunfo de Santos? Sí. Definitivamente. Sospecho que estos escollos diplomáticos y políticos lo que lograron -en la mayoría del pueblo colombiano- fue generar o alimentar un sentimiento nacionalista, que como todo sentimiento de esa índole, se asentó sobre la eterna polarización de buenos y malos. La idea épica del “enemigo” funciona perfectamente dentro de una sociedad que se siente amenazada en su seguridad interna y que busca un líder protector. Eso precisamente llega a ser Juan Manuel Santos dentro de esa lógica. Mientras que Mokus, finalmente fue percibido como una especie caricaturizada de lo que significa estar al frente de un país.



No es una somera coincidencia que, después de análisis comparativos entre la intención de voto y el voto real, se hayan puesto como perfectos contrarios a Santos y a Mokus. El magnate de los medios, proveniente de una aristocracia de poder versus el matemático y filósofo excéntrico. El uno ex Ministro de Defensa, el otro ex alcalde de Bogotá. La debilidad discursiva del uno, benefició a la acción directa y confrontativa del otro. No debe cogernos por sorpresa la decisión de los Colombianos, quienes obviamente sienten una simpatía por Mokus, lo cual hizo ver engañosas a las encuestas. No obstante, simpatía no es igual a voto.



Aunque, si se quiere hilar más fino, finalmente la gente se decantó por quien les ofrecía una respuesta concreta al fin de más de 60 años de violencia, desde aquel Bogotazo en el que se asesinó al líder del partido comunista Jorge Eliécer Gaitán, en 1948; hecho que desató la era del crimen y el terror en Colombia.

lunes, mayo 17, 2010

Del EDOC y últimamente


Do-marse

La viuda de Boris Ryzhy le pide a la documentalista que no trate de averiguar por qué Boris se suicidó. “Eso sólo puede sentirse pero no puede explicarse”. Luego, las caras de los rusos, congeladas por el plano fijo, congeladas por el frío y esa tristeza caucásica, medio achinada, que se aquieta en esos ojos azules o grises. Ahí, sólo ahí, al final del documental, sabemos por qué Boris Ryzhy se suicidó.

Pausa.

Lo hizo por desasosiego. Por tristeza endémica. Fue lo primero y lo último que pensé cuando empecé a ver el documental que se llama así: Boris Ryzhy. ¡Qué tristes son los rusos! Eso fue lo primero. Luego, algo más que eso. Almas robadas a la espontaneidad de la vida. ¿Por qué? Porque no hay otro lugar para donde conducirse. Lo malo, o lo peor ya pasó. La Perestroika y ese no saber a dónde ir. “La libertad absoluta de no saber qué hacer”. La entrada del capitalismo de un patazo. La mafia rusa y el crimen como el único y último refugio de la ley de la selva. No. Como último refugio del sinsentido de la falsa agonía de una utopía muerta y arrastrada como en los funerales del S.XIX. El muerto vestido y sentado en una silla, como si estuviese vivo pero más feo que nunca. Horroroso. De ahí el horror y el horrorizarse de los otros. “Si no matabas, morías”. Y Boris, el poeta, teniendo vergüenza de estar vivo en medio de tanta muerte.

Pausa.

Pero no fue por eso. Un amigo suyo, el mejor quizás. Con ese cuerpo de mamut siberiano, aclara: “A Boris no le respetábamos por ser poeta, sino porque era rudo”. Un matón de barrio. Un matón sensible. Que le escribía al barrio rojo –por sangriento- en el que vivía. A sus vecinos muertos. A sus vecinos hoscos. A esa cara rusa de boxeador porfiado. Porque una cicatriz inventada por un enfrentamiento con delincuentes, chechenos y gangsters era la predicción de dolor desde la infancia. “Una caída de niño, simplemente”. Pero la tragedia romántica dividiendo su rostro seducía a sus lectores. ¿A sus lectores? Boris ganó algunos premios en Rusia y murió ahorcado a los 26. Pero en su barrio nadie lo conocía y jamás habrán leído sus poesías. Al igual que su hijo. “No me gustan sus poemas”.

Pausa.

Domarse es convertir el espíritu. Pero me refiero a conversión. Que finalmente es revertir algo que era. Domarse no es domesticarse. Es ser otro desde las vísceras. Es como virar la piel y mostrar la carne, o virar la carne y mostrar la piel. Boris y toda la generación Perestroika se domaron hacia la crudeza del ser. Y la vida se convirtió en un camal. Y como no había piel –o estaba dentro- entonces todo dolía demasiado. Y entonces, Boris decidió nuevamente revertir el proceso. Como lo hacían todos: y la única respuesta era morir o matar. El punto más alto de la templaza.

lunes, diciembre 14, 2009

Metal heart

Losing the star without a sky
Losing the reasons why
You're losing the calling that you've been faking
And i'm not kidding

It's damned if you don't and it's damned if you do
Be true 'cause they'll lock you up in a sad sad zoo
Oh hidy hidy hidy what you're tryin to prove
By hidy hidy hiding you're not worth a thing

Sew your fortunes on a string
And hold them up to light
Blue smoke will take
A very violent flight
And you will be changed
And everything
And you will be in a very sad sad zoo.

I once was lost but now i'm found was blind
But now I see you
How selfish of you to believe in the meaning of all the bad dreaming

Metal heart you're not hiding
Metal heart you're not worth a thing

Metal heart you're not hiding
Metal heart you're not worth a thing



Cat Power.

jueves, diciembre 03, 2009

De billeteras, papeles y registros



Uno de esos días que jugaba la Liga desafiando a la lógica, al destino y al Olimpo con sus cinco o siete goles perdí mi billetera cuando me bajaba de un taxi. Ello por las urgencias –o incontinencias- urinarias de los automovilistas que pitaban con frenesí de bolero de los cuarenta para que me bajara rápido y no causara el atolladero que, conmigo o sin mí, era inviolable. Logré salir de las montoneras y los roces cercanos con extraños -ya socialmente aceptados y absorbidos en este tipo de situaciones- y me dirigí a comer esos maravillosos tacos de a dólar setenta y cinco al frente del bar La Estación, en la Almagro y Wilson. Recomiendo. Una vez pedida mi orden, empezó la cruz. Mochila y basura de por medio, no encontré nada. Desbaraté todo el contenido misterioso de mi mochila a cuadros y simplemente encontré unos cds que creía perdidos, pero de la billetera ni rastro. Entendí que la culpa era de todos esos mafiosos que me pitaban para que me moviera cuando me bajaba del taxi. Así que no tocó más que cargar el muerto ya ordenado al amigo que venía conmigo y a quien agradezco por haberme alimentado esa noche y también haberme dado dinero para mi transporte.



Ahora era una vez más, una indocumentada. Ahí se fue todo. Cédula, toda mi insólita colección de papeletas de votación de los últimos años, incluida la de las históricas primarias de Alianza País, a las que acudí camuflada por una misión periodístico-investigativa que se me encomendó cuando por casualidad trabajé en el Diario El Telégrafo. Ese día había caído para mi desgracia en el repudiado turno de fin de semana. “Ve a ver si hay algún fraude o irregularidad”. Ok. Fui y voté y no pasó nada, pero traje información. “En teoría, si no estás empadronado, podrías votar sólo con tu nombre”. Eso fue suficiente dato. Lo había obtenido preguntándoselo al ex amante de una amiga, que ahora laboraba contento para la Revolución Ciudadana. Fin de la intra-historia. Decía, lo perdí todo. Todo lo que podría revelarme que estoy viva y existo. Sin eso, podrían encontrarme con una herida de arma blanca en el corazón y declararme N.N. Luego de abrirme para comprobar que los choros se llevaron mi vida de un solo tajo (como al hermano de Diego Cornejo Menacho), me habrían encerrado en un congelador de Medicina Legal, y a los tres o seis meses, si nadie me reclamaba, quizás hubiera cumplido mi último deseo de donar mi cuerpo a la ciencia. “Quizás la olvidaste en la casa”. No, nunca salgo sin papeles, uno nunca sabe lo que puede suceder a la vuelta de la esquina.



Es curioso, pero siempre pierdo billeteras cuando se cierra un ciclo en mi vida, o al menos así han sido las dos últimas pérdidas. Recuerdo claramente la última (o quizás la penúltima). Esa billetera había sido una especie de pacto secreto de los gemelos fantásticos y sólo dos personas en este mundo la teníamos. Yo la dejé en el mostrador de alguna pastelería y cuando regresé, ya no estaba. Tampoco el gemelo fantástico, así que media vuelta y hacia otro lado. Esos días hice de mala gana todo el papeleo que ¡oh no! debo volver a hacerlo esta vez. Lo primero es lo primero, la plata señores. “Bueno, has de haber tenido unos cinco dólares”. No. Justo ese día cargaba unos nada despreciables cuarenta dólares que sólo me dolieron al acordarme que minutos antes no había comprado el libro que lanzaba un amigo, ya que no tenían vuelto. Por lo menos habría servido de algo esa plata, que ahora la aceptaba perdida como un desinteresado aporte a la comunidad. “Bueno, en la cuenta bancaria has de tener unos cuatrocientos dólares”. No precisamente, pero cuanto antes había que anular la tarjeta. Lo hice en uno de esos café net de la zona y asunto arreglado. Ya no había manera de obtener plata de mis propios bolsillos. Sin cédula no hay paraíso. Sin cédula no podía ir al banco a sacar plata de mi cuenta, y sin plata no podía ir al Registro Civil a sacar la cédula. La paradoja infinita. Así que, así pasé algunos días, además de contar con el tiempo justo. Sin plata –con dinero fiado- y sin papeles.



Como no creo en el crédito, y no haré peroratas al respecto, pues carezco de tarjeta de crédito, pero sí que tenía otras tarjetitas indispensables como la de débito, la de farmacia y supermercado, y la del seguro de salud. La renovación de esos pedazos de policloruro de vinilo cuesta lo mismo que sacar una tarjeta nueva. Una estafa como siempre. Pero no hay más remedio para volver a la vida. Que los papeles y los trámites nos pueden hacer resucitar al tercer día – o a las tres horas- de entre los muertos y hacernos sentar a la derecha del padre nuevamente. Porque generalmente te dice la señorita con esa voz aguda y nasal: en setenta y dos horas está lista su tarjeta. Y hasta mientras te suelen dar un endeble papelito o aire.



Como me habían dicho que la Revolución Ciudadana sí cumple, me dirigí al Registro Civil con alegría señor, cantando viene con alegría, señor. Y al llegar a la puerta enseguida algo no cuadraba. Estos no son los míos, me dije. Mis compatriotas habían sido abducidos y en su lugar habían puesto a otros con una fisonomía tan particular que todos eran el mismo. Misma ropa: camisetas o buzos pegados de diseños gogoteros, con colores platinados y entramados con letras indescifrables. Jeans azules ni flojos ni tubo con alguna gracia bordada en los bolsillos y zapatos deportivos espaciales. Y un acento que se come a sí mismo, que se almuerza las palabras. No me diga xenófoba, no lo soy. Pero esos cubanos no son precisamente los que uno se imagina cuando escucha las narraciones calientes de los viajeros y turistas que regresan con una sonrisa plagada de belleza ajena, afuereña. No. Se trata de un fenotipo intermedio, ni blanco, ni negro, ni mulato, que aguarda pacientemente en las afueras del Registro Civil, esperando volver a la vida. Ser los muertos vivientes de la Revolución Ciudadana. Papeles para comerse el mundo, ya no sólo las palabras.



Llego entonces a las “modernas” instalaciones del nuevo Registro Civil, que básicamente son lo mismo sólo que en un ambiente cerrado y más amplio, y enseguida me siento perdida. Ni una señalización, cero información gráfica y visible. Tan sólo cuelgan los mismos carteles con los requisitos para sacar tal o cual papel. Pero ¿dónde se los saca? Es decir, en qué esquina de esa disposición amorfa de cuerpos y escritorios. “Haga fila aquí, pida un turno”. El guardia es el único que sabe y está un grado más allá del bien y el mal. Todos piden ayuda al sabio sensei. Hago la fila, me dan un papelito con el turno 3763, hasta ahora lo recuerdo claramente. Cómo olvidarlo si fue mi mantra durante horas. Miro el panel electrónico y oh, estamos nada más que en el 3400. Tengo 363 personas delante de mí. ¿Cómo es posible? El sensei me depara dos horas de espera, así que decido irme a volver. Nunca se aplicó mejor esta frase coloquial. Me fui a volver entonces, con el miedo de perder el turno, llegar y que me digan: No, su turno ya pasó, debe volver a tomar un turno. Y así hasta el infinito. Pero mejor era ir a perder tiempo en el taxi de ida y vuelta (media hora de ida, media hora de vuelta) que quedarse esperando allí entre esa montonera, mirando al techo y respirando un dudoso aire caliente. No había ventilación para esas mil almas que pugnaban por oxígeno.



A mi vuelta las cosas no habían cambiado, salvo que íbamos por el 3660. Tenía todavía cien turnos delante de mí. Ya no podía irme, tenía apenas 25 centavos en mis bolsillos, ni siquiera podía salir a comer –eran las doce- así que, o me fajaba la espera o nada. La nada. Miré a mi alrededor para ver si había alguna silla desocupada, y en efecto, encontré una junto a una mujer rubia pintada, frondosa en todo sentido, con amplias gafas y amplios senos. Me habló de entrada: “¿Qué número tiene?” El 3763. “Uy usted está mejor, yo tengo el 3974”. Olvídalo, pensé, no te voy a ceder mi turno. Sé que miró el mío con codicia; observaba mi papelito insistentemente, como yo hacía lo propio con sus senos que querían reventar la camiseta blanca que llevaba. Yo también llevaba camiseta blanca pero los míos eran una estafa, había que mirar los suyos. Y en eso me entretuve durante unos segundos, pues la mujer me produjo desconfianza, quería hablarme demasiado y me sentí sueca. No me hables, no te conozco, pensé. Viré la cara y me topé con la de otra mujer, de unos cincuenta años, sentada a mi derecha, que igualmente no dejaba de verme y de ver mi turnito. Olvídenlo arpías, mi turno es mío, no se los voy a ceder ni por todo el oro del mundo. Quizás por un poco de plata lo habría hecho, pero no. Quería librarme de eso lo más pronto posible. Ya había aceptado mi suerte de espera infructuosa, de tiempo muerto, aunque me lamentaba el haber dejado mi librito esa mañana en el velador. Pude haber avanzado bastante en la lectura, pero nada, me encontraba ahí, en medio de dos mujeres que codiciaban el papel ajeno y yo sin saber a dónde mirar. Si tetas por un lado, si arrugas y canas por otro. Si bebés llorones adelante, si maridos gordos detrás. Si campesinos al oeste, si cubanos al este. Así que, entre esas exploraciones fisonómicas –lo único que nos queda en esos momentos de espera- decidí ir escaneando el lugar. Y en una de esas, topé con uno de esos cubanos de raza incierta, de piel oscura-oscura, ojos verdes y pelo lacio, vestido con “léase más arriba”, y por mirarlo durante unos segundos con insistencia de Mendel, seguramente pensó: se me hizo. Al darme cuenta, dejé de hacerlo de inmediato y olvidé el asunto. Pero el hombre ciertamente no lo hizo.



3970, 3971, 3972, 3973. 3974. ¡Bingo! Yo desde el 3970 ya estaba parada en la ventanilla. Había pasado ya una hora y más de espera y por fin llegaba mi hora. El hombre de la ventanilla me preguntó mis datos como en un quizz-show, y acerté todos. El de al lado me pintó las huellas de los dedos gordos y plaf plaf, las estampó en las especies valoradas. Luego, había que esperar la foto. Al limpiarme las huellas, pensé nuevamente en ese gran misterio que ronda los Registros Civiles ecuatorianos. ¿Cómo es posible que una señora, ni gorda ni flaca, de pelo corto, te mire durante tres segundos las huellas de los dedos y anote en tu papel de turno un extraño código inexpugnable que sólo ella sabe descifrar? ¿Alguien me puede explicar de qué rayos se trata la famosa “lectura de huellas”? Para mí este evento siempre ha pertenecido al plano mítico, metafísico y hasta mágico. La próxima le pido que me lea las líneas de la mano. El código va más o menos así: 333313. ¿No? Al menos el mío era ese, y al leerlo esperé que esos números me revelaran alguna verdad de la vida que tan sólo aquella señora de pelo corto, ni gorda ni flaca, conocía. No fue así, me quedé en las mismas.



El turno para mi foto llegó, el muchacho con la cámara vio mi foto, dudó dos segundos, me miró y me dijo: ya. Debo haber salido espantosa, pero el muchacho habrá dicho "qué más remedio". A mí me dio igual, pero la chica que iba detrás de mí, tuvo la osadía de decirle: "déjeme ver la foto", e incluso pedir otra, ante la cara furiosa de las demás funcionarias. Ahora, tocaba la recta final. Esperar la moderna cédula emplasticada. ¿Y dónde la espero? Ahí donde dice “Entrega de Cédulas”. Entrega de cédulas no era una salita especial ni una dependencia, ni una oficina. Era literalmente una columna cubierta de espejos, en donde estaba el tal cubano que analicé y que quería hablarme a como de lugar. Al recibir mi papel humeante, quise salir lo más pronto posible de ese infiernillo, empujando a quien se me pusiera al frente. Y el que lo hizo fue el tal cubano que quiso entregarme tontamente un papel con un mensaje, su nombre y su número. Mi cara y mi empujón lo dijeron todo. Salí corriendo a respirar CO2 y CO, y a hacer una nueva preciosa fila en el banco para sacar plata, y otra para ordenar una nueva tarjeta de débito. La vida se me abría nuevamente en todo su esplendor. Ya no importaban las nuevas filas. Era alguien otra vez. Uffff. Respiro.

martes, diciembre 01, 2009

Hablas demasiado


Miguel es el Silencio, Clara la Perfección. En esta ciudad hay espacio para dos más, porque sí, porque ella lo quiso, porque él -total- nunca estuvo ahí, dentro de los límites de la ciudad-conteiner.


Uno de mis temas favoritos literarios: la imposibilidad. Y dentro de eso, el embudo a la inversa. No el retroceso, no, simplemente una catarsis a la inversa. El adentro hacia afuera y la piel expuesta. Hablas demasiado casi lo dice todo de una generación con una dolencia endémica. La de no reconocerse en lo que es porque, en efecto, es casi nada y dentro de esa nimiedad hay poco que decir, mejor callar, mejor beber, mejor encontrar amor sin buscarlo, mejor dejar todo, hacer maletas y salir a ninguna parte. Con esa inutilidad tan simple de cambiar los converse por unos zapatos pico de pato. Y aunque suene a nada, hay historia. La de Miguel y Clara, tan bien dibujados por J.F.A que parecemos conocerlos de toda la vida. Clara no nos ama, nos usa, quizás abusa y se lo permitimos. Dejamos que nos enamore aún sin esperanzas, aún sabiendo que nuestras camisetas de los Ramones le calzarán bien tan sólo encima del colchón. No más. Y luego, las piernas cerradas y un abrázame no más. Mejor dormir. Y la gran lección: mejor ser feliz con el amor que se siente que con el que se recibe. Porque no se recibe y finalmente es mejor no esperar nada de nadie. Moraleja sacada de un filme que Miguel mira con su tire ocasional, la que lo ama, la que muere por él y aprende lecciones pop desde un reproductor de dvd. Con esa inutilidad tan simple de cambiar los converse por unos zapatos pico de pato.

Hablas demasiado es la primera novela de Juan Fernando Andrade, escritor y cronista de una generación casi ausente -hasta hoy- de las letras. Hoy, a mi criterio, entra por la puerta grande con esta novela que no se precia ni se jacta de nada, que es acertada y justa. Simple y clara. Entrañable, algo desoladora y bastante seductora. Una narración que se deja leer en un fluido coloquial, sin excesos, sin devaneos. Hablas demasiado va al punto y lo logra con sutileza. Un libro recomendado para todos.

Quisiera escribir más sobre esta novela, pero mi apuro era escribir algo, dejar sentado que es una obra que debe ser leída. Los comentarios vendrán después, ahora me falta el tiempo...






lunes, noviembre 30, 2009

Feriada


Creo que más fue lo que me perdí de lo que pude ver. A la Feria del Libro me refiero. Moderé una mesa sobre cómic el sábado, llegué tarde (había perdido la hoja de presentación de mis panelistas) pero finalmente salimos airosos de la prueba. Ellos habían hecho bien el deber y cada uno había traído su hoja de vida, además de que Eduardo Villacís tuvo la brillante idea de traer una laptop y conexiones de clables, porque si no lo hacía, habría sido imposible proyectar su trabajo y el de Bonil y Fabián Patinho, los otros dos panelistas.



No hablaré de la organización de la feria, pues este año no estuve muy cercana a ella, a diferencia del año anterior, pero me queda la sensación de que esta edición fue menos puntillosa, más improvisada y quizás, menos interesante. Digo quizás porque casi no pude asistir a nada. Prácticamente fui el día sábado y se acabó. Fue agradable ver a gente que no veía hace rato, entre ellos Jorge Izquierdo, escritor y amigo, que vive en Seattle y pudo tener un viaje flash a su terruño. En la mesa en la que Jorge participó, estuvo también Esteban Mayorga, otro joven escritor quiteño, quien tuvo una intervención justa y agradable, y Huilo Ruales, escritor ibarreño radicado en Tulousse, quien con su incontinencia verbal nos divirtió a todos. Siempre es encantador escuchar a Huilo, con esa visión tan suya del mundo, de la ciudad, de la persona. Huilo, el escritor algo anarco de la palabra, barroco post-modernista, por etiquetarle inútilmente de alguna manera. Huilo, el que dice que no puede escribir con la lógica narrativa esquemática porque es muy caótico, y acepta ese caos y lo incorpora a su narrativa que es más un vuelo de golondrinas que va hacia ninguna parte pero que va dibujando un boceto garabateado de una realidad bastante precisa. La que él ve, la que él nos hace ver.



Luego, en una travesía en trencito por los acalorados pasillos de los estantes de librerías, pude obtener la novela de Juan Fernando Andrade, escritor, cronista, músico manaba, representante de la “generación pop”. Esa que no existe por estos lares, o quizás en ninguna parte. Cito lo de pop, ya que por ahí lo escuchaba de forma despectiva, pero para mí es igual, lo que me gusta de Juan Fernando, Picachú para los amigos, es que es honesto consigo mismo, y por lo tanto, con lo que escribe. Empecé a leer su novela esa misma noche, todavía no puedo decir mucho pero me está gustando el ritmo y la atmósfera. Creo que ha acertado en reconstruir un espacio común, un momento específico, un mundo conocido y a la vez no. Me sedujo la cita con la que empieza el libro, una de Jarvis Cocker, uno de mis amores musicales, el ex -vocalista de Pulp. Ahí me dije: empiezo con todo. Sé que es un detalle nimio y hasta tonto, pero a mí esas cosas me cautivan. Son como pequeñas claves que sólo podemos descifrar unos cuantos, (según yo, es estúpido, lo sé) como si se trataran de guiños, señas y contraseñas, y en adelante, sabemos a dónde entramos. Se nos abre el mundo, la aventura de par en par.



Este año hubo pocos libros en mis manos, en parte por mi falta de liquidez. De hecho, fue una especie de fiada la manera en la que conseguí en libro de Juan Fernando. Y el otro libro, uno de Juan Secaira, pues bueno me lo regaló el propio autor. De ahí pare de contar. El año pasado salí como con veinte libros, por lo menos.

Lo que me perdí: la charla de Porno y Erotismo, y las demás en las que estuvo Pedro Mairal. Las charlas y lectura poética de Benjamín Prado. Y nada más creo. Ayer por la noche escuché el mano a mano entre Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum, contenido en un cd que se entregó gratuitamente en la Feria, elaborado por Fabiano Kueva. Eso sería todo.



Me quedo con la gente a la que vi y abracé por unos segundos, con cariño, felicidad y pena. Con los amigos antiguos y nuevos, con los que son conocidos y un poco más que eso, con quienes compartí unos minutos y me abrieron su corazón. Carla entre ellos. Con esa familia a la que quiero mucho y que a pesar de que no puedo decir más que un abrazo, ellos saben que siempre voy a estar.



En fin, mejor paro que esto suena a despedida. Me faltó tiempo para todo, sobre todo para compartir, que creo que es lo que importa.



¡Salud!

jueves, noviembre 19, 2009

Del erotismo

¿A dónde nos lleva todo esto?
A un aeropuerto.
Tengo la peor cara en meses.
Tuve la mejor sonrisa en años.
No dormí anoche.
Fui feliz.

viernes, noviembre 13, 2009

En el café de la juventud perdida


"Me saqué del bolsillo el sobre y estuve mirando mucho rato las dos fotos de carnet. ¿Dónde estaría ahora? ¿En un café, como yo, sentada sola a una mesa? Seguramente se me ocurría eso por la frase que había dicho él hacía un rato: "Uno intenta crear vínculos..." Encuentros en una calle, en una estación de metro en hora punta. En momentos de esos, habría que sujetarse mutuamente con unas esposas. ¿Qué vínculo podría resistir a esa oleada que nos arrastra y nos lleva a la deriva?"

Modiano.

jueves, noviembre 12, 2009

Lo esencial es invisible a los ojos


— Quisiera ver una puesta de sol... Tenga la bondad... Ordénele al sol ocultarse...

— Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, quién estaría en falta, él o yo ?

— Sería usted - dijo con firmeza el principito.

— Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar - prosiguió el rey.

miércoles, noviembre 11, 2009

Con el apagón


Ayer se fue la luz, otra vez, a la misma hora en mi casa. Así que, huyendo de la oscuridad fui a buscar la vida en otra parte. Llegué entre semáforos y cruces imposibles a un bar donde había una exposición de fotos, pero oh sorpresa, al llegar, tampoco había luz. Así que a media luz, entre velas, empezamos los revoloteos. Yo llegaba ya ebria de azúcar así que me dediqué a endulzar y empalagar la vida de los otros. Primero letargo, luego euforia, bajón y subida de glucosa. Hablaba primero en la barra, luego en una mesa. A hablar de cerca y tocar, tocarse como para asegurar que las palabras no se vayan corriendo a otra parte. Entonces, alguien con más vehemencia que yo empezaba a acaparar la conversación, cosa que con él –mi amigo al que había invitado a debatir en mi programa en la tarde- es una experiencia siempre agradable. Luego de tanto tocarle los brazos, llegó única pregunta posible: ¿Sí comes? Él tiene un cuerpo tan delgado que es difícil creerlo vivo. Sabes, tengo problemas con la comida, me olvido de comer y como muy mal. Eres anoréxico. Pues creo que sí. Y luego, empezamos mutuamente a contarnos el menú diario y a espeluznarnos mutuamente. Yo no soy anoréxica porque me encanta comer, pero padezco de malos hábitos alimenticios. Puedo almorzar un pastel de chocolate y cenar un helado de chocolate. Puedo pasar semanas sin desayunar y si desayuno, perder el apetito en el almuerzo. Como mi amigo, me olvido de comer, se me pasan las horas, pero al llegar el hambre, puedo tragarme un asqueroso combo de la chatarrería más cercana. O simplemente, una semana puedo sobrevivir de lechugas y zanahorias, lo cual a mis compañeros de trabajo les hace perder todo rastro de patrón alguno. Mmmm… así que haces dieta y comes sano…. Otro día: ¡cómo puedes comer esas porquerías! Y otro: ¿Y tú no comes? No me enorgullezco de esto, por supuesto, lo ideal para mí sería irme a mi casa a cocinar, como hacía antes, pero ahora no tengo tiempo y me demoro demasiado en bajar y subir del monte. En fin, el caso de mi amigo es peor, él sí que es anoréxico, a más de tener un metabolismo hiper rápido que le impide engordar. Fin de la historia. Él se despidió y yo pasé a otro círculo. La luz seguía sin venir. El alcohol empezó a circular. Yo no bebo, pero un champagne barato me llegó de inmediato a las neuronas. Luego, un par de cervezas remadas y todo era un circo. La falta de luz hace que se aviven los sentidos, creo. El ambiente estaba efervescente. Empezaban a revolotear las polillas en la luz de las velas. De repente todos empezamos a fijarnos –y cuando digo todos, me refiero a hombres y mujeres- en un hombre sentado en medio del barullo que leía Slavoj Zizek y lucía tan concentrado, tan atractivo, que todos caímos rendidos a sus pies. Era extranjero, alemán dijeron por ahí. Pronto todos saltábamos como grillos tontos a su alrededor, varios se le acercaron -hombres, mujeres- a preguntarle quién era, qué hacía, qué leía y por qué coño no nos daba un poco de sí a los que lo reclamábamos. Bueno, en realidad fueron unas cuatro personas que le abordaron, entre mesera coqueta, mujer ingeniosa, amigo mío picado y alguna otra chica con ganas de su cuerpo. Yo caí en cuenta de su presencia, cuando una chica de la primera mesa en la que estuvo, se relamió los labios y nos dijo: miren esa belleza. Mi amigo anoréxico dijo sí, qué belleza, está rico, etc. Quizás fue algo más elegante pero igual de erótico. Luego, mientras conversaba con mi amigo picado, entre coqueteos, manos por la cintura, acercamientos del primer tipo, jugueteos, me atreví a decirle: mira a ese hombre, lee y tiene un buen torso. Él respondió: ¿te gusta? Me le voy a acercar. Y lo hizo. Y yo no podía creerlo. Regresó a la barra con todos los datos, que era antropólogo ni se qué, que se llamaba Christofer o algo así, etc. Una chica que estaba en el grupo improvisado de pronto empezó a fruncir el ceño y a repetir: a mí no me gusta eso. Llega alguien a Pelotillehue (la tierra de los pelotas o pelotudos) y todos se alocan. Claro, qué podías esperar querida –le dije- si somos un pueblo y tenemos que actuar como tal. Mientras, preferí seguir erotizando el material local mientras mi amigo picado me dibujaba un bigote y me preguntaba por mi ex novio, quien es algo así como su primo. Él me dibujaba un bigote de Hitler y yo trazaba sobre su labio un lunar de Marilyn. En ese punto todo parecía una película de los hermanos Marx, pero la luz ya estaba regresando. De hecho le mandaron un mensaje a otro amigo diciendo que en mi casa sí había luz. Eso significaba que debía regresar. De hecho lo hice. Y la noche acabó con sabor a champán… grand duval pero champán al fin…

lunes, noviembre 09, 2009

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Desnudar de sentido a las palabras. Dejarlas en puro hueso. ¿Tienen esqueleto las palabras? Parole. Una raíz común pero a la vez distinta dentro del cambio de experiencia sensible. Leo a Patrick Mediano en español y trato de imaginar la sonoridad de todo lo que dice, en su lengua original. Y entonces la parole es otra. Es otra la experiencia. Es otro el sabor del café de la juventud perdida. Son otras las calles y las zonas neutras de las que habla, esas calles-limbo, que son nada, que van hacia ninguna parte y vienen de ningún lado. Una zona de amortiguamiento urbano, ausente de personalidad, de morfología y hasta de olor. Las zonas neutras -casi muertas pero vivas- no existen aquí, al menos no de esa forma. En este lugar son otras , porque siempre desembocan en algo con sabor a memoria. Sospecho que las únicas zonas neutras que conozco se dan en los sueños. Alguien me contó hoy un sueño, sobre un falo que era vagina a la vez y eso le reconfortó. Amaneció feliz porque era un sueño dulce. Pero también había niños hablando en otras lenguas, en otro capítulo del sueño. Hay cierta dulzura en la tergiversación del sentido. Porque se encuentra alivio al desprenderse del entendimiento común, del sentido común, de la razón común. Y escuchamos en otras lenguas y las palabras son melosas, son sonoras, son rítmicas y no son más que eso. Y ahí viene el gran alivio, de encontrarnos, sí, en esa zona neutra. Lejos de cualquier lógica común. Entonces viene la autocomplacencia, como el sexo autosuficiente, el que se engulle a sí mismo.

sábado, noviembre 07, 2009

Fantasmas


Estoy frente a mi computadora, aterrada, mientras escribo esto. No es la noche, no es el silencio. Es medio día, hace calor. He venido a mi lugar de trabajo por un imprevisto, abajo, en los estudios graban un show pero aquí estoy sola, en mi palomar. Mi escritorio está junto a unas gradas que posiblemente alguna vez llegaron a las habitaciones de una casa de familia. Hace unos minutos yo subía despreocupada y de pronto escucho que alguien grita: ¡Quién está ahí! Respondo yo y de inmediato sube alguien cuyo nombre no recuerdo y me pregunta: ¿Tú estabas cantando? No, yo acabo de llegar. Miro su rostro, luce pálido y parecería que un frío recorre su nuca. Es que acabo de escuchar ruidos -me dice- y alguien cerró la puerta con violencia. Claro, siempre he oído que aquí hay fantasmas pero no he visto ni he oído nada hasta ahora. Yo escuché a alguien cantar -responde- hasta ahora tengo la piel de gallina... dicen que hay una chica por aquí. Lo que pasa es que esto antes era un colegio y dicen que una chica se mato aquí... se cortó las venas porque se había quedado embarazada... ¡Basta! No me cuentes eso. Yo siempre me quedo sola aquí por las noches... aún no he visto nada.

Ese relato bastó para que en segundos yo desarrollase un terror dormido. La gente aquí se marcha a las cinco y media, generalmente yo me quedo hasta las seis y media o siete, cuando sólo escucho mis propios movimientos. Sigo oyendo puertas que se abren y cierran, tan cerca de mí que finjo no darles crédito. Es el viento. Así que me levanté para cerrar todas las ventanas abiertas, tal cual película de suspense, pero los golpes de puertas y ventanas siguen sonando. He puesto música y los sonidos empiezan a cesar. Ella quiere bailar, lo sé, por eso, cuando está cerca de mí está feliz. Baila por todo el lugar y se va la pena.

Ahora lo recuerdo, quizás algún día la he visto, la he saludado. Con lo despistada que soy y tanta gente que entra y sale por aquí, es probable que se me haya pasado junto y yo sin saber quién era...


Sigo con lo mío.

viernes, noviembre 06, 2009

Monólogos



Dejemos que las aguas sigan su curso. O cambiar el curso, o aguantarse las elecciones. Monólogos interminables de madrugada. Noche de humareda y puro, ventilando por la ventana lo único que queda a las tres de la mañana: las historias privadas. Ayer fui un personaje de Stand Up Comedy, sacamos al comediante del bar de la esquina de mi casa y lo llevamos a la casa de un amigo a continuar la verborrea. Antes había llegado tarde al bar, con el monólogo ya empezado y todos me miraron como la impertinente.
Alguien dijo mi nombre. Me senté y lo demás fue escuchar el ingenio cotidiano vuelto parodia. Fue una gran sorpresa reírme a carcajada seguida, y bastante refrescante encontrar una comedia simple y desenvuelta. Iliá Endara es un comediante a tiempo completo. Lo supe cuando se excusó de seguir con la fiesta en la casa de mi amigo: Mañana tengo que trabajar. ¡Pero si tú no trabajas! Claro que trabajo. Trabajo en esto, tengo que levantarme temprano a preparar shows ¿Y qué haces aparte de esto? Nada, hago esto. ¿Y antes de esto qué hacías? Nada, intenté estudiar un par de cosas pero no se me dio.

Él vive de la comedia, me quedó claro. Pero hasta ahora no entiendo cómo lo hace. Y cuando dije que me encantaría poder dedicarme cien por ciento a lo mío, él me respondió: eso es besar sapos. En busca del príncipe, claro. Esto por supuesto tiene un amplio contexto dentro de la conversación de las postrimerías de nuestra reunión, cuando ya habían clausurado el local dos asistentes. Uno borracho hasta el tuétano y otro blanqueado por no conocer su cuerpo (esto también se dijo con su respectiva broma física). Para esos momentos ya se había ventilado una parte de mi historia, la cual yo casi desconocía a detalle y que fue fielmente relatada por mi amigo, el dueño de la casa, que era mi ex, y que se la contaba a los asistentes, entre ellos, su actual novia. Una situación medio insidiosa y hasta pérfida, si se la quisiera ver con ojos retorcidos. Para mí, era natural, hasta cierto punto, hasta ciertos momentos en los que se descarrilaba mi tren de palabras y ya no sabía lo que decía, no producto del alcohol (soy abstemia) sino de la luna, según yo. La verdad llega un punto en la madrugada en la que las palabras navegan solas y se rebelan, dejo de domarlas y se van abriendo paso en mi boca a patadas. Me levanto entonces y digo: no me hagan caso, pero si me ven hablando así (y señalo al muchacho bisexual que se había blanqueado por mezclar mal el alcohol con marihuana) denme un golpe, por favor. Porque en efecto, suelo, a veces, ser bastante impertinente y voy perdiendo la perspectiva de lo ordinario y entonces empiezan a decirme que me llama la sartén, de tanta crudeza que sale de mi boca. Carne cruda.

Pero entonces yo no pude parar la horda de relatos. Y él, mi amigo, mi ex, empezó a narrar la historia de cuando nos conocimos, con tanta claridad de detalles, que me quedé muda. Había olvidado casi todo, pero él, emocionado, sabía cada segundo de nuestras primeras citas. Y entonces, ya borracho por supuesto, empezó a revelar algo que yo desconocía: que gracias a mí él había salido del ostracismo en el que estaba sumido, que yo había abierto su capullo, que ahora era mejor persona y mil cosas más. Fue muy emotivo para mí escucharle decir esto, aunque el ambiente no era el mejor (tragos, humo, borrachos, bostezos, ojos rojos) pero a la vez sí lo era, pues se trataba de confesiones de madrugada. De madrugadas de noches larguísimas y de búsquedas infinitas. Él ahora buscaba respuestas a un amor del pasado, el de otra chica que había vuelto a su vida (no yo) y que era curiosamente la que lo había dejado en la escafandra, en el limbo del no. Las respuestas quedaron en el aire, mientras ella, su nueva novia, pareja, amiga, escuchaba todo y dejaba al destino el desatino. Había que despedirse ya, las piernas empezaban a temblar. Una noche más que atascaba los sentidos.