Ídolo

Ídolo
Morrissey

viernes, agosto 29, 2008

El héroe es el dolor




Antes pensaba yo: si el sinónimo de éxito es el sacrificio y el dolor, quiero ser una fracasada. La imagen de un Jefferson Pérez desgranándose la vida –contrayéndose sus músculos, desplomándose embadurnado de oro- me molestaba profundamente: ese no es un ejemplo para nadie, pensaba, ¿como así hay que poner la vida para un fin inútil y abstracto? Pero si todo es inútil y abstracto. La analogía del deporte con la vida me parece de lo más maniquea y falsa. Es un horror metaforizar de esa manera, darle carne y cuerpo a una representación errada.



Ahora pienso quizás lo mismo, aunque no del todo. Me indignaba la postura de Pérez, de pensar que eso era lo que los otros querían ver, de presuponer la conciencia de un país. De etiquetarnos a todos como sedientos buscadores del suplicio. Pero lastimosamente lo somos y Pérez es tan solo un catalizador objetivo de eso. Él transformó el sufrir por sufrir –“porque así mismo es”- en el dolor con recompensa. Peor aún. Con eso alimentó –sin querer queriendo- un modelo de pensamiento e idiosincrasia profunda y obstinada, una estructura socio-cultural colonialista, ajena, impuesta, adaptada y deformada dentro de un grupo humano sometido por la fuerza.

Una estructura que sigue manteniéndose intacta dentro del espejismo del progreso.



Progresan los objetos, no el hombre. Nunca fue tan oportuna esa reflexión como en estos momentos, en los que por primera vez la elaboración de una Constitución es tan expuesta a la población y a la opinión pública. Considero –más allá de sís, nos y nulos- que es el proceso más democrático en su especie. Y lo es. Si no, alguien recuerda algo más que la idea Vaticanesca –un concilio encerrado en la casona de una antigua hacienda- de la constitución del 98. Nadie supo nada, se mantuvo casi en un sigilo de monasterio, hubo poco o ningún debate. Nadie se quejó airadamente, claro, porque mediáticamente no se lo permitió. Cero promoción. La sobriedad y el gesto adusto de los asambleístas hicieron creer a todos que aquello que estaban haciendo era lo correcto. Y nadie pudo chistar. Qué canallada más grande, es aún peor que lo que muchos detractores creen que se está haciendo ahora. Pero claro, en ese entonces nadie se levantó en contra, y se nos vendió la latifundista idea de que “el patrón es el que sabe”.



Si no, recuerde quienes estuvieron presidiendo la Asamblea de entonces… la derecha haciendo lo que le daba la gana, que es exactamente equivalente (en términos de derechos) a que la izquierda haga lo que le de la gana. Entonces, ¿Por qué esa constitución sí es la buena y ésta no? Porque si hablamos en términos comparativos, la arbitrariedad en la anterior era aún mayor que en esta nueva. ¿Quién podía asegurar en ese entonces que ese modelo político y económico (economía social de mercado) era el que nos beneficiaría? Nadie, al igual que lo que se critica ahora. Lo cierto es que la economía social de mercado no generó nada nuevo, sino por el contrario, una simple continuación del modelo colonialista-latifundista moderno: la concentración de riquezas, que –me pregunto- ¿No es acaso una concentración del poder?



Por eso, si creen que la constitución que se propondrá en referéndum el 28 de septiembre exhibe una “obscena” concentración de poderes, el desarrollar un modelo económico que beneficie la circulación de capitales (consumo y más consumo), no es también el beneficiar a unos pocos y permitir que continúe la estructura social donde unos pocos tienen el 80% de la riqueza del país. Y lo que es peor, un mínimo porcentaje de ello, significa un monto real de inversión y reinversión dentro del país. Es falso que se pretenda demostrar, bajo cifras mentirosas de crecimiento y decrecimiento económico, el progreso o retroceso del país. Si las cifras aumentan es porque los nuevos feudalistas (la empresa y la industria) han aumentado sus utilidades, lo cual no significa que la pobreza se haya reducido, simplemente aumentaron las arcas de los negociantes. Eso, de ninguna manera, puede hacerse extensivo a la población en general, porque si una fábrica progresa, el nivel de vida de sus obreros no es consecuente con ese bienestar. No es que sus sueldos y prestaciones aumenten considerablemente y puedan salir de la pobreza. Eso no pasa en un modelo como el que se pretende mantener. Al empleador no le conviene que la calidad de vida del empleado aumente, porque eso implica reducir sus ganancias y permitir con eso, que los anhelos de vida de la gente suban de categoría. Sin latifundio con capataz, no funciona la colonia.



Y sin baja autoestima, tampoco. Por eso, una de las maneras de desmoralizar es permitir la victimización. La oda a la heroicidad desde la pobreza no representa más que una hipocresía social, que permite la implantación de ideas tergiversadas de lo que es el sufrimiento. Y nuevamente surge el modelo colonialista, puesto que la moral judeo-cristiana calzó perfectamente en esa colonialización del espíritu. Encumbrar el dolor y trasladarlo al campo épico, dentro de una abstracción sin valor real, más que generar una demagógica conciencia ejemplificadora. Si sufres, vas al cielo es reemplazado por el “si sufres tendrás plata”.



Lanzar una esperanza en medio del estado normal de mucha gente que vive pedazos de vida, es el monstruo de “labor social” que se ha ido despertando y alimentándose de las coyunturas. Nunca un Jefferson Pérez fue más oportuno. Y lo que se hizo de él, no es una responsabilidad de su propio albedrío. El es una simple consecuencia de todo ese proceso de construcción social. Todos somos responsables y hemos alimentado la edificación del héroe helénico desvirtuado. Nada mejor para el empresario amarillo, que un lustrabotas desnutrido que llega a ser campeón. Es la más vil apología de la injusticia social, de la escalera clasista. De la pobreza. Para qué apuntar a la igualdad socio-económica, si desde abajo nacen los héroes. Y la gente necesita héroes. Héroes que vencen el dolor a través del dolor. Paradoja más grande.

martes, agosto 26, 2008

Y el verbo pierde la carne...

¿Cuál es la fuente de las palabras?


Si no es el pensamiento, si no son los sentidos. Si no es la alegría y peor la tristeza. Si no es el adentro, si no es el afuera.


Si las palabras se ríen de sí mismas y traicionan a su padre. Si no tienen madre y proclaman su orfandad dentro de la red. Si se auto-inmolan y se auto-ultrajan. Si se dejan ser y desgarrar. Si se desangran por conveniencia. Si pierden voluntad semántica y de abstracción simbólica por entrar en vehículos de la misma fábrica.

Si las palabras ya no son, no tengo a dónde ir.

miércoles, agosto 13, 2008

El contrasentido abrumante, adentro frío, afuera calor

La posibilidad de la no decisión. La validación de la ambigüedad como alternativa, legitimada por lo endémico de su origen, deja de ser una alternativa, entonces, y pasa a ser un anti-estado. Quizás frente las posibilidades maniqueístas, y en la existencia de una radicalidad natural (ser lo uno o lo otro, por simple azar), se trate simplemente de una parálisis o una consecuencia del “curso natural de las cosas”.

Quedarse como se está no es únicamente anular las posibilidades, sino eliminar el mismo concepto base de lo humano: la acción. No solo lo cinético o lo vegetativo son acción, lo es el pensamiento y la misma dialéctica del lenguaje. El poder de generación simbólica y/o de representación, es acción pura.

Frente a la creación de realidades esquemáticas, como representaciones epistemológicas válidas, la acción se reduce a un campo morfológico y espacial. Es sustentada por el pragmatismo de lo utilitario. La acción, sin embargo, no es solo forma y movimiento, es también especulación.

Y dentro de esa especulación –entendida como avisoramiento de un posible escenario de realidad- se idean contextos y significaciones que permiten pasar a un siguiente estado. Sin necesidad de calificar como mejor o peor, este nivel especulativo se traduce en una nueva realidad en constante generación.

Negar el proceso, podría empatarse con el negarse a sí mismo. Pero todo es especulación, al fin al cabo.

miércoles, julio 30, 2008

Lo last

Once I wanted to be the greatest
No wind or waterfall could stop me
And then came the rush of the flood
The stars at night turned you to dust

Chan Marshall


Hay que cesar mostrando los dientes y una sonrisa afilada capaz de destajar la inconstancia.


Desteñir el deseo






Una Carmen blanca se paseaba ayer por las calles del centro de Quito. Y llevaba falda.
Muchos silbidos y besos al aire. Ella dislocaba los rostros lacerados de transeúntes-mendigos, de policías y vagos. De funcionarios del registro civil. Era el amor descolorido de todos. Faltaba sol y perpendicularidad. Todos se sometieron a sus flores blancas.


Carmen caminaba y reía. Disfrutaba de ser Carmen de níveo exotismo en tierras oscuras. En el norte, ella teje, cocina y ama a su marido. Aquí es Carmen. La Carmen de Bizet.

Yo hablo con ella -pretendo dominar un idioma melcochoso y huidizo- y reparo en su nariz perfecta. En sus frente de precisión geométrica, y sus ojos elípticos en alto relieve, sin profundidad. Es una escultura marmórea de cabellos rojizos. Un vino tinto regado sobre sus hombros. Una cola de caballo. Un vino tinto regado sobre sus hombros. Sus manos no dejan de ser más.


Y yo soy menos. Porque no entiendo de qué color soy ahora. Y me miro en un espejo rodeado de mil luces, abandono el camerino. Y miro a Don José, mestizo, grueso y fibroso. De una raza anónima, inexplicable. De una ausencia de pestañas, ojos y mirada.Carmen y su belleza nos abofetean. Una gringa aquí sí es Carmen.

Cómo es posible. Lo es. La gitana seductora de Bizet se convierte –de pronto- en el negativo sobreexpuesto de la efigie mediterránea. El frío por el calor. Quemándonos todos con hielo seco.

Hoy voy a la ópera. A ver a Carmen.

lunes, junio 30, 2008

Vestigios recientes

Estoy contenida en una novela. Eso me dice él mientras busca un beso oblicuo. Tendré que reconocerme para parafrasearme. He abandonado un poco este blog pero regreso hoy, verano falso, para decir que sigo encontrando poco agradable el cuadriculado, sin embargo, me ha servido para enterrar olvidos capitales.

He descubierto o más bien, redescubierto, mi antigua pasión por la ambigüedad. Me hallo frente a dos que tres Drags, los miro y quiero ser como ellos. Pero no me dejan. Tengo que ser un hombre. Y ahora, más que nunca, en el justo instante en el que deseo desbordar el absurdo femenino, sangrar mis hormonas, y destilar los llamados de natura hasta aspirar la pura esencia. Ese perfume inútil. Pero debo ser drag king. Y aún resulta atractivo.

Dos hombres besándose no está mal. Dos fuerzas iguales. El equilibrio homeostático y la pureza del deseo. Plumas de colores y collares gigantes, un hipérbaton de cuerpos, de muslos, caderas, pechos… la visión que descolora. Hay que desteñir el deseo, travestirlo de silencio.

Lo que hay que fingir y exacerbar es lo que no se tiene, pero también se puede redundar, y esa es otra forma de disfraz. Me repito cien veces al revés y soy un macho afeminado, algo marica, que quiere penetrar a otro. Débil y parco. Otro travestido de nada. Alimentando espíritus de policarbonato. Porque la vida está afuera, sin miedo al exotismo. Al autoexotismo.

Entonces me levanto desde la vereda sucia e importunada, y regalo un par de besos a ese silencio de rotas miradas. Y me río de mi suerte, y de la belleza nunca tan vulnerada. Sé que seré bello, porque mis pantalones siempre delatan pero mi pecho no. Decido desgajarme entonces y escucho a Sibelius dulce, violento, solemne, y pienso en el violín de larga agonía, de larga vida, de larga muerte. Como un alegretto infinito sonrío a los presentes y regreso a seguir fingiendo que miento…

martes, junio 10, 2008

Dicen

Quizás no sea bueno oír demasiada música nostálgica. La voz de Jarvis Cocker, Nick Drake y Cat Power son casi criminales. Abusan de mí.
Bar Italia- Jarvis
The greatest- Cat
At the chime of a city clock- Nick
Y eso es todo, porque hay sobras en el refrigerador. Y llueve. Y tengo ensayo.
Decía Miguel de Unamuno que lo único que valía de la retórica de Juan Montalvo era el insulto. La indignación lo salvaba de la mera imitación... De vez en cuando hay que insultar y echar escupitajos a lo evidentemente vil. Y decía Unamuno también, qué sería de la prosa de Montalvo y su genio sin un Ignacio de Veintimilla o un García Moreno. Sin un zátrapa o un tirano no hay indignación. Sin el absurdo tratando de etiquetar tu vida no existiría la rebeldía. Ni la razón encontrada. Ni el panfleto o el clamor. Hay una fuerza secreta en el vivir dentro de la convencionalidad aún detestándola. Reconociendo el mundo de los imbéciles cada día, pero respirando fuego. Aún respirando fuego.
Y retorno a Jarvis -sobre todo- porque su voz no es débil, su nostalgia no es un estado dulce y calmo. También hay indignación y reclamo. Ese canto es como golpearse contra las paredes... pero derribándolas. Jarvis.
Yo, por otro lado, estoy cocinado una nueva vida. Ridícula y fantochesca. Hay que coser un nuevo títere con cara de sonso. A ver qué sale.

jueves, junio 05, 2008

Frío sin sorpresas





Ayer fui a ver Indiana Jones con un amigo y resultó una experiencia peligrosa. El ataque invasivo de un aire acondicionado helado, nos paralizó el espíritu. Ni las aventadas piruetas de un casi octogenario Harrison Ford pudieron sacarnos del estado de semi-hibernación criogénica al que estuvimos sometidos.

Indiana Jones y la calavera de cristal (o como se llame) es una tristemente agitada repetición de fórmulas que terminan divirtiendo a patadas. Y entiéndase literalmente, a patadas y golpes, pues un gran 70 por ciento del filme transcurre entre porrazos y dobles ganando el pan con el sudor de su frente. La agilidad casi chapulinesca de Indiana pone en evidencia, una vez más, los embates de la vejez. Y es triste nuevamente.

Sin embargo, se va al cine sabiendo a lo que se va. A muchos nos atrae Indiana Jones porque nos remite a un aire de infancia, cuando aquellas proezas del héroe arqueólogo nos hicieron soñar en entierros, tesoros, calaveras, ciudades perdidas, y a no pocos nos sembró el bichito de la antropología y la arqueología, que claro, tiene poco de fantástica y osada como el celuloide nos la presentó. La atmósfera de epopeya que la saga Indiana Jones nos dejó quizás grabó en nuestro imaginario ochentero una figura heroica masculina hoy por hoy inexistente. Los Mac Givers puédelo todo casi ya no están presentes en el cine. Hoy se apuesta por la “humanización” del héroe. Por la supuesta, porque en muchos casos terminan siendo un fiasco, léase Spider Man.


Cambiando de perspectiva, la nueva entrega de Indiana Jones, es una película que calca la fórmula original hasta desgastarla, pero trata de adherirle un plus que pretende ser sorpresivo e innovador (dentro de la trama clásica) aunque no lo logra. Y no lo consigue porque se siente lo forzado del guión, el cual en un intento de acercamiento al género de ciencia ficción, termina por enterrar tanto la aventura como la ciencia. De ahí, todo lo mismo: la clásica lucha entre el bien y el mal (encarnado por los rusos, antagonistas desenterrados), y el leit motiv que siempre será la búsqueda de algún tesoro, el cual finalmente, deberá ser dejado donde pertenece.
Por otro lado, están las aterradoras imprecisiones históricas y las concesiones libres y altamente arbitrarias, tanto en la dirección de arte, como en el vestuario, la música no incidental, el casting y la escenografía. Para un gringo -quien piensa que México y la Patagonia son exactamente lo mismo- es una película como cualquier otra. Pero ojo, era obvio que gran cantidad de público latino iba a distinguir los errores antes mencionados. Que pongan folklore mejicano en una escena ambientada en Nazca-Perú, no tiene perdón, peor aún que el vestuario sea un híbrido vomitado de la imaginación de algún vestuarista ignorante. Se puede ver una mezcla burda de trajes de mexicano campesino con indígena de algúna extraña etnia... Además, ni se hable de la fisionomía elegida para los extras, se nota demasiado que no tiene nada que ver con los indígenas del Perú. Y por no hablar de las misteriosas pirámides Mayas que asoman en la Selva del vecino del sur... Pero, a quién le importa si es sólo sudamérica. Si es sólo latinoamérica...

Sin embargo, el filme divierte hasta donde puede y gracias al efectismo logra mantener la atención, aunque el ritmo es aún dudoso a mi criterio ya que no se distingue un clímax real, si no que abusa de la espectacularidad a cada momento , lo cual termina por saturar. Y si algo es rescatable -como decía mi amigo- es la hermosa villana convertida en rusa, Kate Blanchet, en uno de sus papeles más fofos, más sobreactuados, pero sin duda, uno de los que más han redibujado su belleza. No hay por dónde irse, la caricaturización plana le sienta bien. Y el cabello negro. Y el corte de pelo.


La hermosa Kate Blanchet


Nada nuevo, más que la resucitación de viejas emociones. Como perritos de Pavlov al oír la ya clásica melodía tan épica y emotiva. Pero ya no es lo mismo. Afuera el frio era otro, quizás peor, pero nosotros ya estábamos ateridos...

viernes, mayo 30, 2008

La Mariposa y la Escafandra






El desfase entre el audio y la imagen. Lo entiendo perfectamente. Siempre supe que había algo hermoso en el aliento final. Entonces la caída libre en el túnel parece menos vertiginosa y las mariposas en el estómago siguen siendo eso. Mariposas. Nunca se llegan a convertir en piedras sepultureras. Jean Dominique Bauby en sus últimos minutos es más bello que nunca. Su liberación será su final.

La escafandra dejará escapar azules, naranjas, verdes. Y el verbo dejará de ser carne, sólo entonces. Pero Jean Dominique permaneció verbo siempre. Fue solo palabra. Sin cuerpo. Fue nadie cegando al cíclope. ¿Se puede reverdecer dentro de un agujero? Sin aire. Sin reflejos. Sin miembros. Sin tronco. Sin lengua. Dejando escapar litros de saliva que serán limpiados por la enfermera de turno.

Locked in. Encerrado en sí mismo. El peor encierro de todos. Jean Dominique únicamente puede mover su ojo izquierdo pero su conciencia está intacta. Un ataque cardiovascular lo dejó eliminado del mundo material. Se convirtió en una ánima engullidora de palabras. Una autofagia de ventana parpadeante.

Esa vida maravillosa, el éxito y la felicidad perentorios de repente alimentando sondas y sueros. El único aliento traqueotómico sin reflejo. Ni la voluntad vegetativa sobrevivió a la impavidez de lo fortuito. Y esta vez, la literalidad más lacerante que nunca: la parálisis de la acción es motriz. Es cuando el estatismo visceral y orgánico se ha destilado en la inacción más pura y etimológica. La impotencia frente a la omnipotencia del designio. La inercia aparente del objeto-cascarón. Vacuo. Inservible. Y la vida afuera. La vida adentro y afuera. Pero no en el medio. Un ánima viviendo en un mundo inanimado cuyo único motor es la memoria y la imaginación.


Es una gran lección de sensibilidad la última película de Julian Schnabel. Producto de una propuesta que va mas allá de lo evidente y partiendo de una premisa forzosamente real, Schnabel muestra una vez más su visión plástica del ser humano y del mundo que le rodea. La belleza pura recreada a través de la ficción y los artilugios del cine -como el manejo de la imagen y el diseño de audio- han sido una constante en la propuesta cinematográfica de este cineasta, que además –casi obvio- es un gran pintor.

Intuyo que la premisa de la que parte Schnabel es el travestimiento real de la muerte. Pasar de aquello funesto y doloroso a un maquillaje naturalista más colorido y encantador. La muerte y el dolor de la agonía, frente a nuestro ojos, no será más aquello que espanta sino una experiencia poética pura y simple. Schnabel le quita el peso al dolor, le quita lo metafísico a la agonía, lo descolorido a la enfermedad, lo angustiosamente desconocido al respiro final. Él transforma todo eso en una experiencia familiar y nos acerca al deceso del personaje como si de agua cristalina se tratase. Pero detrás de tal simpleza aparente, hay todo un tratado estético, conceptual y moral.

A leguas se nota que las intenciones del director de las igualmente bellas Basquiat y Antes que Anochezca eran las de tergiversar la experiencia del ensimismamiento, de la angustiante cárcel corporal, y más que sonar esperanzador o moralizante, hacer un ejercicio de ficción a partir de un cúmulo de sensaciones. Transformar esos únicos dos sentidos inalterados –la vista y el oído- en recursos cinematográficos basados en lo orgánico y lo sensorial. Lo hermoso y platónico que existe en la recreación de la realidad a partir de la aprehensión propia.


Schnabel es un gran retratista y como todo buen retratista, nunca duda en poner algo de sí mismo en aquello que retrata. Porque no sólo capta el espíritu de Beauby sino que lo reinterpreta a su manera y lo redecora –si se puede decir así- ficticiamente, aún logrado su cometido: la mutación. Quizás con ello alude y hace una analogía con el título de la novela escrita por Jean Dominique Bauby durante su estadía en el hospital, postrado, pero con su mente intacta. La Escafandra y la Mariposa no sólo habla de un espíritu reverdeciendo dentro de una coraza inerte, sino del cambio, la transformación. Esa metamorfosis que Schnabel forja al convertir el dolor, la impotencia y la desesperación en su antípoda.

Jean Dominique existió y murió hace una década dejando un documento insólito, la novela del mismo nombre que impacta más que por su contenido, por la manera en la que fue escrita: con un sistema diseñado por una ortofonista en el que debía parpadear mientras alguien deletreaba para poco a poco ir armando una palabra. Para el mundo, Bauby fue sinónimo de éxito, ego y felicidad. Vivía en la cima y, siendo director de la revista ELLE, era casi omnipotente. Hasta que la vida y sus azares hicieran que se engullera a sí mismo. Entonces decidió que aún podía vivir dentro de su escafandra y que su mente sería la mariposa que lo liberaría de su cárcel. Según algunos capítulos que he podido leer de su novela, Bauby mantuvo casi intacto su ánimo y su fortaleza interior, aún postrado y atrapado en sí mismo. Increíble.


Sin embargo, lo que importa de la película de Schnabel no es si captó o no el espíritu original de la novela sino aquello que construyó a partir de una experiencia extrema. Gracias a su agudeza visual y su talento plástico logra hacer desaparecer quizás lo más terrible de la experiencia de la muerte: el miedo metafísico. Pero ese es otro tema. En fin, La Mariposa y la Escafandra, una película altamente recomendable.

jueves, mayo 22, 2008

De documentales e insecticidas

I
Hoy mi cuerpo se inundó de piretrinas y no quiero regresar a mi cama. De repente los silencios son necesarios. Hoy más que nunca. Por mi cama pasa un río… y es que yo no duermo bien de noche… se me ocurren tantas cosas…

II
Los EDOC acabaron y me quedo con grandes documentales paseando por mi cabeza. Por supuesto, el que más morbo histórico me produjo fue Stranded, un filme acerca de la tragedia y los sobrevivientes de aquel célebre accidente aéreo ocurrido en los setentas, con los chicos de un equipo de rugby uruguayo. Sí, aquel en el que tuvieron que practicar antropofagia… -simplemente me recuerda a mi infancia y la atracción truculenta-. En un lenguaje claro y directo, usando elementos dramatizados y con un tino marcado por la familiaridad y el afecto (el director es amigo íntimo de los sobrevivientes) Stranded no se queda en el intimismo y, sin concesiones, toca la llaga, desenreda el relato amarillista y lo convierte en un Thriller bien logrado que mantiene al espectador inmóvil. Pero -de repente- el morbo se vuelve frágil y se libera del nivel anecdótico, sobrepasando el simple shock mediático y retornando a lo que es: una historia extraordinaria humanizada. Y sin embargo, el triunfo del espíritu sobre la carne no puede evitar causar lecciones moralizantes. Y eso no está mal porque se llama esperanza.


Luego está El tigre de papel, documental acerca de un personaje mítico surgido de los hilos olímpicos de los cincuentas, sesentas y setentas colombianos. Pedro Manrique Figueroa. Un artista plástico precursor del collage, militante de izquierda, hippie bohemio, sabio callejero. Un hombre que tenía la capacidad de ubicuidad y que un día -de repente- desapareció sin dejar pista. Excelente narración que hace un buen uso de elementos visuales plásticos y desarrolla un planteamiento estético muy bien logrado, el cual, sin embargo, no engulle la trama. El tigre… es un documental eminentemente argumental que reconstruye polifónicamente la anatomía espiritual de un mito. Uno de esos hombres que se van dibujando del recuerdo de los otros. Un gran documental de retrato.

Por último me referiré a Septiembres, el documental entrañable por antonomasia. Ésta es una realización española que se sucede en una cárcel del país ibérico, en donde cada septiembre se celebra un concurso de canto. Esto es simplemente el pretexto para tender historias personales que no obstante, pese al nivel de intimidad tocado, no llegan a escrutar en demasía. Por este motivo no ponen en evidencia el lado oscuro de la condición humana, si no por el contrario, vivifican ese nuevo altruismo germinado en el cautiverio. El nacimiento de la post-bondad. Y qué más noble que aquello que gira alrededor del amor y la salvación. Este es un filme cuyo tema principal es la redención y la esperanza. El poder redentor del amor. La única escapatoria al hastío de las cuatro paredes. A esa nada trombótica. Irrigación salvadora. Y no se aceptan refutaciones porque esa no es la médula del filme… ese ya sería otro documental.

III
Empieza el ciclo de Leonardo Favio que, para el que no lo sepa, también es cineasta, incluso antes de triunfar en la música. De él sólo sé que hace algo así como el anti-cine. Pura intuición desarrollada en su narrativa cinematográfica. El triunfo de la lógica de la no-razón. Su música también tiene mucho de eso. Habrá que ver algunas de sus películas para dar más detalles al respecto. Es desde ayer en el cine de la Casa de la Cultura, para los que quieran ir. A las siete.

IV
Invasión de pulgas y piretrinas como para matar a una vaca. Vamos a ver como resulta el mapa nocturno de constelaciones en mis piernas…

lunes, mayo 12, 2008

Banda Sonora

Cuanto esperé lo que nunca llegó… que me pregunto en silencio si es que algo faltó... Uno de mis primeros recuerdos es la cara setentera de Camilo Sesto. Un cuerpo magro, esbelto, cubierto de poliéster, semiacostado en algún jardín, cerca de una pileta. Camilo flaco, pelilargo, con una belleza femenina, algo gay. Qué más da. La portada de uno de los discos que mis padres tenían regados en su departamento setentero de San Pedro Claver. Luego supe que muchos de mi generación nacimos por ese sector…

Pantalones de tiro insultante y bastas engullidoras de zapatos. Y qué zapatos. Los ochentas me llegaron rápido y cuando dejaron de tener sabor a setentas, yo ya estaba en la escuela. Camilo ya se maquillaba. O al menos así parecía. Pero la radio aún sostenía sus grandes baladas. Y las sigue aún pasando. Ya nadie canta así. Un registro que llega a las cuatro octavas -en perfecto falsete-. Letras populares, sí, pero inteligentes y muchas de ellas estilizadas, tomando en cuenta su género: la balada popular. Él componía la gran mayoría de sus canciones y escupía el alma al cantarlas. Hay videos en el U tube, por ejemplo una presentación en vivo de Getsemaní, la versión en español del tema del Jesuschrist Super Star, en donde al terminar de cantar está sudando y temblando. Magistral.


Camilo ya lo cantó todo, ya dijo todo lo que del amor tiene que decirse y su carrera pasó por diversas etapas tan marcadas en sus letras, las cuales hacían un paralelo entre la vida, la madurez y el amor. Primero, la ilusión, el desconocimiento y el sabor blando de lo nuevo. Segundo, las primeras complicaciones, el desarrollo de la fe. Tercero, el error del otro, la pérdida de la inocencia. Cuarto, la pérdida de la fe, el error de uno y el arrepentimiento. Quinto, el desencanto, la ansiedad y la avidez por la regeneración. Sexto, la libertad, o el anhelo de ella.

No quisiera poner como séptima etapa el retorno de Camilo a los escenarios porque sería ya un epílogo. Un eco. Pero este post no tiene como objetivo hacer un recuento de la vida artística de Camilo, ni un homenaje a él. Simplemente es autocomplacencia, porque es uno de los soundtracks de mi infancia y, definitivamente, no podía dejar de ir a su concierto de “despedida”. No sé si de la escena o de la vida, porque ha estado muy enfermo. Muchos dicen que por su estilo de vida. Alcohol y cocaína. Infaltable dupla en el mundo del arte. Nunca me dediqué a averiguar nada, por lo tanto no podría afirmar cosa alguna. Bueno, al parecer, después de un trasplante de hígado tiene motor para varios añitos más.

Fue en el Coliseo Rumiñahi, el sábado pasado. Cuando llegamos -fui con dos amigos y una amiga- la mayor parte de la gente ya estaba dentro. En su gran mayoría eran familias y lo que conocemos comúnmente como “señores”. Éramos los únicos de nuestro target, el cual no voy a perder tiempo en explicar porque no sabría cómo. Una vez allí, tratamos de corear todas las canciones tan dramática y amaneradamente como el caso lo ameritaba. Yo pedía inútilmente mis favoritas. Inútilmente porque estaba en general. Todo por nada, todo por nada. Y nada. Nunca cantó esa. Yo traté de justificar esa gran ausencia a que le sería imposible interpretarla. El coro exige demasiado vocalmente, compruébelo aquí y disfrute de su belleza ahora perdida.

Por suerte no pudimos ver a Camilo y sus cincuenta liftings de cerca, aunque las pantallas junto al escenario nos revelaron difusamente la verdad. Fuimos felices un par de horas, sin embargo fue algo triste el comprobar que la voz, la gran voz, ya no era la misma. Quedó reducida, a duras penas, a menos de dos octavas. Todas las canciones fueron interpretadas un tono más abajo y en las notas más altas, el pobre Camilo desviaba la atención haciendo cantar al público la parte que más le costaba cantar. Se despidió y salió una sola vez más. Yo me quedé quejándome de Todo por Nada y la falta de solidaridad del público. Salí sin mi canción.

Esa noche, nunca fue más apropiado cantar ‘la voz desnuda de la vida me cambió todo por nada…’

Les dejo la letra para que se depriman un poco, o se burlen de la balada visceral de los setentas. Como quieran.


Cuanto esperé
lo que nunca llegó,
una caricia
una frase de amor.

Como un regalo
llegaste a mí
y sin abrirlo siquiera
te perdí.


La voz desnuda de la vida
me cambió todo por nada
Se van los días
y en mis noches no hay calor
no tengo nada, nada.


Sólo una lágrima en mis ojos
que te buscan y tu ya no estás.

Todo te entregué
quizás por eso te perdí
y la vida me cambió todo por nada.

Tanto esperé
lo nunca llegó
que me pregunto en silencio
si es que algo faltó.


Fui como un niño
cuando da su amor
que solo espera cariño
nunca un adiós.


La voz desnuda de la vida
me cambió todo por nada
se van los días
y en mis noches no hay calor
no tengo nada.


La voz desnuda de la vida
me cambió todo por nada

miércoles, mayo 07, 2008

Otro

Cuanta pereza me da a veces la gente. Los miro con sus caras de nada, con sus vidas impasibles. Teniendo hijos. Pariendo una y otra vez. Juntándose unos con otros. Pagando cuentas y sonrisas. Siendo. Los miro una y otra vez y quiero participar del simulacro. Pero no puedo, porque no he ido adiestrada en las artes del buen vivir. No sé cómo se vive. No se vivir. Facturas hecho añicos en el cajón del velador. Deudas minúsculas de las que no hablo por temor al ridículo. Un delito idiota rondándome. Evadiendo impuestos igual de insignificantes. La cárcel. El miedo racional. O quizás yo esté mal y 500 dólares sí signifiquen mucho. Para mí sí.

Y cuando recuerdo a esos amigos que están fuera o a destiempo, no me consuelo. Porque no están en nada. Al igual que yo. Entonces nos vamos juntando entre desposeídos y formamos clanes apologéticos que casi convencen en su misión de ser la antítesis de la veracidad. Y aún así se sobreentiende que ser el otro, el antagonista, es una enmienda social erigida sobre la regularidad. La necesaria presencia del otro. Y sin embargo toda esa gente se rompe en cada esquina y ni siquiera lo sabe. Los que me aburren y los que no. Quizás unos más que otros. Pero de lo que si estoy segura es de que nadie se rompe tanto como yo. Y eso es arbitrario y engañoso, pero es.

Ser una eterna reconstrucción de algo más, no es agradable. Siempre se comete errores en la recomposición, a veces para bien, a veces para mal. Hoy no sé por ejemplo, si el dedo meñique izquierdo, en realidad pertenecía a mi mano derecha. Pero nadie lo ha notado hasta ahora porque todos están preocupados en poner cada cosa en su lugar. Nadie tiene tiempo para reparar en los pequeños errores de autenticidad. Te das cuenta de que existe la artificialidad cuando el artificio pasa por la conciencia. Mientras se es irresponsable, se es genuino.

Por eso tengo pereza ajena. Porque no encuentro más que cáscaras de huevo pretendiendo ser abono. Siguen reproduciéndose como huevos estériles. Y nadie sabe cómo lo hacen. Porque no hay plata. No hay comida. No hay sitio. No hay más calles. Habrá que hacer puentes elevados y engañar a Dios para que no nos castigue por nuestro atrevimiento. Pero aún la gente sigue juntándose y entonces aumenta el parque automotor. El sector inmobiliario reverdece. Y la ciudad se convierte en un fortín de torres ojivales. Gris y oscuro asfalto que dejó de atrapar rayos de sol.

lunes, mayo 05, 2008

Regresando a la llacta

He retornado de mis vacaciones en Perú. Muchas sorpresas. En vista de los últimos acontecimientos, creo que no tengo nada políticamente correcto que decir. Hoy más que nunca me he dado cuenta de que me aburren inconmensurablemente Quito y su tibia cultura andino-mestiza.

Llegar a Perú fue como ver bien trazado aquello que siempre estuvo borroso. No diré más. Hay cosas que valen la pena aceptar, como que Huáscar no fue el malo de la película ni Atahualpa el hijo favorito de Huayna Cápac… pequeñas ingenuidades que hacen más tragable a la nimiedad. ¡Ah, la insignificancia!

Ser insignificante no es malo. Es aburrido. Pero ventajoso, si se le quiere sacar partido en ciertas circunstancias. Un viaje, por ejemplo. Es entonces cuando las posibilidades de diversión se vuelven casi infinitas. Porque de repente te encuentras con algo más que la plaza central en un domingo después de misa.

Ahora leo un artículo de Jorge Izquierdo en la revista virtual Hermano Cerdo y me ha causado gracia la sentencia de William Burroughs, en la cual se refiere a nuestro pequeño y hermoso país: “Que Perú se apodere de él y lo civilice”. Mejor recomiendo que lean el artículo completo y saquen sus propias conclusiones.

Sin embargo, no puedo evitar la sensación de sentirme viviendo “en el lugar de paso”. Seremos los eternos viandantes, entonces. Es la primera vez que tengo esta sensación de “no estar en nada”, porque aunque conozco algunos países de Latinoamérica y otros cuantos de Europa, nunca experimenté sensación similar. ¿Su origen? Los ecos de haber pertenecido a un imperio que nos dio de largo, y el pensar erróneamente que somos culturas similares. Nada más fuera de foco que eso.

En Perú se notan los cimientos. Esos que nos faltan. Nuestros trazos son tímidos y dudosos. Nos sabemos quiénes somos y es debido a algo más que la herencia indígena. Nunca más saltó tanto a la vista la ecuación tamaño/idiosincracia. Somos un pueblo cabizbajo y ambiguo, se nota la diferencia. No quiero con esto declarar una verdad, posiblemente me equivoque desde mi visión de “turista”. Pero de lo que sí estoy segura es de nuestra inminente parsimonia. Ok, ya lo sabíamos, en fin, esto fue simplemente una comprobación de lo evidente…

martes, abril 15, 2008

¿Premio fantasma?



Hoy por fin tuve la revista en mis manos. Luego de algunas llamadas de felicitación, mensajitos alentadores y olvido voluntario, leí mi nombre junto al sellito que delataba mi posición. Todo felicidad, todo alegría, todo duda… No sé cuántos meses han pasado desde la llamada aquella que recibí en donde me comunicaban oficialmente el fallo a mi favor. Ok, gracias, chévere. Pero yo sigo esperando la plata. La que ya debería ser mi plata.

Gané el primer lugar en un concurso de minicuento del que acabo de enterarme su nombre. “Humberto Salvador”, en honor al escritor guayaquileño. Dicen que gané, según cito el texto publicado en la revista La Casa de la CCE, “por la novedosa temática planteada, la acertada caracterización sicológica del personaje, la opresiva atmósfera generada y la economía en el uso del idioma”.

En realidad no economicé nada, pues cuando lo escribí jamás pensé en poner a dieta mis palabras. Lo que sí hice fue una pequeña edición del original para que calce en los caracteres que solicitaba la convocatoria. Entonces, sí economicé, recortando el presupuesto verbal. Pero fue mínimo. De lo demás no quisiera acotar nada por el simple hecho de que suena bonito…



En fin, el cuento con el que ‘gané’ lo publiqué alguna vez en este blog. Estultolitos. El jurado estuvo conformado por Javier Vásconez, Jorge Velasco Mackenzie y Jorge Dávila Vázquez, todos escritores ecuatorianos de amplia trayectoria. Todo suena muy halagador, pero me pregunto, -aún entendiendo las limitaciones de los procesos burocráticos- ¿Por qué organizan un concurso si luego no van a poder responder? Y a los organizadores me refiero a quienes editan la revista La Casa.

Así que finalmente aún no he ganado nada, porque ni la nada despreciable cantidad de dinero, ni el lote de libros, ni el diploma ofrecido me han sido entregados aún. No queda más que seguir esperando, porque en vista de esta falta de liquidez, la húmeda idea de la rifa fantasma ha perdido vigencia, mientras las deudas se están bebiendo un café en mi honor...

martes, abril 01, 2008

El efecto rebote

Pilar pilastra viga. Junto a una miseria siempre habrá otra. De ser cierta esta afirmación estaríamos conviviendo entre elásticos. Enredados en ellos. Porque el espíritu de la miseria es maleable y dúctil. Que es lo mismo. Sintiéndonos de cierta manera libres en nuestros movimientos, pero sin reparar en que estamos atrapados en esa docilidad de la tristeza…

Siempre hay un arrullo entre las cortinas. Cuando son cuerpos opacos no refractarios, ni siquiera la mínima refulgencia de una gota frente a la luz artificial de un foco de 20 watts impide que el sonsonete del llanto se convierta en un himno monotonal. A veces una octava de más. A veces perfecto. Hay una estructura escondida en la aridez nostálgica. Un sistema de riego que gira en círculos y no entiende de redundancias estériles. Nada se siembra, nada se cosecha. Pero no importa. Así es la tristeza, embaucadora y mimética.

Si la tristeza es un desierto barroco, la miseria es una iglesia vacía. Como ya lo decía Víctor Hugo, existen dos tipos de miseria: la del pobre y la del descorazonado. Conclusión más vana: miseria es tener poco o nada de algo. Nuevamente la ausencia funda la estrechez. Porque la carencia lo único que puede hacer instintivamente es anular. Sellar. Así, la miseria para existir, toma prestada la partitura a la tristeza. Se desborda en ella, y se hace parte de la cantiga. Una romanza pentatónica, entre arias de un laúd y una dulzaina. Es solo un símil sinestésico. Porque la miseria no puede ser más que una monofonía.

Finalmente esos ecos que se pretenden sinfonía son tan solo rebotes del sonido y sus ondas vibratorias. El tono es el mismo. No hay armonías en la miseria. La tristeza, por el contrario, canta en una escala descendente. Sus disonancias son choques de júbilo. Por eso hay momentos de plenitud en los que se prueba la resistencia del elástico. ¿Hasta qué punto se puede moldear sin romper? La adaptabilidad es patrimonio del desconsuelo.

Hay que reescribir la canción…

viernes, marzo 28, 2008

Los muertos



Una vez que se apagaban las luces llegaban los muertos. Ellos podían rastrearme en la oscuridad y yo les temía. Se alimentaban de mi miedo. Me espiaban desde la ventana y yo solo rogaba por dormirme de contado.

Los muertos no salían del cementerio sino del sótano. Mi casa estaba levantada sobre viejos entierros. No sé si lo inventé, pero cuando la construyeron, sacaron cráneos y húmeros. Yo los vi, no importa si era un sueño. Yo los vi, mi padre lo dijo.

Mi perra lloraba y siempre estaba triste. La abrazaba cuando estaba triste yo también. Le bañaban en agua helada cada año creo, era muy sucia y nadie se preocupaba por ella. También veía a los muertos y aullaba cuando llegaban. A veces ellos tenían sed, yo podía escuchar como abrían la llave de agua. Otras veces querían oir la radio y naturalmente la prendían.

Cuando querían notarse, los muertos hacían sonar sus pasos. La madera de las gradas crujía mientras ellos iban aproximándose a mi habitación. Era la primera, junto a las escaleras. Yo me sostenía de las sábanas y contenía la respiración. Así, no notarían mi presencia tratando de ocultar mis signos vitales. Desde ese momento empecé a intentar verme en el otro lado. Las manos pálidas formando una equis sobre mi pecho.

Yo también estaba muerta a veces, viviendo como en un sueño expirado. El último aliento de un difunto. Había un yo cadáver que soñaba todo eso que estaba pasando. Por eso al despertarme, los muertos ya no estaban. Se habían replegado en sí mismos, en sus propias ensoñaciones, desaparecían al volverse ininteligibles. La incoherencia de la vida, ese fuera de todo sentido era su final. Los calcinaba la verdad de la cotidianidad.

No había viaje posible porque simplemente los muertos no se habían ido a ninguna parte. El cementerio era una verdad. Pero nadie salía a hacer fiesta como en la canción de Mecano. Yo escuchaba la letra y sabía que era una comedia gore a lo George Romero. Mis muertos ni siquiera pensaban en el instante carnal. Se movían a ninguna parte, subían y bajaban gradas, prendían y apagaban luces, y a veces se dejaban ver. De reojo.

Mis muertos no buscaban un cuerpo ni querían espantarme, pero su tristeza me salpicaba. A ellos tan solo les dolía un algo que ni siquiera sabían que era. Una conciencia expirada no puede tener respuestas. Ni preguntas.

Había una autenticidad en sus movimientos. Una insólita fidelidad en su vagar. No había pretensiones de nada. Sólo eran por los pasillos. Estaban. Abrían y cerraban puertas, prendían y apagaban la tele. Y a veces hablaban. Oraciones perfectamente estructuradas que buscaban decir nada. Ecos lingüísticos nada más. Sin ningún fin.

Los muertos ya se fueron. No sé cuando pasó, lo sospecho. Todavía contengo la respiración…

viernes, marzo 07, 2008

Concretándose entre balas





Desde hace días vengo pensando en que debería ceñirme a la coyuntura y escribir algo sobre el conflicto fronterizo. Yo detesto usar corsés ideológicos por lo que me es difícil tener una postura clara. Debería entregarme de una vez al facilismo y unirme a la opinión pública, que en definitiva ser resume en una postura geográfico-política. Vamos a defender casi por lógica de supervivencia, la tierra donde nacimos. Pero no es suficiente. Porque la patria es un abstracto y el patriotismo es una noción creada, no es un sentimiento. Es una idea. Y las ideas son variables, contrario a lo que creeríamos, la razón es peregrina.

No voy a resumir un altercado diplomático que muchos ya conocerán de memoria. Yo quiero hablar de la fragilidad del entendimiento. Y lo vulnerables que somos ante verdades construidas. No tenemos maneras de luchar contra ello porque la fuente directa ya no existe. Unas computadoras en medio de una hojarasca falseta, unos guerrilleros haciendo “campamento” con chanchitos y gallinas, tres presidentes tirándose la pelota, verdades y mentiras, acusaciones y revelaciones de un lado y otro. Por favor, las cartas están claras. Nunca nadie dice toda la verdad. Es el reino de la conveniencia. Es difícil ser objetivos frente a tanta subjetividad, simplemente creo que se trata de apelar a la moral individual y colectiva. La noción de soberanía es tan abstracta que una línea imaginaria no es suficiente para materializarla. La tierra que pisamos es una sola, sin embargo, la estructura social nos condiciona. Se trata de ser alguien dentro de algo. Es una cuestión de identidades. Hay que tomar partido, sino inmediatamente nos convertimos en parias.

Lo más fácil y digno es acusar al Gobierno colombiano y a los gringos. Razones no faltan. No es nuestro conflicto, no tenemos por qué inmiscuirnos, no TIENEN por qué hacerlo. ¿Error nuestro no mandar tropas a la frontera para protegerla? No. Eso significaría entrar en conflicto directo con las FARC, y recordemos, esta no es nuestra guerra. ¿Debemos apelar a la unión latinoamericana y ayudar en la lucha contra la narco guerrilla? Esa no es la manera. Colombia nos está traspasando el muerto. Tiene a las FARC arrinconadas en la frontera con Ecuador y solo protegen ‘hacia arriba’, los centros urbanos y el resto de territorio que les interesa. De ahí que se maten en la selva. Me pregunto yo. ¿Por qué no son capaces de sostener su conflicto dentro de sus linderos? Colombia está en la obligación de proteger sus fronteras también, para evitar la fuga a países vecinos. Y eso nadie lo dice.



Por otro lado, se empiezan a revelar trapos sucios. Correa sí estaba participando en las negociaciones del canje humanitario junto con Chávez y al parecer Uribe lo sabía. Sin embargo, luego de la encendida rueda de prensa en Venezuela, al parecer las aguas empiezan a amansarse. No me creo esos teatros. Apretones de mano, sonrisas impostadas y promesas de fin a la crisis, después, claro, de graves acusaciones de lado y lado en la Cumbre de Río. Las famosas cartas que están a disposición en la red, sin duda son documentos que contienen información valiosa sobre las FARC. Las he leído y la verdad mi única explicación es que estas cartas se conocían desde hacia tiempo atrás, pero por motivos de seguridad y otros chanchullos no fueron reveladas. Recién ahora se las saca como “maravillosas” cartas debajo de la manga. Es increíble la desfachatez. No molesta tanto incluso que se haya violado nuestra soberanía, como reconoció la OEA, sino que nos quieran ver la cara de…

En fin, Correa pidió a Uribe que las cartas le sean entregadas. Ultra redundancia. Ahora hace falta hallar la mágica manera de descubrir su falsedad o su autenticidad. Hasta mayor aviso, creo que el problema principal es el jugar con los sentimientos de la gente a través de crear xenofobias innecesarias, con artimañas que no conducen a nada. La solemnidad y la seriedad con la que se ha tratado el conflicto diplomático han salpicado inevitablemente a los ciudadanos de ambos países quienes hemos tenido que tomar partido obligadamente para defender lo que consideramos ¿nuestro?

Es simplemente sacar partido de la necesidad de concretar esa abstracción que significa la palabra Patria…

jueves, febrero 28, 2008

Actualizaciones y recomendaciones


Por no escribir cinco posts de una vez y aburrirles -de paso aburriéndome yo misma- he decidido hacer el tristemente célebre compendio de hechos acaecidos últimamente. De los cuales, en la mayoría he sido partícipe inactiva. Tengo algunas opiniones, apreciaciones, recomendaciones y quejas. Sin embargo, siendo que la principal queja –generalizada- de estos días vendría a ser el frío y nuestra incapacidad de vestirnos de acuerdo al clima, creo definitivamente que algo grave está pasando. ¿Acaso la discusión de nuestras miserias personales y colectivas puede reducirse a un factor metereológico? ¡Cómo puede ser posible! Y aún peor, que no nos haya invadido la tan temida tristeza escandinava es inaceptable siendo andinos melancólicos y lánguidos. Ningún conocido se ha suicidado últimamente. No hay muertos frescos, ni grandes casos de asesinatos premeditados (este vendría a ser un esquizofrénico medidor de grietas sociales). En fin, hay muertos y desaparecidos -tragedia lo que quieran- a causa de las inundaciones y deslaves. Pero a nadie le importa. A NADIE LE IMPORTA. Nunca pega tanto a nivel sicológico una mediana tragedia ocasionada por las fuerzas impunes de la naturaleza como un buen psicópata suelto. Ojo, no hablo de huracanes Katrina ni nada por el estilo. El morbo de sangre no es el mismo en un asesinato que en un derrumbe a causa de las lluvias. Finalmente aceptamos la omnipotencia de la creación y terminamos inconscientemente identificando aquellas muertes como naturales. Pero hasta cierto punto… porque incluso las grandes tragedias nos recuerdan la injustica social, y el discurso siempre termina degenerándose en proclama política.

En fin, deberíamos alegrarnos por estar tan alegres en medio de tanta agua. Porque perentoriamente siempre termina saliendo el sol en este Quito necio. Como hoy. Y la gran pregunta es: ¿Cómo me vestiré hoy? El clima, sin duda, nos obliga a la superficialidad de la apariencia aunque no queramos.
Bueno. A continuación lo que continúa.

Indie en Quito.
Hace diez años probablemente habrían sido el gran éxito de vanguardia. Hoy son un casi vintage necesario y refrescante. Hablo de una nueva banda en la escena rock quiteña. Motozen. Un grupo que tras un año de ensayos dio su primer concierto el sábado pasado en el Patio de Comedias. Su estilo es tan puro -si es que podemos llamar “puro” al Indie- que reconocemos al instante las influencias. Sería injusto decir que suena idéntico a tal o cual grupo, ya que en el universo indie y alternative rock, hay muchas bandas que suenan bastante similar entre sí.







Sin embargo, sabemos que entre sus influencias se encuentran Gang of Four, David Bowie, Joy Division, New Order, The Smiths, The Cure, A-Ha, Radiohead, Jeff Buckley, Kings of Convenience, Arcade Fire, y Hot Hot Heat. (No obstante, algunas de estas influencias no se notan o no están muy claras. Por ejemplo, no hay mucho de new wave en su sonido, solo logré identificar una canción cuya batería tenía algo de este estilo)

Mi primera impresión: Una banda con fuerza y precisión. Un guitarrista que se destaca y que le da el toque “brit”. En general el trío base funciona. Una batería bien entendida, un bajo que por momentos nos recordó, para bien, al excelente estilo de The Cure. Por otro lado, el vocalista, desarrolla un estilo básico, con una voz bien definida con un plus: no desafina. Un “trade mark” del brit pop, que a mi opinión podría mejorar con trabajo y sobre todo adquiriendo un poco más de seguridad que haga brillar su propio estilo.

En general puedo decir que me alegra que la escena musical en la ciudad se abra a nuevas opciones. En un espacio que prácticamente estuvo dominado por la fusión de estilos más “alternativos y under”, en donde reinaba cierto exclusivismo pueblerino, lo que está pasando en este momento, con nuevas bandas que deciden tomar el riesgo, es una bendición. Lo melódico y lo considerado “soft” estuvo fuera durante mucho tiempo. Se trataba de ser rebeldes o algo así. Casi como en la época en la que la palabra pop era sinónimo de mala música. Grandes errores. Gran desconocimiento. En fin, es bueno que las cosas estén cambiando.

Retomando a Motozen, su primer concierto estuvo plagado de buena onda y energía, hubo ciertos desaciertos sobretodo en el audio, y un pendiente que nunca entendimos: la segunda guitarra –tocada por el vocalista- ¿debía o no sonar? Esa es la pregunta. Lo digo porque no se escuchaba nada de ella, y según caímos en cuenta, parece que esa era la idea…


La Extraviada nuevamente se encontró en Quito

Gracias al oficio que uno lleva impreso en la frente, pude acudir nuevamente a ver una de mis óperas favoritas “la Traviata” de Verdi. El año pasado escribí un texto sobre esta obra así que no entraré en detalles mayores de la trama. La Traviata que presentó el Sucre fue una coproducción con la Embajada de Corea, por lo que los solistas fueron de esta nacionalidad. El nivel de estos intérpretes líricos se destacó considerablemente por sobre los cantantes líricos nacionales, lastimosamente. Ellos forman parte de la Compañía Lírica Nacional, organización que apoyo y aplaudo porque creo que hace falta crear escuela de ópera en nuestro país, sin entrar en mayores discusiones snobistas. Simplemente hay que aceptar que el bajo nivel de nuestros intérpretes se debe a la escasa experiencia. Cosa que espero que se supere próximamente y que se pueda resolver, a la vez, los problemas internos de la Fundación Teatro Sucre. Sería una pena que una entidad cultural yerre en su misión. Siendo sinceros, no hay cualidad moral exclusiva de tal o cual actividad. Me explico, uno puede corromperse hasta en el cielo, si hay dinero de por medio…






En fin, volviendo a la obra, esta Traviata es un esfuerzo importante. La parte dancística, orquestal y coral, a cargo de la Compañía Nacional de Danza, la Orquesta Sinfónica de Loja, la Banda Sinfónica Metropolitana, y el Coro Mixto Ciudad de Quito, respectivamente, lograron acoplarse bien. Su nivel fue bastante aceptable, cabe destacar la dirección musical de Jo Hiun Kim (¿what the hell?), sí, sé que no dice mucho, pero tenía que nombrarlo. Los coreanos brillaron, opacando literalmente al componente nacional. Triste. Pero esto nos deja reflexiones positivas: hay que batallar más, y trabajar constante y disciplinadamente.






Por otro lado, una calamidad de último momento (paro en Colombia) impidió que el lunes pasado, día del estreno, se presentara la obra con la escenografía planificada (de la Fundación Camarín del Carmen de Colimbia), lo cual le restó fuerza escénica, pero aún se logró sacar adelante con una escenografía tal vez improvisada que se vio algo pobre, pero que sin embargo no delató su verdadero origen.

La cambiadora de Páginas












Esta es una película que recomiendo. Hay que verla. Por eso no voy a hablar nada sobre su trama, porque yo odio que lo hagan cuando quiero ver una película y busco alguna orientación.

La Cambiadora de Páginas es una película muy francesa. Se nota a leguas ser una gran continuadora del cine de Chabrol. De una sutileza profunda, con esa laxitud característica de cierto cine europeo (sobre todo nórdico), pero que no descuida la fuerza dramática con un excelente desarrollo, composición y caracterización de los personajes. Este es un filme de personaje, sin duda. Es definitiva su misión conductivista: llega a donde tiene que llegar y nos lleva a donde nos tiene que llevar. Esto podría llegar a confundirse con enmascaramiento y manipulación, pero ¡vamos! ¿Cuándo el cine no ha sido manipulador? Hay que dejarse llevar de cuando en cuando.

La tensión dramática podría ubicarla dentro del Thriller sicológico, pero creo que el marcado estilo galo, la hace llegar a otra parte. El momento decisivo en la historia nos marca un ritmo que nunca desfallece, cierta tensión conocida que no por ello deja de ser expectante. Sabemos lo que va a pasar y conocemos el desenlace previamente. Pero no sabemos cómo se expresará ese sentimiento fielmente retratado en el clima de la película. Este es un cine de atmósferas, ese microclima dramático arbitrario (como el cine mismo), inunda todo el entendimiento y sumerge al espectador en una laguna gélida y algo perversa. Pero de esa perversión solapada y hermosa. Como el personaje interpretado por Débora François.


La aparente simpleza con la que es desarrollado el guión hace que su aplicación sea precisa y hasta perfecta. Sin embargo, sin una buena actuación era imposible lograrlo. Las actrices Catherine Frot y Deborah François definitivamente se lucen en sus papeles protagónicos. El director, Denis Dercourt, permite que una trama aparentemente simple (casi un cliché psicológico), se transforme en una refinada interpretación de las motivaciones humanas básicas.

Esta es una película refinada, sí, elegante, sí, ambientada en el espacio burgués, por lo que se le podría reprochar cierto aire forzado en este aspecto. La escenografía es exquisita, y el vestuario también. No pude dejar de reparar en los hermosos abrigos que utilizan los personajes. En estos fríos, como no pensar en eso…

miércoles, febrero 20, 2008

Nombre tres virtudes y tres defectos suyos

Tengo un amigo que se sentía idiota cada vez que tenía una entrevista de trabajo. “Mejor dígame usted qué es lo que quiere saber y yo le contesto”. Ante la insistencia de preguntas sin respuesta como “defínase en tres palabras”, “cuáles considera sus mayores defectos”, o “por qué deberíamos contratarlo”, él prefería retirarse de la entrevista asegurando que todo lo que les debería importar se hallaba en su extenso currículum. Punto.

A mí me producía chiste y angustia esta situación porque soy mala mentirosa y de seguro soltaría innombrables defectos cuando me preguntaran aquello. Y ya me pasó. Y ya mentí. Y ya me sentí ridícula siguiéndoles el juego a los sicólogos industriales con sus técnicas absurdas de selección de personal. Es obvio que la gente va a mentir por conseguir un puesto, no entiendo el para qué de la farsa. Mejor dicho sí entiendo –descubrir la verdad a través de técnicas misteriosas- pero me niego a aceptar que la dinámica de las relaciones humanas sea tan decadente.






Tres candidatos en una entrevista de selección




Y cuando hablo de decadencia, no hablo sólo de valores distorsionados, me refiero a la pérdida de la sensibilidad. A la deshumanización del trato cotidiano. A esa estandarización perversa que resume al ser humano en unos cuantos arquetipos, a los cuales, a su vez, hay que recortar cualquier matiz que intente salirse del margen. Y quién diría que a eso le llaman cultura empresarial. Porque ahora la cultura se hace desde el escritorio de trabajo y se aprende a vivir desde allí. Usted debe entender que no existe más allá de su puesto laboral, que no ES más que dentro de SU empresa.

Estos “nuevos conceptos” de administración de personal no son nada ingeniosos, déjenme decirlo. Están basados sobre la simple explotación de una necesidad básica: el ser alguien. El sostenerse de algo para salir a flote en el inmenso océano que es la vida. Siempre igual, siempre lo mismo. Y qué mejor que el trabajo para hacer del pretexto de vida, la vida misma. Increíble. Y todos caen tarde o temprano. En fin…

Qué nos salvará sino el humor. La sátira nunca estará demás y donde exista, se constituirá en una pequeñita filtración por donde escapará la inconsciencia y la conformidad. Una sátira bien lograda, llega a ser casi una mímesis de la realidad, salvo por la sutileza del formato, y la entera y entendida propuesta de la ficción.

“El Método Gronholm” es una bien lograda sátira que pone en evidencia el absurdo del mundo laboral occidental y sus maneras capitalistas. Escrita originalmente en catalán por el dramaturgo español Jordi Galderán, fue adaptada al castellano ya que su universalidad traspasó lo local. Así, fue presentada en España y en algunos países de Latinoamérica con gran éxito. Ahora es la obra en cartelera del Teatro del CCI en Quito, y su puesta en escena demuestra que aún en “nuestro país” se puede hacer teatro de calidad y a la vez comercial.

Cabe mencionar también que se puede hacer un teatro para todo público, directo, inteligente y despejado, dentro de una escena teatral “elitista”, en donde todo lo que no suene a reflexión trasnochada intelectual, fantasía surreal, absurdo -burlesco o no-, es despreciado por simplón y vulgar. Me pregunto ¿Despreciado por quién? ¿Por el público? No lo creo. Despreciado por los propios gestores quienes, a mi criterio, están maleducando al público quiteño al ofrecer una sola alternativa (disfrazada de varios estilos) con un teatro más performático que dramático, más literario que dramatúrgico. Ese “teatro de gasa” -como lo he bautizado- que no deja de ser interesante y de tener buenas propuestas, pero que cansa por repetitivo y confuso. Los monólogos están a la orden del día y la pobreza de ciertas escenografías no nos recuerda la falta de presupuesto sino una falta de ingenio. Que no se confunda el minimalismo con el facilismo, por favor.

Flyer arrugado del Método de Grönholm

Es cierto que hay obras respetables de dramaturgos contemporáneos ecuatorianos –mi análisis se refiere al teatro de las dos últimas décadas- y que se han hecho meritorios esfuerzos por adaptar a grandes como Becket, Brecht y Darío Fo, entre otros; sin embargo, aún sigue sonando a teatro para unos pocos, por lo que el gran público se siente escasamente atraído, lo cual encarece la propuesta y hace que incluso los interesados nos lo pensemos más de una vez. Yo dejé de ir al teatro por caro y aburrido. Así de crudo.

Sin embargo, basta de negatividades. El método Grönholm podría ser criticada por repetir fórmulas exitosas, lo cual le convertiría no en una obra de arte sino en mercancía. No obstante, creo que una buena propuesta necesariamente pasa por la aprobación del público y a su éxito no puede acusársele vacuidad o comercialidad.

La trama es sencilla aparentemente: cuatro ejecutivos pre escogidos para aspirar a un puesto de alto rango en una multinacional se ven confrontados en una sala de sesión a través de una prueba de selección descabellada, la misma que obedece a un método internacional: el Grönholm. Sin embargo, hay un infiltrado de la empresa entre los cuatro, quien será el encargado de evaluarlos. Los candidatos deberán adivinar cuál de ellos es el farsante, y así empieza a hilvanarse una historia ágil e hilarante que no descuida el drama, poniendo sobre el tapete reflexiones más profundas que la simple mecánica laboral.

El desarrollo de esta obra de teatro es perspicaz y tiene giros dramáticos inesperados, lo cual la convierte en una dramaturgia que explora a través de la superficie del trato cotidiano, las fibras profundas de ese ser humano post moderno atrapado en un mundo globalizado, en donde prima lo material. El objeto antes del sujeto. Un mundo que ya no acepta subjetividades y que dentro de un casi esquizofrénico entorno arrebata lo último de humano que nos va quedando, para convertirnos en piezas, cifras y componentes de algo más grande que ni siquiera sabemos con exactitud qué es.

Por eso, El método… es altamente recomendable, me atrevería a decir que es un teatro de calidad y por ese lado respeta al público, lo cual es vital. La adaptación en realidad no debe haber resultado complicada por la universalidad del conflicto y los arquetipos de los personajes. José Vacas, a cargo de la dirección, ha hecho un trabajo justo. Esto, entre otras cosas, se refleja en el desempeño actoral, el cual funciona a la perfección salvo algunos pequeños desaciertos.

No quiero sonar demagógica, así que a continuación voy a nombrar algunos de los desaciertos:
El traje escogido (o mejor dicho, la combinación de trajes) para el personaje interpretado por Álex Cisneros, es demasiado llamativo y paródico. Por supuesto que se sobreentiende que cada personaje interpreta a un estereotipo, sin embargo, hay una redundancia interpretativa entre lo dramático y lo estético. Habría sido mejor limitarse al bienaventurado gris que se exhibía en los afiches promocionales de la misma obra en España, Argentina y Colombia.






La obra en Colombia




Por la misma línea iría la peluca de Cristina Rodas, la cual en su papel de ejecutiva moderna habría podido lucir tranquilamente su propio cabello. Estos dos factores le restan naturalidad escenográfica y permiten –quizás de adrede- que se rasgue un poco el límite del realismo entendido dentro de la ficción.





La versión española



Los problemas de dicción, olvidos minúsculos de sus líneas (de todos) y falta de proyección de la voz (caso específico: Manuel Calisto) que si bien son pocos, cuando suceden, hacen perder ritmo a la obra.

Por último, aunque menor desacierto, una mínima falta de precisión del contexto espacial y de los movimientos actorales, que en ciertos momentos acumulaban posiciones y posturas, los cuales terminaban convirtiéndose en cargamontones visuales (incluso espaldas accidentales logramos ver).

Pero aún así, la obra sale bien librada y por momentos, las actuaciones son sorprendentes. Sorprende la capacidad -por ejemplo- de actores algo novatos como Manuel Calisto y Álex Cisneros, quienes en sus papeles del cínico capaz de pisar a cualquiera y pisarse a sí mismo con tal de alcanzar el éxito, y el yuppie joven ejecutivo exitoso, algo petulante, generan una dinámica concisa, ágil y convincente.

Los más experimentados, Joseín Morán y Cristina Rodas, brillan menos en escena pero su calidad actoral no cede. Ellos han tenido a su cargo, a mi criterio, la interpretación de los personajes más difíciles: un hombre de negocios exitoso y positivo, que sin embargo no deja de ser el tipo promedio, por lo que esa clase de personalidades sin mayores matices terminan siendo más complicadas de interpretar. A su vez, Rodas encarna a una ejecutiva de apariencia segura que se bate entre su condición y su forzado intento de no parecer lo que evidentemente es: una mujer.









Digamos que los personajes arquetípicos con fuertes rasgos de personalidad y predecible performance son más “fáciles” de interpretar, no obstante hace falta talento para lograrlo sin caer en exageraciones o inverosimilitud. Por eso, el crescendo interpretativo de Calisto dentro de la narrativa dramática es logrado magníficamente, y éste termina siendo el centro de todo. Un aplauso para este actor que ya nos dio grata sorpresa en “Cuando me toque a mí” y ahora lo logra en “El Método Grönholm”. Las actuaciones para cine y teatro son muy distintas, y Calisto ha demostrado manejarse cabalmente en ambas, aunque aún faltaría poner a prueba su talento en otro tipo de papeles, ya que al parecer, el personaje del cínico lo maneja a la perfección. Si no me cree, lea la siguiente entrevista tomada de Diario La Hora. Es bastante graciosa, por cierto.



Usted no estudió teatro ¿cómo le hace?
No sé, me sale no más.
¿Alguna vez le ha tocado estar desempleado?
Casi toda mi vida...
¿El desempleo vende?
¿Vende qué?
Van a hacer una obra que ha tenido éxito de taquilla en otras partes del mundo.
La obra no es sobre el desempleo, es sobre un sistema de selección que no es habitual...
¿Cómo se define: inseguro, triunfador, agresivo, crítico o indeciso?
No sé, ninguna de esas, nunca lo he pensado.
¿Cuáles son los motivos por los cuales a usted nunca lo deberían despedir?
Tal vez sí me deberían despedir... no sé, a mí estas preguntas muy rebuscadas, como que no les entiendo mucho, capaz que no le diría nada ni a mi jefe ni a usted, no respondo muy rebuscadamente ni me pongo a pensar cosas muy profundas.
¿Qué piensa cuando va por la calle y ve a los desempleados de la 24 de Mayo?
Esta obra justamente trata de eso, porque a las personas se las denigra cuando están buscando (empleo), sea en la 24 de Mayo o en una Multinacional, ese es justamente el tema de la obra. Uno como que va para que le examinen como insecto y que le digan usted sirve o no.
¿Usted es intolerante?
Cuando nos sacan de casillas todos somos intolerantes.
¿Y cómo hace para en una obra tener un carácter y en otra ser alguien distinto?
Como cuando era chiquito: un día jugábamos a ser doctores, otro día a ser vaqueros, otro a ser soldados y era divertido, así.
¿Para qué le sirve la fama?
Cuál fama, no soy famoso, lo que ha pasado es un proceso normal que tiene toda película, obra de teatro o un premio.
¿Y ya le han pedido autógrafos en la calle?
Pero poquito
¿Y qué pone?
¡Qué sé yo!, ‘hola soy yo’.

lunes, febrero 11, 2008

Trascendiendo

Aún creo que mi ombligo tiene esperanza con esta cicatriz. Segunda placenta, segundo alumbramiento artificial. Ayudas a la naturaleza, como si esta no tuviera suficiente con ser lo que es. Después de observarlo detenidamente me molesta su modificación, como unas siliconas mal puestas.

Pero el paraíso artificial aún nos voltea las miradas y cada vez más. Se trata de ser hermoso a toda costa y definitivamente se convierte una paradoja entre la seducción de la superficialidad y el porqué sí de lo bello, versus la misión casi altruista de hallar la belleza en todo para no cegar el alma.

Hay una felicidad innegable en el hecho de la belleza, y una desazón profunda en su ausencia. De ahí el maquillaje, la regeneración, la reconstrucción, el revestimiento, el travestismo social. Por eso la máscara y la Persona. El cuerpo no es lindo por dentro, es grotesco y visceral, por lo tanto hay que esconderlo.

Ayer he visto una película italiana. Muchas películas italianas son lindas por un simple hecho: Italia es linda, la gente es linda, la lengua es linda. Ves ojos, narices y cabellos que nunca verás acá. No hay que hacer mucho esfuerzo por encontrar una armonía estética, está en todas partes.

Hace algunos días conocí un hombre hermoso. Era alto, delgado y esbelto. Su rostro era casi perfecto. Realmente no tuvo que hacer nada para llamar mi atención, su sola presencia me giró la mirada. Realmente hay tanto facilismo en el hecho de ser bello, no hay que esforzarse por agradar, ni por parecer inteligente o sensible. Esa belleza, estúpidamente, dota de todo lo que en el momento uno necesita. Y sí, produce mucha felicidad observar ese espectáculo estético, conversar con ese espectáculo estético, tocar a ese espectáculo estético. En fin, el encanto de Cenicienta puede muchas veces desaparecer, pero –a menos que los años se encarguen de su cometido- la belleza en el momento permanece intacta.

Después vendrán otros asuntos sistémicos y de fondo. Luego viene la sustancia. Si no la hay, no hay por dónde irse. El hermoso de aquella noche era una persona agradable y con cierto candor que me cautivó. Pero no más. Al día siguiente me llamó para que nos viéramos pero mi respuesta fue negativa. Su atractivo no pudo más que mi raciocinio, y por motivos que no caben aquí, lo mejor que pude haber hecho fue no salir con él.

Toda la noche pensé en él, pero hoy he olvidado su cara.

martes, enero 29, 2008

A mí no me tocó

El laconismo de la muerte es ciertamente inevitable. Toda metáfora se convierte en simple símil, porque la muerte ya es fría, ya es oscura, ya es vacía y ya es triste. Redundamos al convertir en poesía a la muerte, porque la muerte ya es poética. Y patética. Turbadoramente emocional, más allá de personificar la acción del morir. Más allá de volverla causal y relacionarla con un ser humano en concreto. La muerte ya es todo eso que angustia y un poco más de aquello que falta por descubrir con la experiencia propia. En ese momento, quizás, su significado orgánico cobre mayor fuerza para uno mismo. Porque la degradación de la carne y el fin de la conciencia –como ya lo dije en algún post anterior- no son motivos suficientes para desaparecer. Entonces, es la mitificación lo que subsigue a la soberbia, porque el acto de morir es tan efímero que no nos merecemos una vida tan corta. ¡Para lo más de eso!

Escena de la película "Cuando me toque a mí"
Entonces, qué nos queda sino conjeturar y redundar. Pero eso en la vida real. En el cine es otro el cuento. He visto hace pocos días la nueva película de Víctor Arregui, “Cuando me toque a mí”, basada en la novela “De que nada se sabe” de Alfredo Noriega, y me ha quedado el redundante sabor a desolación. Sé que justamente la intención del director fue esa, lo cual es muy decidor, sin embargo, nuevamente creo que seguimos en lo mismo: errando en los recursos y los discursos. Con esto me refiero a las últimas películas ecuatorianas estrenadas (Qué tan lejos y Esas no son penas), las cuales ya opiné anteriormente en este blog.

El problema, en efecto, no es la muerte, la pena, la desolación o el laconismo presentes en el filme, sino la falta de vida de esas emociones o estados emocionales. Suene paradójico y absurdo, pero es así. Además de ciertos errores de guión (adaptación y sobretodo estructura), verosimilitud, fotografía e iluminación (esto merece un análisis aparte), está presente esa carencia emocional profunda y representativa de un estado más complejo que un simple rictus parco, un par de gritos y escasísimas lágrimas (¡Ey! La gente llora mucho más que eso). Noto cierta premura y obviedad al momento de resolver ese estado emocional del que está cercano a la muerte o más aún, de quien convive con ella. El médico legista interpretado por Manuel Calisto -si Biarritz no se equivocó- es un personaje sugestivo, con mucho más potencial del que se reveló en el filme. Sin embargo, el soporte dado por el resto de personajes y situaciones, lastimosamente, no estuvo a la altura síquica del personaje.




Vïctor Arregui, el director, recibiendo en Biarritz el preimo a Mejor Actor para Manuel Calisto (Foto tomada de el Hoy)





Está demás decir que todas las historias de muerte conectadas estuvieron, cinematográficamente hablando, bastante forzadas. El pretexto recursivo utilizado fue demasiado flojo, quizás se pretendió naturalidad, pero en el hecho de manipular historias a través de las imágenes, ciertamente no puede existir naturalidad alguna. Por ejemplo, que un mismo taxista lleve a una mujer a buscar a su hijo atropellado, luego a un futuro muerto, más tarde presencie él mismo un asesinato y que sea secuestrado para posteriormente desaparecer sin dejar rastro, no convence por ningún lado que se lo mire. Si a eso le agregamos que el amante de esa misma mujer fue asesinado el mismo día por su ex marido, quien poco después caerá al hospital por una intoxicación alcohólica (y quién sabe si ya va muerto en la ambulancia), tenemos un cúmulo de situaciones inverosímiles. Sin contar que, ese mismo marido borracho, se hará amigo porque sí del muchacho recién llegado que a engaños es involucrado en un robo a domicilio, en donde morirá acribillado y obviamente, el taxista será testigo de este hecho y posteriormente secuestrado por el resto de delincuentes. En ese asalto, moriría también la practicante de medicina, quien previamente atendió en el hospital al niñito atropellado. Además, por si fuera poco -menos conectado pero igual de gratuito- el hermano del médico, mientras lo visita, descubrirá a su amante asesinado en una de las mesas de disección, por casualidad…

La familia del médico Arturo Fernández
En fin, ninguno de los personajes de soporte “vivificaron la historia”, más bien, la mataron. Cuando me toque a mí agoniza por falta de fuerza, y no de esa fuerza que de una manera facilista podría confundirse con emocionalidad, intensidad o sensiblería, sino de aquella que hace que se encarne la historia en los personajes. Por eso digo que es una historia sin vida, como una narración representada en su literalidad dejando de lado la explotación sincera de las sensaciones tan ricas que puede producir un tema como la muerte. Hay mucho más que pena y caras largas en el hecho de enfrentarse a la muerte. Y creo que ese es precisamente el reto, encontrar esa sensación genuina (quizás no real) que marque el sentido de la historia y la tonifique.

La muerte es más que presentar a una ciudad gris, laxa y triste. A gente fea y desesperanzada como representantes de esa parte del todo que es Quito. Lastimosamente, cada vez empiezo a convencerme de que esa parte taciturna y descolorida es el todo. Ese todo como compendio de un ánimo colectivo que ya fue presentado en Esas No Son Penas, y hoy lo volvemos a ver en Cuando me Toque a Mí.

Sé que Víctor Arregui decidió hacer la película luego de tener un aproximamiento con la muerte, sin embargo, no es lo mismo acercarse a ella desde la perspectiva del enfermo o el moribundo que desde afuera. Cercano pero ajeno. Y creo que por ahí viene el error, conjetura de por medio, puesto que reconstruir la experiencia de la muerte desde quien la experimenta es sumamente complejo, ya que se puede caer desde en cursilerías hasta en truculencia gratuita. Por ello, la perspectiva del agonizante no es presentada en Cuando me toque a mí. El hielo en la sangre del que fallece no nos es retumbado. Tenemos la única perspectiva del que mira, se duele, se conduele, y por sobretodo del que ha perdido casi toda sensibilidad frente a la vida y a la muerte: el médico forense.



Manuel Calisto, actor principal (foto tomada del Universo)



Ese personaje desencantado, negativamente poético y con el pesimismo como única arma de supervivencia, termina siendo una metáfora mal elaborada de la misma percepción redundante de la muerte, de la que hablé en el primer párrafo. Sin duda, Manuel Calisto es un actor novato con espíritu, estoy segura que logró conseguir lo que el director deseaba transmitir. Lamentablemente, a mi criterio, nos transmite las sensaciones erradas. La muerte termina siendo eso que ya es y su develación no puede sostenerse en un único personaje que a la vez, trata de sustentar otra metafórica noción: la ciudad absurda, carcome anhelos, contenedora de una sociedad incongruente, en donde nuevamente, los conflictos sociales y clasistas saltan a la vista. Y no digo esté mal presentar la obvia realidad de una sociedad de fuertes contrastes sociales; el problema está en los mecanismos y los recursos utilizados. La intensidad del protagonista termina siendo mal utilizada y derramada en vano.

Después de ver el filme nos quedamos como al principio, salvo un poco más tristes y desencantados, con una insistente sensación de justificar lo que no se dijo y tratando de entender lo que se dijo. Quizás esa haya sido la idea… yo no sé.

martes, enero 22, 2008

Como en las azucenas

He despertado de la anestesia con la vida atragantada en la tráquea. He despertado de la anestesia trayendo otras anestesias, otras pequeñas muertes. Me he visto ilesa frente a la ineptitud, he sido responsable de mis propias jeringas, de mis cápsulas y de mis vísceras. He sido testigo enmudecido de errores ajenos, de punciones inútiles. He callado por no ser descubierta en mi infortunio. Por eso he dejado que entre la amoxilina, el ketorolaco y los oxicamos. No he desnudado las verdaderas intenciones de una mano yodada. Un infecto tacto que me recordó el desdén de la naturaleza humana. La poca voluntad. Un instinto prevaleciendo sobre otro. Incontinencia vs. Supervivencia.


He despertado de la anestesia en retrocesión. Un reflujo como el eco de los signos vitales, las caras que no persuaden en su amabilidad y la luz hormigueándome la cara. Me he sostenido de las sábanas como a las ramas de un árbol. Pensando en que lo peor que podría pasar es que el fin de la conciencia sea fulminante y el soplo roto traiga nada. Escondiéndome, despellejada, de las luces de los otros. Y sin embargo, he dejado que saquen pedazos de mí y los tiren a desechos hospitalarios infecciosos. Mis yos regenerándose en los humores de un botadero. Pequeñitas partes de mí que no entran en los algodones como en las azucenas. Himno repetido mil veces, sabiendo que siempre se espera lo peor.


He despertado de la anestesia con rostros afásicos. He mirado ojos huecos, y escuchado risas verdosas. Pura bilis en arcadas redondas, cíclicas encomiendas burlándose de mi suerte. Y luego, se repite en la lengua aletargada la letanía encadenada sin fe. Una resignación apolillada que manda a callar las sospechas. Osteoporosis en el alma.

Que drenen las palabras dentro de los túneles inflamados. Que se extirpen los quistes acuosos que ahogan neologismos. Que se suturen los andrajos de mis tejidos y desaparezca el frío. Que la diaforesis no me devuelva la misma noche una y otra vez…

miércoles, enero 02, 2008

martes, enero 01, 2008

La esperanza tácita

Yo al año lo miro como una plancha de papel que tiene impresos los meses y su perspectiva está en unos treinta y cinco grados, con una orientación más o menos desde el sur-este. No es un calendario, aunque parecería. No lo es porque cada mes es a su vez, es una gaveta rectangular que puede tomar volumen tridimensional cuando regreso a él para encontrar información archivada.
Ayer le doné unos minutos al arte del desciframiento del pensamiento objetivo (no dialécticamente hablando, más bien me refiero a aquella materialización de las nociones concretas pero subjetivas e inmateriales). Hay que poder tocar al año para ordenarlo, por eso hay que convertirlo en objeto. Esa es la función del calendario, más allá de ser un recordatorio. Objetivizar la noción del tiempo es un poco fructífero intento de entender a la humanidad. Intento que con el “paso de los años” se revistió de una nueva funcionalidad, ya que estuvo claro que el progreso del tiempo, existencialmente hablando –y despojándole de toda construcción humana práctica-, no tiene sentido.


Hoy el conteo de los años quiere esconder la cuenta regresiva que lleva implícito el mismo cálculo constante de esa nada que son los años. Porque es ahí cuando el infinito experimenta la propia angustia de no saberse eterno o finito. No sabemos a dónde nos lleva la cuenta más que a la propia muerte. Pero colectivamente es inútil, porque nos daría exactamente igual marcar ciclos con finalidades prácticas (como ya la naturaleza misma se ha encargado) que seguir aumentando años al mundo con una misión algo arrogante, algo portentosa: la ilusión del progreso.


Que no se entienda al ciclo como un estancamiento. Que no se repita la humanidad. Que no se repita la historia. Que no se repita el pensamiento. Que la universalización de la humanidad no sea el fin de la misma. Que el traspaso de barrera y fronteras no se traduzca en una homogenización anuladora de individualidades. Que el Imagine de John Lennon, por Dios, no sea la utopía más tonta que haya existido sobre la tierra. Por favor que no sea así. ¿Imagínense a todos siendo iguales, pensando lo mismo, viviendo lo mismo, mirándose al espejo del prójimo? Está bien que desaparezcan las guerras y toda injusticia que veje la integridad de un ser humano. Pero ese “ser iguales” suena tan peligroso como aquella tesis tan temida del socialismo. ¿Acaso no busca el Capitalismo y sus modelos económicos hijos convertirnos en un ser genérico? Un ser más vulnerable y por lo tanto más manejable por llevar una estructura conocida al revés y al derecho.


Hay que sostener cierta esperanza tácita de todos modos. Como esa de llegar pronto a la adultez, y una vez estando ahí, anhelar una vejez digna… O como esa de creerse uno y único, y no darse cuenta de que se está navegando en el mismo río, el cual, inevitablemente, desembocará en el mismo mar…