Ídolo

Ídolo
Morrissey

viernes, mayo 30, 2008

La Mariposa y la Escafandra






El desfase entre el audio y la imagen. Lo entiendo perfectamente. Siempre supe que había algo hermoso en el aliento final. Entonces la caída libre en el túnel parece menos vertiginosa y las mariposas en el estómago siguen siendo eso. Mariposas. Nunca se llegan a convertir en piedras sepultureras. Jean Dominique Bauby en sus últimos minutos es más bello que nunca. Su liberación será su final.

La escafandra dejará escapar azules, naranjas, verdes. Y el verbo dejará de ser carne, sólo entonces. Pero Jean Dominique permaneció verbo siempre. Fue solo palabra. Sin cuerpo. Fue nadie cegando al cíclope. ¿Se puede reverdecer dentro de un agujero? Sin aire. Sin reflejos. Sin miembros. Sin tronco. Sin lengua. Dejando escapar litros de saliva que serán limpiados por la enfermera de turno.

Locked in. Encerrado en sí mismo. El peor encierro de todos. Jean Dominique únicamente puede mover su ojo izquierdo pero su conciencia está intacta. Un ataque cardiovascular lo dejó eliminado del mundo material. Se convirtió en una ánima engullidora de palabras. Una autofagia de ventana parpadeante.

Esa vida maravillosa, el éxito y la felicidad perentorios de repente alimentando sondas y sueros. El único aliento traqueotómico sin reflejo. Ni la voluntad vegetativa sobrevivió a la impavidez de lo fortuito. Y esta vez, la literalidad más lacerante que nunca: la parálisis de la acción es motriz. Es cuando el estatismo visceral y orgánico se ha destilado en la inacción más pura y etimológica. La impotencia frente a la omnipotencia del designio. La inercia aparente del objeto-cascarón. Vacuo. Inservible. Y la vida afuera. La vida adentro y afuera. Pero no en el medio. Un ánima viviendo en un mundo inanimado cuyo único motor es la memoria y la imaginación.


Es una gran lección de sensibilidad la última película de Julian Schnabel. Producto de una propuesta que va mas allá de lo evidente y partiendo de una premisa forzosamente real, Schnabel muestra una vez más su visión plástica del ser humano y del mundo que le rodea. La belleza pura recreada a través de la ficción y los artilugios del cine -como el manejo de la imagen y el diseño de audio- han sido una constante en la propuesta cinematográfica de este cineasta, que además –casi obvio- es un gran pintor.

Intuyo que la premisa de la que parte Schnabel es el travestimiento real de la muerte. Pasar de aquello funesto y doloroso a un maquillaje naturalista más colorido y encantador. La muerte y el dolor de la agonía, frente a nuestro ojos, no será más aquello que espanta sino una experiencia poética pura y simple. Schnabel le quita el peso al dolor, le quita lo metafísico a la agonía, lo descolorido a la enfermedad, lo angustiosamente desconocido al respiro final. Él transforma todo eso en una experiencia familiar y nos acerca al deceso del personaje como si de agua cristalina se tratase. Pero detrás de tal simpleza aparente, hay todo un tratado estético, conceptual y moral.

A leguas se nota que las intenciones del director de las igualmente bellas Basquiat y Antes que Anochezca eran las de tergiversar la experiencia del ensimismamiento, de la angustiante cárcel corporal, y más que sonar esperanzador o moralizante, hacer un ejercicio de ficción a partir de un cúmulo de sensaciones. Transformar esos únicos dos sentidos inalterados –la vista y el oído- en recursos cinematográficos basados en lo orgánico y lo sensorial. Lo hermoso y platónico que existe en la recreación de la realidad a partir de la aprehensión propia.


Schnabel es un gran retratista y como todo buen retratista, nunca duda en poner algo de sí mismo en aquello que retrata. Porque no sólo capta el espíritu de Beauby sino que lo reinterpreta a su manera y lo redecora –si se puede decir así- ficticiamente, aún logrado su cometido: la mutación. Quizás con ello alude y hace una analogía con el título de la novela escrita por Jean Dominique Bauby durante su estadía en el hospital, postrado, pero con su mente intacta. La Escafandra y la Mariposa no sólo habla de un espíritu reverdeciendo dentro de una coraza inerte, sino del cambio, la transformación. Esa metamorfosis que Schnabel forja al convertir el dolor, la impotencia y la desesperación en su antípoda.

Jean Dominique existió y murió hace una década dejando un documento insólito, la novela del mismo nombre que impacta más que por su contenido, por la manera en la que fue escrita: con un sistema diseñado por una ortofonista en el que debía parpadear mientras alguien deletreaba para poco a poco ir armando una palabra. Para el mundo, Bauby fue sinónimo de éxito, ego y felicidad. Vivía en la cima y, siendo director de la revista ELLE, era casi omnipotente. Hasta que la vida y sus azares hicieran que se engullera a sí mismo. Entonces decidió que aún podía vivir dentro de su escafandra y que su mente sería la mariposa que lo liberaría de su cárcel. Según algunos capítulos que he podido leer de su novela, Bauby mantuvo casi intacto su ánimo y su fortaleza interior, aún postrado y atrapado en sí mismo. Increíble.


Sin embargo, lo que importa de la película de Schnabel no es si captó o no el espíritu original de la novela sino aquello que construyó a partir de una experiencia extrema. Gracias a su agudeza visual y su talento plástico logra hacer desaparecer quizás lo más terrible de la experiencia de la muerte: el miedo metafísico. Pero ese es otro tema. En fin, La Mariposa y la Escafandra, una película altamente recomendable.

jueves, mayo 22, 2008

De documentales e insecticidas

I
Hoy mi cuerpo se inundó de piretrinas y no quiero regresar a mi cama. De repente los silencios son necesarios. Hoy más que nunca. Por mi cama pasa un río… y es que yo no duermo bien de noche… se me ocurren tantas cosas…

II
Los EDOC acabaron y me quedo con grandes documentales paseando por mi cabeza. Por supuesto, el que más morbo histórico me produjo fue Stranded, un filme acerca de la tragedia y los sobrevivientes de aquel célebre accidente aéreo ocurrido en los setentas, con los chicos de un equipo de rugby uruguayo. Sí, aquel en el que tuvieron que practicar antropofagia… -simplemente me recuerda a mi infancia y la atracción truculenta-. En un lenguaje claro y directo, usando elementos dramatizados y con un tino marcado por la familiaridad y el afecto (el director es amigo íntimo de los sobrevivientes) Stranded no se queda en el intimismo y, sin concesiones, toca la llaga, desenreda el relato amarillista y lo convierte en un Thriller bien logrado que mantiene al espectador inmóvil. Pero -de repente- el morbo se vuelve frágil y se libera del nivel anecdótico, sobrepasando el simple shock mediático y retornando a lo que es: una historia extraordinaria humanizada. Y sin embargo, el triunfo del espíritu sobre la carne no puede evitar causar lecciones moralizantes. Y eso no está mal porque se llama esperanza.


Luego está El tigre de papel, documental acerca de un personaje mítico surgido de los hilos olímpicos de los cincuentas, sesentas y setentas colombianos. Pedro Manrique Figueroa. Un artista plástico precursor del collage, militante de izquierda, hippie bohemio, sabio callejero. Un hombre que tenía la capacidad de ubicuidad y que un día -de repente- desapareció sin dejar pista. Excelente narración que hace un buen uso de elementos visuales plásticos y desarrolla un planteamiento estético muy bien logrado, el cual, sin embargo, no engulle la trama. El tigre… es un documental eminentemente argumental que reconstruye polifónicamente la anatomía espiritual de un mito. Uno de esos hombres que se van dibujando del recuerdo de los otros. Un gran documental de retrato.

Por último me referiré a Septiembres, el documental entrañable por antonomasia. Ésta es una realización española que se sucede en una cárcel del país ibérico, en donde cada septiembre se celebra un concurso de canto. Esto es simplemente el pretexto para tender historias personales que no obstante, pese al nivel de intimidad tocado, no llegan a escrutar en demasía. Por este motivo no ponen en evidencia el lado oscuro de la condición humana, si no por el contrario, vivifican ese nuevo altruismo germinado en el cautiverio. El nacimiento de la post-bondad. Y qué más noble que aquello que gira alrededor del amor y la salvación. Este es un filme cuyo tema principal es la redención y la esperanza. El poder redentor del amor. La única escapatoria al hastío de las cuatro paredes. A esa nada trombótica. Irrigación salvadora. Y no se aceptan refutaciones porque esa no es la médula del filme… ese ya sería otro documental.

III
Empieza el ciclo de Leonardo Favio que, para el que no lo sepa, también es cineasta, incluso antes de triunfar en la música. De él sólo sé que hace algo así como el anti-cine. Pura intuición desarrollada en su narrativa cinematográfica. El triunfo de la lógica de la no-razón. Su música también tiene mucho de eso. Habrá que ver algunas de sus películas para dar más detalles al respecto. Es desde ayer en el cine de la Casa de la Cultura, para los que quieran ir. A las siete.

IV
Invasión de pulgas y piretrinas como para matar a una vaca. Vamos a ver como resulta el mapa nocturno de constelaciones en mis piernas…

lunes, mayo 12, 2008

Banda Sonora

Cuanto esperé lo que nunca llegó… que me pregunto en silencio si es que algo faltó... Uno de mis primeros recuerdos es la cara setentera de Camilo Sesto. Un cuerpo magro, esbelto, cubierto de poliéster, semiacostado en algún jardín, cerca de una pileta. Camilo flaco, pelilargo, con una belleza femenina, algo gay. Qué más da. La portada de uno de los discos que mis padres tenían regados en su departamento setentero de San Pedro Claver. Luego supe que muchos de mi generación nacimos por ese sector…

Pantalones de tiro insultante y bastas engullidoras de zapatos. Y qué zapatos. Los ochentas me llegaron rápido y cuando dejaron de tener sabor a setentas, yo ya estaba en la escuela. Camilo ya se maquillaba. O al menos así parecía. Pero la radio aún sostenía sus grandes baladas. Y las sigue aún pasando. Ya nadie canta así. Un registro que llega a las cuatro octavas -en perfecto falsete-. Letras populares, sí, pero inteligentes y muchas de ellas estilizadas, tomando en cuenta su género: la balada popular. Él componía la gran mayoría de sus canciones y escupía el alma al cantarlas. Hay videos en el U tube, por ejemplo una presentación en vivo de Getsemaní, la versión en español del tema del Jesuschrist Super Star, en donde al terminar de cantar está sudando y temblando. Magistral.


Camilo ya lo cantó todo, ya dijo todo lo que del amor tiene que decirse y su carrera pasó por diversas etapas tan marcadas en sus letras, las cuales hacían un paralelo entre la vida, la madurez y el amor. Primero, la ilusión, el desconocimiento y el sabor blando de lo nuevo. Segundo, las primeras complicaciones, el desarrollo de la fe. Tercero, el error del otro, la pérdida de la inocencia. Cuarto, la pérdida de la fe, el error de uno y el arrepentimiento. Quinto, el desencanto, la ansiedad y la avidez por la regeneración. Sexto, la libertad, o el anhelo de ella.

No quisiera poner como séptima etapa el retorno de Camilo a los escenarios porque sería ya un epílogo. Un eco. Pero este post no tiene como objetivo hacer un recuento de la vida artística de Camilo, ni un homenaje a él. Simplemente es autocomplacencia, porque es uno de los soundtracks de mi infancia y, definitivamente, no podía dejar de ir a su concierto de “despedida”. No sé si de la escena o de la vida, porque ha estado muy enfermo. Muchos dicen que por su estilo de vida. Alcohol y cocaína. Infaltable dupla en el mundo del arte. Nunca me dediqué a averiguar nada, por lo tanto no podría afirmar cosa alguna. Bueno, al parecer, después de un trasplante de hígado tiene motor para varios añitos más.

Fue en el Coliseo Rumiñahi, el sábado pasado. Cuando llegamos -fui con dos amigos y una amiga- la mayor parte de la gente ya estaba dentro. En su gran mayoría eran familias y lo que conocemos comúnmente como “señores”. Éramos los únicos de nuestro target, el cual no voy a perder tiempo en explicar porque no sabría cómo. Una vez allí, tratamos de corear todas las canciones tan dramática y amaneradamente como el caso lo ameritaba. Yo pedía inútilmente mis favoritas. Inútilmente porque estaba en general. Todo por nada, todo por nada. Y nada. Nunca cantó esa. Yo traté de justificar esa gran ausencia a que le sería imposible interpretarla. El coro exige demasiado vocalmente, compruébelo aquí y disfrute de su belleza ahora perdida.

Por suerte no pudimos ver a Camilo y sus cincuenta liftings de cerca, aunque las pantallas junto al escenario nos revelaron difusamente la verdad. Fuimos felices un par de horas, sin embargo fue algo triste el comprobar que la voz, la gran voz, ya no era la misma. Quedó reducida, a duras penas, a menos de dos octavas. Todas las canciones fueron interpretadas un tono más abajo y en las notas más altas, el pobre Camilo desviaba la atención haciendo cantar al público la parte que más le costaba cantar. Se despidió y salió una sola vez más. Yo me quedé quejándome de Todo por Nada y la falta de solidaridad del público. Salí sin mi canción.

Esa noche, nunca fue más apropiado cantar ‘la voz desnuda de la vida me cambió todo por nada…’

Les dejo la letra para que se depriman un poco, o se burlen de la balada visceral de los setentas. Como quieran.


Cuanto esperé
lo que nunca llegó,
una caricia
una frase de amor.

Como un regalo
llegaste a mí
y sin abrirlo siquiera
te perdí.


La voz desnuda de la vida
me cambió todo por nada
Se van los días
y en mis noches no hay calor
no tengo nada, nada.


Sólo una lágrima en mis ojos
que te buscan y tu ya no estás.

Todo te entregué
quizás por eso te perdí
y la vida me cambió todo por nada.

Tanto esperé
lo nunca llegó
que me pregunto en silencio
si es que algo faltó.


Fui como un niño
cuando da su amor
que solo espera cariño
nunca un adiós.


La voz desnuda de la vida
me cambió todo por nada
se van los días
y en mis noches no hay calor
no tengo nada.


La voz desnuda de la vida
me cambió todo por nada

miércoles, mayo 07, 2008

Otro

Cuanta pereza me da a veces la gente. Los miro con sus caras de nada, con sus vidas impasibles. Teniendo hijos. Pariendo una y otra vez. Juntándose unos con otros. Pagando cuentas y sonrisas. Siendo. Los miro una y otra vez y quiero participar del simulacro. Pero no puedo, porque no he ido adiestrada en las artes del buen vivir. No sé cómo se vive. No se vivir. Facturas hecho añicos en el cajón del velador. Deudas minúsculas de las que no hablo por temor al ridículo. Un delito idiota rondándome. Evadiendo impuestos igual de insignificantes. La cárcel. El miedo racional. O quizás yo esté mal y 500 dólares sí signifiquen mucho. Para mí sí.

Y cuando recuerdo a esos amigos que están fuera o a destiempo, no me consuelo. Porque no están en nada. Al igual que yo. Entonces nos vamos juntando entre desposeídos y formamos clanes apologéticos que casi convencen en su misión de ser la antítesis de la veracidad. Y aún así se sobreentiende que ser el otro, el antagonista, es una enmienda social erigida sobre la regularidad. La necesaria presencia del otro. Y sin embargo toda esa gente se rompe en cada esquina y ni siquiera lo sabe. Los que me aburren y los que no. Quizás unos más que otros. Pero de lo que si estoy segura es de que nadie se rompe tanto como yo. Y eso es arbitrario y engañoso, pero es.

Ser una eterna reconstrucción de algo más, no es agradable. Siempre se comete errores en la recomposición, a veces para bien, a veces para mal. Hoy no sé por ejemplo, si el dedo meñique izquierdo, en realidad pertenecía a mi mano derecha. Pero nadie lo ha notado hasta ahora porque todos están preocupados en poner cada cosa en su lugar. Nadie tiene tiempo para reparar en los pequeños errores de autenticidad. Te das cuenta de que existe la artificialidad cuando el artificio pasa por la conciencia. Mientras se es irresponsable, se es genuino.

Por eso tengo pereza ajena. Porque no encuentro más que cáscaras de huevo pretendiendo ser abono. Siguen reproduciéndose como huevos estériles. Y nadie sabe cómo lo hacen. Porque no hay plata. No hay comida. No hay sitio. No hay más calles. Habrá que hacer puentes elevados y engañar a Dios para que no nos castigue por nuestro atrevimiento. Pero aún la gente sigue juntándose y entonces aumenta el parque automotor. El sector inmobiliario reverdece. Y la ciudad se convierte en un fortín de torres ojivales. Gris y oscuro asfalto que dejó de atrapar rayos de sol.

lunes, mayo 05, 2008

Regresando a la llacta

He retornado de mis vacaciones en Perú. Muchas sorpresas. En vista de los últimos acontecimientos, creo que no tengo nada políticamente correcto que decir. Hoy más que nunca me he dado cuenta de que me aburren inconmensurablemente Quito y su tibia cultura andino-mestiza.

Llegar a Perú fue como ver bien trazado aquello que siempre estuvo borroso. No diré más. Hay cosas que valen la pena aceptar, como que Huáscar no fue el malo de la película ni Atahualpa el hijo favorito de Huayna Cápac… pequeñas ingenuidades que hacen más tragable a la nimiedad. ¡Ah, la insignificancia!

Ser insignificante no es malo. Es aburrido. Pero ventajoso, si se le quiere sacar partido en ciertas circunstancias. Un viaje, por ejemplo. Es entonces cuando las posibilidades de diversión se vuelven casi infinitas. Porque de repente te encuentras con algo más que la plaza central en un domingo después de misa.

Ahora leo un artículo de Jorge Izquierdo en la revista virtual Hermano Cerdo y me ha causado gracia la sentencia de William Burroughs, en la cual se refiere a nuestro pequeño y hermoso país: “Que Perú se apodere de él y lo civilice”. Mejor recomiendo que lean el artículo completo y saquen sus propias conclusiones.

Sin embargo, no puedo evitar la sensación de sentirme viviendo “en el lugar de paso”. Seremos los eternos viandantes, entonces. Es la primera vez que tengo esta sensación de “no estar en nada”, porque aunque conozco algunos países de Latinoamérica y otros cuantos de Europa, nunca experimenté sensación similar. ¿Su origen? Los ecos de haber pertenecido a un imperio que nos dio de largo, y el pensar erróneamente que somos culturas similares. Nada más fuera de foco que eso.

En Perú se notan los cimientos. Esos que nos faltan. Nuestros trazos son tímidos y dudosos. Nos sabemos quiénes somos y es debido a algo más que la herencia indígena. Nunca más saltó tanto a la vista la ecuación tamaño/idiosincracia. Somos un pueblo cabizbajo y ambiguo, se nota la diferencia. No quiero con esto declarar una verdad, posiblemente me equivoque desde mi visión de “turista”. Pero de lo que sí estoy segura es de nuestra inminente parsimonia. Ok, ya lo sabíamos, en fin, esto fue simplemente una comprobación de lo evidente…

martes, abril 15, 2008

¿Premio fantasma?



Hoy por fin tuve la revista en mis manos. Luego de algunas llamadas de felicitación, mensajitos alentadores y olvido voluntario, leí mi nombre junto al sellito que delataba mi posición. Todo felicidad, todo alegría, todo duda… No sé cuántos meses han pasado desde la llamada aquella que recibí en donde me comunicaban oficialmente el fallo a mi favor. Ok, gracias, chévere. Pero yo sigo esperando la plata. La que ya debería ser mi plata.

Gané el primer lugar en un concurso de minicuento del que acabo de enterarme su nombre. “Humberto Salvador”, en honor al escritor guayaquileño. Dicen que gané, según cito el texto publicado en la revista La Casa de la CCE, “por la novedosa temática planteada, la acertada caracterización sicológica del personaje, la opresiva atmósfera generada y la economía en el uso del idioma”.

En realidad no economicé nada, pues cuando lo escribí jamás pensé en poner a dieta mis palabras. Lo que sí hice fue una pequeña edición del original para que calce en los caracteres que solicitaba la convocatoria. Entonces, sí economicé, recortando el presupuesto verbal. Pero fue mínimo. De lo demás no quisiera acotar nada por el simple hecho de que suena bonito…



En fin, el cuento con el que ‘gané’ lo publiqué alguna vez en este blog. Estultolitos. El jurado estuvo conformado por Javier Vásconez, Jorge Velasco Mackenzie y Jorge Dávila Vázquez, todos escritores ecuatorianos de amplia trayectoria. Todo suena muy halagador, pero me pregunto, -aún entendiendo las limitaciones de los procesos burocráticos- ¿Por qué organizan un concurso si luego no van a poder responder? Y a los organizadores me refiero a quienes editan la revista La Casa.

Así que finalmente aún no he ganado nada, porque ni la nada despreciable cantidad de dinero, ni el lote de libros, ni el diploma ofrecido me han sido entregados aún. No queda más que seguir esperando, porque en vista de esta falta de liquidez, la húmeda idea de la rifa fantasma ha perdido vigencia, mientras las deudas se están bebiendo un café en mi honor...

martes, abril 01, 2008

El efecto rebote

Pilar pilastra viga. Junto a una miseria siempre habrá otra. De ser cierta esta afirmación estaríamos conviviendo entre elásticos. Enredados en ellos. Porque el espíritu de la miseria es maleable y dúctil. Que es lo mismo. Sintiéndonos de cierta manera libres en nuestros movimientos, pero sin reparar en que estamos atrapados en esa docilidad de la tristeza…

Siempre hay un arrullo entre las cortinas. Cuando son cuerpos opacos no refractarios, ni siquiera la mínima refulgencia de una gota frente a la luz artificial de un foco de 20 watts impide que el sonsonete del llanto se convierta en un himno monotonal. A veces una octava de más. A veces perfecto. Hay una estructura escondida en la aridez nostálgica. Un sistema de riego que gira en círculos y no entiende de redundancias estériles. Nada se siembra, nada se cosecha. Pero no importa. Así es la tristeza, embaucadora y mimética.

Si la tristeza es un desierto barroco, la miseria es una iglesia vacía. Como ya lo decía Víctor Hugo, existen dos tipos de miseria: la del pobre y la del descorazonado. Conclusión más vana: miseria es tener poco o nada de algo. Nuevamente la ausencia funda la estrechez. Porque la carencia lo único que puede hacer instintivamente es anular. Sellar. Así, la miseria para existir, toma prestada la partitura a la tristeza. Se desborda en ella, y se hace parte de la cantiga. Una romanza pentatónica, entre arias de un laúd y una dulzaina. Es solo un símil sinestésico. Porque la miseria no puede ser más que una monofonía.

Finalmente esos ecos que se pretenden sinfonía son tan solo rebotes del sonido y sus ondas vibratorias. El tono es el mismo. No hay armonías en la miseria. La tristeza, por el contrario, canta en una escala descendente. Sus disonancias son choques de júbilo. Por eso hay momentos de plenitud en los que se prueba la resistencia del elástico. ¿Hasta qué punto se puede moldear sin romper? La adaptabilidad es patrimonio del desconsuelo.

Hay que reescribir la canción…

viernes, marzo 28, 2008

Los muertos



Una vez que se apagaban las luces llegaban los muertos. Ellos podían rastrearme en la oscuridad y yo les temía. Se alimentaban de mi miedo. Me espiaban desde la ventana y yo solo rogaba por dormirme de contado.

Los muertos no salían del cementerio sino del sótano. Mi casa estaba levantada sobre viejos entierros. No sé si lo inventé, pero cuando la construyeron, sacaron cráneos y húmeros. Yo los vi, no importa si era un sueño. Yo los vi, mi padre lo dijo.

Mi perra lloraba y siempre estaba triste. La abrazaba cuando estaba triste yo también. Le bañaban en agua helada cada año creo, era muy sucia y nadie se preocupaba por ella. También veía a los muertos y aullaba cuando llegaban. A veces ellos tenían sed, yo podía escuchar como abrían la llave de agua. Otras veces querían oir la radio y naturalmente la prendían.

Cuando querían notarse, los muertos hacían sonar sus pasos. La madera de las gradas crujía mientras ellos iban aproximándose a mi habitación. Era la primera, junto a las escaleras. Yo me sostenía de las sábanas y contenía la respiración. Así, no notarían mi presencia tratando de ocultar mis signos vitales. Desde ese momento empecé a intentar verme en el otro lado. Las manos pálidas formando una equis sobre mi pecho.

Yo también estaba muerta a veces, viviendo como en un sueño expirado. El último aliento de un difunto. Había un yo cadáver que soñaba todo eso que estaba pasando. Por eso al despertarme, los muertos ya no estaban. Se habían replegado en sí mismos, en sus propias ensoñaciones, desaparecían al volverse ininteligibles. La incoherencia de la vida, ese fuera de todo sentido era su final. Los calcinaba la verdad de la cotidianidad.

No había viaje posible porque simplemente los muertos no se habían ido a ninguna parte. El cementerio era una verdad. Pero nadie salía a hacer fiesta como en la canción de Mecano. Yo escuchaba la letra y sabía que era una comedia gore a lo George Romero. Mis muertos ni siquiera pensaban en el instante carnal. Se movían a ninguna parte, subían y bajaban gradas, prendían y apagaban luces, y a veces se dejaban ver. De reojo.

Mis muertos no buscaban un cuerpo ni querían espantarme, pero su tristeza me salpicaba. A ellos tan solo les dolía un algo que ni siquiera sabían que era. Una conciencia expirada no puede tener respuestas. Ni preguntas.

Había una autenticidad en sus movimientos. Una insólita fidelidad en su vagar. No había pretensiones de nada. Sólo eran por los pasillos. Estaban. Abrían y cerraban puertas, prendían y apagaban la tele. Y a veces hablaban. Oraciones perfectamente estructuradas que buscaban decir nada. Ecos lingüísticos nada más. Sin ningún fin.

Los muertos ya se fueron. No sé cuando pasó, lo sospecho. Todavía contengo la respiración…

viernes, marzo 07, 2008

Concretándose entre balas





Desde hace días vengo pensando en que debería ceñirme a la coyuntura y escribir algo sobre el conflicto fronterizo. Yo detesto usar corsés ideológicos por lo que me es difícil tener una postura clara. Debería entregarme de una vez al facilismo y unirme a la opinión pública, que en definitiva ser resume en una postura geográfico-política. Vamos a defender casi por lógica de supervivencia, la tierra donde nacimos. Pero no es suficiente. Porque la patria es un abstracto y el patriotismo es una noción creada, no es un sentimiento. Es una idea. Y las ideas son variables, contrario a lo que creeríamos, la razón es peregrina.

No voy a resumir un altercado diplomático que muchos ya conocerán de memoria. Yo quiero hablar de la fragilidad del entendimiento. Y lo vulnerables que somos ante verdades construidas. No tenemos maneras de luchar contra ello porque la fuente directa ya no existe. Unas computadoras en medio de una hojarasca falseta, unos guerrilleros haciendo “campamento” con chanchitos y gallinas, tres presidentes tirándose la pelota, verdades y mentiras, acusaciones y revelaciones de un lado y otro. Por favor, las cartas están claras. Nunca nadie dice toda la verdad. Es el reino de la conveniencia. Es difícil ser objetivos frente a tanta subjetividad, simplemente creo que se trata de apelar a la moral individual y colectiva. La noción de soberanía es tan abstracta que una línea imaginaria no es suficiente para materializarla. La tierra que pisamos es una sola, sin embargo, la estructura social nos condiciona. Se trata de ser alguien dentro de algo. Es una cuestión de identidades. Hay que tomar partido, sino inmediatamente nos convertimos en parias.

Lo más fácil y digno es acusar al Gobierno colombiano y a los gringos. Razones no faltan. No es nuestro conflicto, no tenemos por qué inmiscuirnos, no TIENEN por qué hacerlo. ¿Error nuestro no mandar tropas a la frontera para protegerla? No. Eso significaría entrar en conflicto directo con las FARC, y recordemos, esta no es nuestra guerra. ¿Debemos apelar a la unión latinoamericana y ayudar en la lucha contra la narco guerrilla? Esa no es la manera. Colombia nos está traspasando el muerto. Tiene a las FARC arrinconadas en la frontera con Ecuador y solo protegen ‘hacia arriba’, los centros urbanos y el resto de territorio que les interesa. De ahí que se maten en la selva. Me pregunto yo. ¿Por qué no son capaces de sostener su conflicto dentro de sus linderos? Colombia está en la obligación de proteger sus fronteras también, para evitar la fuga a países vecinos. Y eso nadie lo dice.



Por otro lado, se empiezan a revelar trapos sucios. Correa sí estaba participando en las negociaciones del canje humanitario junto con Chávez y al parecer Uribe lo sabía. Sin embargo, luego de la encendida rueda de prensa en Venezuela, al parecer las aguas empiezan a amansarse. No me creo esos teatros. Apretones de mano, sonrisas impostadas y promesas de fin a la crisis, después, claro, de graves acusaciones de lado y lado en la Cumbre de Río. Las famosas cartas que están a disposición en la red, sin duda son documentos que contienen información valiosa sobre las FARC. Las he leído y la verdad mi única explicación es que estas cartas se conocían desde hacia tiempo atrás, pero por motivos de seguridad y otros chanchullos no fueron reveladas. Recién ahora se las saca como “maravillosas” cartas debajo de la manga. Es increíble la desfachatez. No molesta tanto incluso que se haya violado nuestra soberanía, como reconoció la OEA, sino que nos quieran ver la cara de…

En fin, Correa pidió a Uribe que las cartas le sean entregadas. Ultra redundancia. Ahora hace falta hallar la mágica manera de descubrir su falsedad o su autenticidad. Hasta mayor aviso, creo que el problema principal es el jugar con los sentimientos de la gente a través de crear xenofobias innecesarias, con artimañas que no conducen a nada. La solemnidad y la seriedad con la que se ha tratado el conflicto diplomático han salpicado inevitablemente a los ciudadanos de ambos países quienes hemos tenido que tomar partido obligadamente para defender lo que consideramos ¿nuestro?

Es simplemente sacar partido de la necesidad de concretar esa abstracción que significa la palabra Patria…

jueves, febrero 28, 2008

Actualizaciones y recomendaciones


Por no escribir cinco posts de una vez y aburrirles -de paso aburriéndome yo misma- he decidido hacer el tristemente célebre compendio de hechos acaecidos últimamente. De los cuales, en la mayoría he sido partícipe inactiva. Tengo algunas opiniones, apreciaciones, recomendaciones y quejas. Sin embargo, siendo que la principal queja –generalizada- de estos días vendría a ser el frío y nuestra incapacidad de vestirnos de acuerdo al clima, creo definitivamente que algo grave está pasando. ¿Acaso la discusión de nuestras miserias personales y colectivas puede reducirse a un factor metereológico? ¡Cómo puede ser posible! Y aún peor, que no nos haya invadido la tan temida tristeza escandinava es inaceptable siendo andinos melancólicos y lánguidos. Ningún conocido se ha suicidado últimamente. No hay muertos frescos, ni grandes casos de asesinatos premeditados (este vendría a ser un esquizofrénico medidor de grietas sociales). En fin, hay muertos y desaparecidos -tragedia lo que quieran- a causa de las inundaciones y deslaves. Pero a nadie le importa. A NADIE LE IMPORTA. Nunca pega tanto a nivel sicológico una mediana tragedia ocasionada por las fuerzas impunes de la naturaleza como un buen psicópata suelto. Ojo, no hablo de huracanes Katrina ni nada por el estilo. El morbo de sangre no es el mismo en un asesinato que en un derrumbe a causa de las lluvias. Finalmente aceptamos la omnipotencia de la creación y terminamos inconscientemente identificando aquellas muertes como naturales. Pero hasta cierto punto… porque incluso las grandes tragedias nos recuerdan la injustica social, y el discurso siempre termina degenerándose en proclama política.

En fin, deberíamos alegrarnos por estar tan alegres en medio de tanta agua. Porque perentoriamente siempre termina saliendo el sol en este Quito necio. Como hoy. Y la gran pregunta es: ¿Cómo me vestiré hoy? El clima, sin duda, nos obliga a la superficialidad de la apariencia aunque no queramos.
Bueno. A continuación lo que continúa.

Indie en Quito.
Hace diez años probablemente habrían sido el gran éxito de vanguardia. Hoy son un casi vintage necesario y refrescante. Hablo de una nueva banda en la escena rock quiteña. Motozen. Un grupo que tras un año de ensayos dio su primer concierto el sábado pasado en el Patio de Comedias. Su estilo es tan puro -si es que podemos llamar “puro” al Indie- que reconocemos al instante las influencias. Sería injusto decir que suena idéntico a tal o cual grupo, ya que en el universo indie y alternative rock, hay muchas bandas que suenan bastante similar entre sí.







Sin embargo, sabemos que entre sus influencias se encuentran Gang of Four, David Bowie, Joy Division, New Order, The Smiths, The Cure, A-Ha, Radiohead, Jeff Buckley, Kings of Convenience, Arcade Fire, y Hot Hot Heat. (No obstante, algunas de estas influencias no se notan o no están muy claras. Por ejemplo, no hay mucho de new wave en su sonido, solo logré identificar una canción cuya batería tenía algo de este estilo)

Mi primera impresión: Una banda con fuerza y precisión. Un guitarrista que se destaca y que le da el toque “brit”. En general el trío base funciona. Una batería bien entendida, un bajo que por momentos nos recordó, para bien, al excelente estilo de The Cure. Por otro lado, el vocalista, desarrolla un estilo básico, con una voz bien definida con un plus: no desafina. Un “trade mark” del brit pop, que a mi opinión podría mejorar con trabajo y sobre todo adquiriendo un poco más de seguridad que haga brillar su propio estilo.

En general puedo decir que me alegra que la escena musical en la ciudad se abra a nuevas opciones. En un espacio que prácticamente estuvo dominado por la fusión de estilos más “alternativos y under”, en donde reinaba cierto exclusivismo pueblerino, lo que está pasando en este momento, con nuevas bandas que deciden tomar el riesgo, es una bendición. Lo melódico y lo considerado “soft” estuvo fuera durante mucho tiempo. Se trataba de ser rebeldes o algo así. Casi como en la época en la que la palabra pop era sinónimo de mala música. Grandes errores. Gran desconocimiento. En fin, es bueno que las cosas estén cambiando.

Retomando a Motozen, su primer concierto estuvo plagado de buena onda y energía, hubo ciertos desaciertos sobretodo en el audio, y un pendiente que nunca entendimos: la segunda guitarra –tocada por el vocalista- ¿debía o no sonar? Esa es la pregunta. Lo digo porque no se escuchaba nada de ella, y según caímos en cuenta, parece que esa era la idea…


La Extraviada nuevamente se encontró en Quito

Gracias al oficio que uno lleva impreso en la frente, pude acudir nuevamente a ver una de mis óperas favoritas “la Traviata” de Verdi. El año pasado escribí un texto sobre esta obra así que no entraré en detalles mayores de la trama. La Traviata que presentó el Sucre fue una coproducción con la Embajada de Corea, por lo que los solistas fueron de esta nacionalidad. El nivel de estos intérpretes líricos se destacó considerablemente por sobre los cantantes líricos nacionales, lastimosamente. Ellos forman parte de la Compañía Lírica Nacional, organización que apoyo y aplaudo porque creo que hace falta crear escuela de ópera en nuestro país, sin entrar en mayores discusiones snobistas. Simplemente hay que aceptar que el bajo nivel de nuestros intérpretes se debe a la escasa experiencia. Cosa que espero que se supere próximamente y que se pueda resolver, a la vez, los problemas internos de la Fundación Teatro Sucre. Sería una pena que una entidad cultural yerre en su misión. Siendo sinceros, no hay cualidad moral exclusiva de tal o cual actividad. Me explico, uno puede corromperse hasta en el cielo, si hay dinero de por medio…






En fin, volviendo a la obra, esta Traviata es un esfuerzo importante. La parte dancística, orquestal y coral, a cargo de la Compañía Nacional de Danza, la Orquesta Sinfónica de Loja, la Banda Sinfónica Metropolitana, y el Coro Mixto Ciudad de Quito, respectivamente, lograron acoplarse bien. Su nivel fue bastante aceptable, cabe destacar la dirección musical de Jo Hiun Kim (¿what the hell?), sí, sé que no dice mucho, pero tenía que nombrarlo. Los coreanos brillaron, opacando literalmente al componente nacional. Triste. Pero esto nos deja reflexiones positivas: hay que batallar más, y trabajar constante y disciplinadamente.






Por otro lado, una calamidad de último momento (paro en Colombia) impidió que el lunes pasado, día del estreno, se presentara la obra con la escenografía planificada (de la Fundación Camarín del Carmen de Colimbia), lo cual le restó fuerza escénica, pero aún se logró sacar adelante con una escenografía tal vez improvisada que se vio algo pobre, pero que sin embargo no delató su verdadero origen.

La cambiadora de Páginas












Esta es una película que recomiendo. Hay que verla. Por eso no voy a hablar nada sobre su trama, porque yo odio que lo hagan cuando quiero ver una película y busco alguna orientación.

La Cambiadora de Páginas es una película muy francesa. Se nota a leguas ser una gran continuadora del cine de Chabrol. De una sutileza profunda, con esa laxitud característica de cierto cine europeo (sobre todo nórdico), pero que no descuida la fuerza dramática con un excelente desarrollo, composición y caracterización de los personajes. Este es un filme de personaje, sin duda. Es definitiva su misión conductivista: llega a donde tiene que llegar y nos lleva a donde nos tiene que llevar. Esto podría llegar a confundirse con enmascaramiento y manipulación, pero ¡vamos! ¿Cuándo el cine no ha sido manipulador? Hay que dejarse llevar de cuando en cuando.

La tensión dramática podría ubicarla dentro del Thriller sicológico, pero creo que el marcado estilo galo, la hace llegar a otra parte. El momento decisivo en la historia nos marca un ritmo que nunca desfallece, cierta tensión conocida que no por ello deja de ser expectante. Sabemos lo que va a pasar y conocemos el desenlace previamente. Pero no sabemos cómo se expresará ese sentimiento fielmente retratado en el clima de la película. Este es un cine de atmósferas, ese microclima dramático arbitrario (como el cine mismo), inunda todo el entendimiento y sumerge al espectador en una laguna gélida y algo perversa. Pero de esa perversión solapada y hermosa. Como el personaje interpretado por Débora François.


La aparente simpleza con la que es desarrollado el guión hace que su aplicación sea precisa y hasta perfecta. Sin embargo, sin una buena actuación era imposible lograrlo. Las actrices Catherine Frot y Deborah François definitivamente se lucen en sus papeles protagónicos. El director, Denis Dercourt, permite que una trama aparentemente simple (casi un cliché psicológico), se transforme en una refinada interpretación de las motivaciones humanas básicas.

Esta es una película refinada, sí, elegante, sí, ambientada en el espacio burgués, por lo que se le podría reprochar cierto aire forzado en este aspecto. La escenografía es exquisita, y el vestuario también. No pude dejar de reparar en los hermosos abrigos que utilizan los personajes. En estos fríos, como no pensar en eso…

miércoles, febrero 20, 2008

Nombre tres virtudes y tres defectos suyos

Tengo un amigo que se sentía idiota cada vez que tenía una entrevista de trabajo. “Mejor dígame usted qué es lo que quiere saber y yo le contesto”. Ante la insistencia de preguntas sin respuesta como “defínase en tres palabras”, “cuáles considera sus mayores defectos”, o “por qué deberíamos contratarlo”, él prefería retirarse de la entrevista asegurando que todo lo que les debería importar se hallaba en su extenso currículum. Punto.

A mí me producía chiste y angustia esta situación porque soy mala mentirosa y de seguro soltaría innombrables defectos cuando me preguntaran aquello. Y ya me pasó. Y ya mentí. Y ya me sentí ridícula siguiéndoles el juego a los sicólogos industriales con sus técnicas absurdas de selección de personal. Es obvio que la gente va a mentir por conseguir un puesto, no entiendo el para qué de la farsa. Mejor dicho sí entiendo –descubrir la verdad a través de técnicas misteriosas- pero me niego a aceptar que la dinámica de las relaciones humanas sea tan decadente.






Tres candidatos en una entrevista de selección




Y cuando hablo de decadencia, no hablo sólo de valores distorsionados, me refiero a la pérdida de la sensibilidad. A la deshumanización del trato cotidiano. A esa estandarización perversa que resume al ser humano en unos cuantos arquetipos, a los cuales, a su vez, hay que recortar cualquier matiz que intente salirse del margen. Y quién diría que a eso le llaman cultura empresarial. Porque ahora la cultura se hace desde el escritorio de trabajo y se aprende a vivir desde allí. Usted debe entender que no existe más allá de su puesto laboral, que no ES más que dentro de SU empresa.

Estos “nuevos conceptos” de administración de personal no son nada ingeniosos, déjenme decirlo. Están basados sobre la simple explotación de una necesidad básica: el ser alguien. El sostenerse de algo para salir a flote en el inmenso océano que es la vida. Siempre igual, siempre lo mismo. Y qué mejor que el trabajo para hacer del pretexto de vida, la vida misma. Increíble. Y todos caen tarde o temprano. En fin…

Qué nos salvará sino el humor. La sátira nunca estará demás y donde exista, se constituirá en una pequeñita filtración por donde escapará la inconsciencia y la conformidad. Una sátira bien lograda, llega a ser casi una mímesis de la realidad, salvo por la sutileza del formato, y la entera y entendida propuesta de la ficción.

“El Método Gronholm” es una bien lograda sátira que pone en evidencia el absurdo del mundo laboral occidental y sus maneras capitalistas. Escrita originalmente en catalán por el dramaturgo español Jordi Galderán, fue adaptada al castellano ya que su universalidad traspasó lo local. Así, fue presentada en España y en algunos países de Latinoamérica con gran éxito. Ahora es la obra en cartelera del Teatro del CCI en Quito, y su puesta en escena demuestra que aún en “nuestro país” se puede hacer teatro de calidad y a la vez comercial.

Cabe mencionar también que se puede hacer un teatro para todo público, directo, inteligente y despejado, dentro de una escena teatral “elitista”, en donde todo lo que no suene a reflexión trasnochada intelectual, fantasía surreal, absurdo -burlesco o no-, es despreciado por simplón y vulgar. Me pregunto ¿Despreciado por quién? ¿Por el público? No lo creo. Despreciado por los propios gestores quienes, a mi criterio, están maleducando al público quiteño al ofrecer una sola alternativa (disfrazada de varios estilos) con un teatro más performático que dramático, más literario que dramatúrgico. Ese “teatro de gasa” -como lo he bautizado- que no deja de ser interesante y de tener buenas propuestas, pero que cansa por repetitivo y confuso. Los monólogos están a la orden del día y la pobreza de ciertas escenografías no nos recuerda la falta de presupuesto sino una falta de ingenio. Que no se confunda el minimalismo con el facilismo, por favor.

Flyer arrugado del Método de Grönholm

Es cierto que hay obras respetables de dramaturgos contemporáneos ecuatorianos –mi análisis se refiere al teatro de las dos últimas décadas- y que se han hecho meritorios esfuerzos por adaptar a grandes como Becket, Brecht y Darío Fo, entre otros; sin embargo, aún sigue sonando a teatro para unos pocos, por lo que el gran público se siente escasamente atraído, lo cual encarece la propuesta y hace que incluso los interesados nos lo pensemos más de una vez. Yo dejé de ir al teatro por caro y aburrido. Así de crudo.

Sin embargo, basta de negatividades. El método Grönholm podría ser criticada por repetir fórmulas exitosas, lo cual le convertiría no en una obra de arte sino en mercancía. No obstante, creo que una buena propuesta necesariamente pasa por la aprobación del público y a su éxito no puede acusársele vacuidad o comercialidad.

La trama es sencilla aparentemente: cuatro ejecutivos pre escogidos para aspirar a un puesto de alto rango en una multinacional se ven confrontados en una sala de sesión a través de una prueba de selección descabellada, la misma que obedece a un método internacional: el Grönholm. Sin embargo, hay un infiltrado de la empresa entre los cuatro, quien será el encargado de evaluarlos. Los candidatos deberán adivinar cuál de ellos es el farsante, y así empieza a hilvanarse una historia ágil e hilarante que no descuida el drama, poniendo sobre el tapete reflexiones más profundas que la simple mecánica laboral.

El desarrollo de esta obra de teatro es perspicaz y tiene giros dramáticos inesperados, lo cual la convierte en una dramaturgia que explora a través de la superficie del trato cotidiano, las fibras profundas de ese ser humano post moderno atrapado en un mundo globalizado, en donde prima lo material. El objeto antes del sujeto. Un mundo que ya no acepta subjetividades y que dentro de un casi esquizofrénico entorno arrebata lo último de humano que nos va quedando, para convertirnos en piezas, cifras y componentes de algo más grande que ni siquiera sabemos con exactitud qué es.

Por eso, El método… es altamente recomendable, me atrevería a decir que es un teatro de calidad y por ese lado respeta al público, lo cual es vital. La adaptación en realidad no debe haber resultado complicada por la universalidad del conflicto y los arquetipos de los personajes. José Vacas, a cargo de la dirección, ha hecho un trabajo justo. Esto, entre otras cosas, se refleja en el desempeño actoral, el cual funciona a la perfección salvo algunos pequeños desaciertos.

No quiero sonar demagógica, así que a continuación voy a nombrar algunos de los desaciertos:
El traje escogido (o mejor dicho, la combinación de trajes) para el personaje interpretado por Álex Cisneros, es demasiado llamativo y paródico. Por supuesto que se sobreentiende que cada personaje interpreta a un estereotipo, sin embargo, hay una redundancia interpretativa entre lo dramático y lo estético. Habría sido mejor limitarse al bienaventurado gris que se exhibía en los afiches promocionales de la misma obra en España, Argentina y Colombia.






La obra en Colombia




Por la misma línea iría la peluca de Cristina Rodas, la cual en su papel de ejecutiva moderna habría podido lucir tranquilamente su propio cabello. Estos dos factores le restan naturalidad escenográfica y permiten –quizás de adrede- que se rasgue un poco el límite del realismo entendido dentro de la ficción.





La versión española



Los problemas de dicción, olvidos minúsculos de sus líneas (de todos) y falta de proyección de la voz (caso específico: Manuel Calisto) que si bien son pocos, cuando suceden, hacen perder ritmo a la obra.

Por último, aunque menor desacierto, una mínima falta de precisión del contexto espacial y de los movimientos actorales, que en ciertos momentos acumulaban posiciones y posturas, los cuales terminaban convirtiéndose en cargamontones visuales (incluso espaldas accidentales logramos ver).

Pero aún así, la obra sale bien librada y por momentos, las actuaciones son sorprendentes. Sorprende la capacidad -por ejemplo- de actores algo novatos como Manuel Calisto y Álex Cisneros, quienes en sus papeles del cínico capaz de pisar a cualquiera y pisarse a sí mismo con tal de alcanzar el éxito, y el yuppie joven ejecutivo exitoso, algo petulante, generan una dinámica concisa, ágil y convincente.

Los más experimentados, Joseín Morán y Cristina Rodas, brillan menos en escena pero su calidad actoral no cede. Ellos han tenido a su cargo, a mi criterio, la interpretación de los personajes más difíciles: un hombre de negocios exitoso y positivo, que sin embargo no deja de ser el tipo promedio, por lo que esa clase de personalidades sin mayores matices terminan siendo más complicadas de interpretar. A su vez, Rodas encarna a una ejecutiva de apariencia segura que se bate entre su condición y su forzado intento de no parecer lo que evidentemente es: una mujer.









Digamos que los personajes arquetípicos con fuertes rasgos de personalidad y predecible performance son más “fáciles” de interpretar, no obstante hace falta talento para lograrlo sin caer en exageraciones o inverosimilitud. Por eso, el crescendo interpretativo de Calisto dentro de la narrativa dramática es logrado magníficamente, y éste termina siendo el centro de todo. Un aplauso para este actor que ya nos dio grata sorpresa en “Cuando me toque a mí” y ahora lo logra en “El Método Grönholm”. Las actuaciones para cine y teatro son muy distintas, y Calisto ha demostrado manejarse cabalmente en ambas, aunque aún faltaría poner a prueba su talento en otro tipo de papeles, ya que al parecer, el personaje del cínico lo maneja a la perfección. Si no me cree, lea la siguiente entrevista tomada de Diario La Hora. Es bastante graciosa, por cierto.



Usted no estudió teatro ¿cómo le hace?
No sé, me sale no más.
¿Alguna vez le ha tocado estar desempleado?
Casi toda mi vida...
¿El desempleo vende?
¿Vende qué?
Van a hacer una obra que ha tenido éxito de taquilla en otras partes del mundo.
La obra no es sobre el desempleo, es sobre un sistema de selección que no es habitual...
¿Cómo se define: inseguro, triunfador, agresivo, crítico o indeciso?
No sé, ninguna de esas, nunca lo he pensado.
¿Cuáles son los motivos por los cuales a usted nunca lo deberían despedir?
Tal vez sí me deberían despedir... no sé, a mí estas preguntas muy rebuscadas, como que no les entiendo mucho, capaz que no le diría nada ni a mi jefe ni a usted, no respondo muy rebuscadamente ni me pongo a pensar cosas muy profundas.
¿Qué piensa cuando va por la calle y ve a los desempleados de la 24 de Mayo?
Esta obra justamente trata de eso, porque a las personas se las denigra cuando están buscando (empleo), sea en la 24 de Mayo o en una Multinacional, ese es justamente el tema de la obra. Uno como que va para que le examinen como insecto y que le digan usted sirve o no.
¿Usted es intolerante?
Cuando nos sacan de casillas todos somos intolerantes.
¿Y cómo hace para en una obra tener un carácter y en otra ser alguien distinto?
Como cuando era chiquito: un día jugábamos a ser doctores, otro día a ser vaqueros, otro a ser soldados y era divertido, así.
¿Para qué le sirve la fama?
Cuál fama, no soy famoso, lo que ha pasado es un proceso normal que tiene toda película, obra de teatro o un premio.
¿Y ya le han pedido autógrafos en la calle?
Pero poquito
¿Y qué pone?
¡Qué sé yo!, ‘hola soy yo’.

lunes, febrero 11, 2008

Trascendiendo

Aún creo que mi ombligo tiene esperanza con esta cicatriz. Segunda placenta, segundo alumbramiento artificial. Ayudas a la naturaleza, como si esta no tuviera suficiente con ser lo que es. Después de observarlo detenidamente me molesta su modificación, como unas siliconas mal puestas.

Pero el paraíso artificial aún nos voltea las miradas y cada vez más. Se trata de ser hermoso a toda costa y definitivamente se convierte una paradoja entre la seducción de la superficialidad y el porqué sí de lo bello, versus la misión casi altruista de hallar la belleza en todo para no cegar el alma.

Hay una felicidad innegable en el hecho de la belleza, y una desazón profunda en su ausencia. De ahí el maquillaje, la regeneración, la reconstrucción, el revestimiento, el travestismo social. Por eso la máscara y la Persona. El cuerpo no es lindo por dentro, es grotesco y visceral, por lo tanto hay que esconderlo.

Ayer he visto una película italiana. Muchas películas italianas son lindas por un simple hecho: Italia es linda, la gente es linda, la lengua es linda. Ves ojos, narices y cabellos que nunca verás acá. No hay que hacer mucho esfuerzo por encontrar una armonía estética, está en todas partes.

Hace algunos días conocí un hombre hermoso. Era alto, delgado y esbelto. Su rostro era casi perfecto. Realmente no tuvo que hacer nada para llamar mi atención, su sola presencia me giró la mirada. Realmente hay tanto facilismo en el hecho de ser bello, no hay que esforzarse por agradar, ni por parecer inteligente o sensible. Esa belleza, estúpidamente, dota de todo lo que en el momento uno necesita. Y sí, produce mucha felicidad observar ese espectáculo estético, conversar con ese espectáculo estético, tocar a ese espectáculo estético. En fin, el encanto de Cenicienta puede muchas veces desaparecer, pero –a menos que los años se encarguen de su cometido- la belleza en el momento permanece intacta.

Después vendrán otros asuntos sistémicos y de fondo. Luego viene la sustancia. Si no la hay, no hay por dónde irse. El hermoso de aquella noche era una persona agradable y con cierto candor que me cautivó. Pero no más. Al día siguiente me llamó para que nos viéramos pero mi respuesta fue negativa. Su atractivo no pudo más que mi raciocinio, y por motivos que no caben aquí, lo mejor que pude haber hecho fue no salir con él.

Toda la noche pensé en él, pero hoy he olvidado su cara.

martes, enero 29, 2008

A mí no me tocó

El laconismo de la muerte es ciertamente inevitable. Toda metáfora se convierte en simple símil, porque la muerte ya es fría, ya es oscura, ya es vacía y ya es triste. Redundamos al convertir en poesía a la muerte, porque la muerte ya es poética. Y patética. Turbadoramente emocional, más allá de personificar la acción del morir. Más allá de volverla causal y relacionarla con un ser humano en concreto. La muerte ya es todo eso que angustia y un poco más de aquello que falta por descubrir con la experiencia propia. En ese momento, quizás, su significado orgánico cobre mayor fuerza para uno mismo. Porque la degradación de la carne y el fin de la conciencia –como ya lo dije en algún post anterior- no son motivos suficientes para desaparecer. Entonces, es la mitificación lo que subsigue a la soberbia, porque el acto de morir es tan efímero que no nos merecemos una vida tan corta. ¡Para lo más de eso!

Escena de la película "Cuando me toque a mí"
Entonces, qué nos queda sino conjeturar y redundar. Pero eso en la vida real. En el cine es otro el cuento. He visto hace pocos días la nueva película de Víctor Arregui, “Cuando me toque a mí”, basada en la novela “De que nada se sabe” de Alfredo Noriega, y me ha quedado el redundante sabor a desolación. Sé que justamente la intención del director fue esa, lo cual es muy decidor, sin embargo, nuevamente creo que seguimos en lo mismo: errando en los recursos y los discursos. Con esto me refiero a las últimas películas ecuatorianas estrenadas (Qué tan lejos y Esas no son penas), las cuales ya opiné anteriormente en este blog.

El problema, en efecto, no es la muerte, la pena, la desolación o el laconismo presentes en el filme, sino la falta de vida de esas emociones o estados emocionales. Suene paradójico y absurdo, pero es así. Además de ciertos errores de guión (adaptación y sobretodo estructura), verosimilitud, fotografía e iluminación (esto merece un análisis aparte), está presente esa carencia emocional profunda y representativa de un estado más complejo que un simple rictus parco, un par de gritos y escasísimas lágrimas (¡Ey! La gente llora mucho más que eso). Noto cierta premura y obviedad al momento de resolver ese estado emocional del que está cercano a la muerte o más aún, de quien convive con ella. El médico legista interpretado por Manuel Calisto -si Biarritz no se equivocó- es un personaje sugestivo, con mucho más potencial del que se reveló en el filme. Sin embargo, el soporte dado por el resto de personajes y situaciones, lastimosamente, no estuvo a la altura síquica del personaje.




Vïctor Arregui, el director, recibiendo en Biarritz el preimo a Mejor Actor para Manuel Calisto (Foto tomada de el Hoy)





Está demás decir que todas las historias de muerte conectadas estuvieron, cinematográficamente hablando, bastante forzadas. El pretexto recursivo utilizado fue demasiado flojo, quizás se pretendió naturalidad, pero en el hecho de manipular historias a través de las imágenes, ciertamente no puede existir naturalidad alguna. Por ejemplo, que un mismo taxista lleve a una mujer a buscar a su hijo atropellado, luego a un futuro muerto, más tarde presencie él mismo un asesinato y que sea secuestrado para posteriormente desaparecer sin dejar rastro, no convence por ningún lado que se lo mire. Si a eso le agregamos que el amante de esa misma mujer fue asesinado el mismo día por su ex marido, quien poco después caerá al hospital por una intoxicación alcohólica (y quién sabe si ya va muerto en la ambulancia), tenemos un cúmulo de situaciones inverosímiles. Sin contar que, ese mismo marido borracho, se hará amigo porque sí del muchacho recién llegado que a engaños es involucrado en un robo a domicilio, en donde morirá acribillado y obviamente, el taxista será testigo de este hecho y posteriormente secuestrado por el resto de delincuentes. En ese asalto, moriría también la practicante de medicina, quien previamente atendió en el hospital al niñito atropellado. Además, por si fuera poco -menos conectado pero igual de gratuito- el hermano del médico, mientras lo visita, descubrirá a su amante asesinado en una de las mesas de disección, por casualidad…

La familia del médico Arturo Fernández
En fin, ninguno de los personajes de soporte “vivificaron la historia”, más bien, la mataron. Cuando me toque a mí agoniza por falta de fuerza, y no de esa fuerza que de una manera facilista podría confundirse con emocionalidad, intensidad o sensiblería, sino de aquella que hace que se encarne la historia en los personajes. Por eso digo que es una historia sin vida, como una narración representada en su literalidad dejando de lado la explotación sincera de las sensaciones tan ricas que puede producir un tema como la muerte. Hay mucho más que pena y caras largas en el hecho de enfrentarse a la muerte. Y creo que ese es precisamente el reto, encontrar esa sensación genuina (quizás no real) que marque el sentido de la historia y la tonifique.

La muerte es más que presentar a una ciudad gris, laxa y triste. A gente fea y desesperanzada como representantes de esa parte del todo que es Quito. Lastimosamente, cada vez empiezo a convencerme de que esa parte taciturna y descolorida es el todo. Ese todo como compendio de un ánimo colectivo que ya fue presentado en Esas No Son Penas, y hoy lo volvemos a ver en Cuando me Toque a Mí.

Sé que Víctor Arregui decidió hacer la película luego de tener un aproximamiento con la muerte, sin embargo, no es lo mismo acercarse a ella desde la perspectiva del enfermo o el moribundo que desde afuera. Cercano pero ajeno. Y creo que por ahí viene el error, conjetura de por medio, puesto que reconstruir la experiencia de la muerte desde quien la experimenta es sumamente complejo, ya que se puede caer desde en cursilerías hasta en truculencia gratuita. Por ello, la perspectiva del agonizante no es presentada en Cuando me toque a mí. El hielo en la sangre del que fallece no nos es retumbado. Tenemos la única perspectiva del que mira, se duele, se conduele, y por sobretodo del que ha perdido casi toda sensibilidad frente a la vida y a la muerte: el médico forense.



Manuel Calisto, actor principal (foto tomada del Universo)



Ese personaje desencantado, negativamente poético y con el pesimismo como única arma de supervivencia, termina siendo una metáfora mal elaborada de la misma percepción redundante de la muerte, de la que hablé en el primer párrafo. Sin duda, Manuel Calisto es un actor novato con espíritu, estoy segura que logró conseguir lo que el director deseaba transmitir. Lamentablemente, a mi criterio, nos transmite las sensaciones erradas. La muerte termina siendo eso que ya es y su develación no puede sostenerse en un único personaje que a la vez, trata de sustentar otra metafórica noción: la ciudad absurda, carcome anhelos, contenedora de una sociedad incongruente, en donde nuevamente, los conflictos sociales y clasistas saltan a la vista. Y no digo esté mal presentar la obvia realidad de una sociedad de fuertes contrastes sociales; el problema está en los mecanismos y los recursos utilizados. La intensidad del protagonista termina siendo mal utilizada y derramada en vano.

Después de ver el filme nos quedamos como al principio, salvo un poco más tristes y desencantados, con una insistente sensación de justificar lo que no se dijo y tratando de entender lo que se dijo. Quizás esa haya sido la idea… yo no sé.

martes, enero 22, 2008

Como en las azucenas

He despertado de la anestesia con la vida atragantada en la tráquea. He despertado de la anestesia trayendo otras anestesias, otras pequeñas muertes. Me he visto ilesa frente a la ineptitud, he sido responsable de mis propias jeringas, de mis cápsulas y de mis vísceras. He sido testigo enmudecido de errores ajenos, de punciones inútiles. He callado por no ser descubierta en mi infortunio. Por eso he dejado que entre la amoxilina, el ketorolaco y los oxicamos. No he desnudado las verdaderas intenciones de una mano yodada. Un infecto tacto que me recordó el desdén de la naturaleza humana. La poca voluntad. Un instinto prevaleciendo sobre otro. Incontinencia vs. Supervivencia.


He despertado de la anestesia en retrocesión. Un reflujo como el eco de los signos vitales, las caras que no persuaden en su amabilidad y la luz hormigueándome la cara. Me he sostenido de las sábanas como a las ramas de un árbol. Pensando en que lo peor que podría pasar es que el fin de la conciencia sea fulminante y el soplo roto traiga nada. Escondiéndome, despellejada, de las luces de los otros. Y sin embargo, he dejado que saquen pedazos de mí y los tiren a desechos hospitalarios infecciosos. Mis yos regenerándose en los humores de un botadero. Pequeñitas partes de mí que no entran en los algodones como en las azucenas. Himno repetido mil veces, sabiendo que siempre se espera lo peor.


He despertado de la anestesia con rostros afásicos. He mirado ojos huecos, y escuchado risas verdosas. Pura bilis en arcadas redondas, cíclicas encomiendas burlándose de mi suerte. Y luego, se repite en la lengua aletargada la letanía encadenada sin fe. Una resignación apolillada que manda a callar las sospechas. Osteoporosis en el alma.

Que drenen las palabras dentro de los túneles inflamados. Que se extirpen los quistes acuosos que ahogan neologismos. Que se suturen los andrajos de mis tejidos y desaparezca el frío. Que la diaforesis no me devuelva la misma noche una y otra vez…

miércoles, enero 02, 2008

martes, enero 01, 2008

La esperanza tácita

Yo al año lo miro como una plancha de papel que tiene impresos los meses y su perspectiva está en unos treinta y cinco grados, con una orientación más o menos desde el sur-este. No es un calendario, aunque parecería. No lo es porque cada mes es a su vez, es una gaveta rectangular que puede tomar volumen tridimensional cuando regreso a él para encontrar información archivada.
Ayer le doné unos minutos al arte del desciframiento del pensamiento objetivo (no dialécticamente hablando, más bien me refiero a aquella materialización de las nociones concretas pero subjetivas e inmateriales). Hay que poder tocar al año para ordenarlo, por eso hay que convertirlo en objeto. Esa es la función del calendario, más allá de ser un recordatorio. Objetivizar la noción del tiempo es un poco fructífero intento de entender a la humanidad. Intento que con el “paso de los años” se revistió de una nueva funcionalidad, ya que estuvo claro que el progreso del tiempo, existencialmente hablando –y despojándole de toda construcción humana práctica-, no tiene sentido.


Hoy el conteo de los años quiere esconder la cuenta regresiva que lleva implícito el mismo cálculo constante de esa nada que son los años. Porque es ahí cuando el infinito experimenta la propia angustia de no saberse eterno o finito. No sabemos a dónde nos lleva la cuenta más que a la propia muerte. Pero colectivamente es inútil, porque nos daría exactamente igual marcar ciclos con finalidades prácticas (como ya la naturaleza misma se ha encargado) que seguir aumentando años al mundo con una misión algo arrogante, algo portentosa: la ilusión del progreso.


Que no se entienda al ciclo como un estancamiento. Que no se repita la humanidad. Que no se repita la historia. Que no se repita el pensamiento. Que la universalización de la humanidad no sea el fin de la misma. Que el traspaso de barrera y fronteras no se traduzca en una homogenización anuladora de individualidades. Que el Imagine de John Lennon, por Dios, no sea la utopía más tonta que haya existido sobre la tierra. Por favor que no sea así. ¿Imagínense a todos siendo iguales, pensando lo mismo, viviendo lo mismo, mirándose al espejo del prójimo? Está bien que desaparezcan las guerras y toda injusticia que veje la integridad de un ser humano. Pero ese “ser iguales” suena tan peligroso como aquella tesis tan temida del socialismo. ¿Acaso no busca el Capitalismo y sus modelos económicos hijos convertirnos en un ser genérico? Un ser más vulnerable y por lo tanto más manejable por llevar una estructura conocida al revés y al derecho.


Hay que sostener cierta esperanza tácita de todos modos. Como esa de llegar pronto a la adultez, y una vez estando ahí, anhelar una vejez digna… O como esa de creerse uno y único, y no darse cuenta de que se está navegando en el mismo río, el cual, inevitablemente, desembocará en el mismo mar…

lunes, diciembre 17, 2007

Mensajes divinos

Ayer alguien me dijo que no debería sentarme en los asientos del trolebús, por eso hoy no lo hice (hasta el último de regreso cuando ya me hallaba demasiado cansada). Pero no voy a hablar de la mugre ni de las bacterias, debo aprender a vivir con ellas, más bien quisiera pensar que algún día esta ciudad se va limpiar por arte de magia. No de la suciedad, ni de la falta de estética sino del falso lavado de conciencia. Un contrasentido, lo sé. Pero ese lavado de conciencia es una de las operaciones “espirituales” que más nos ensucian.

Sin embargo, de todo hay para todos, y en una ciudad de tanto contraste social como esta, se tiene opciones para escoger. Los lava conciencias están por todos lados, y por una módica suma (dependiendo de cuánto quiera usted lavar su conciencia) estará libre del pecado de la indiferencia y el horroroso error social de tener más plata que los otros. Podrá si lo desea, salvar del cáncer terminal a alguien, ayudar para la operación de un lisiado, colaborar con la compra de medicinas de un convaleciente y hasta devolverle la vista a los ciegos. Pero si lo suyo es lo lúdico, también puede colaborar con la casa comunal del hippie que se saca la madre tragando smog todo el día para distraerle con un par de piruetas y malabares. Para todos hay. Sí. Puesto que si su opción obligada - y construida por el entorno- es la de ser el desalmado, indolente e indiferente, también tiene todos los chances de pasear su alma gusana y fascista.

Y así se construyen y destruyen conciencias. Se instaura una dinámica de víctimas y victimarios. De verdugos expiando culpas ajenas. Nos convertimos en responsables directos del dolor de los otros y a la vez nos vemos obligados a aliviarlo. No voy a atacar a la religión, pero esa conmiseración me suena tan cristiana, tan a sistema de confesión express. Pecado-penitencia. Y luego está ese sentimiento tan humano de la condolencia. Con-dolerse. ¿Qué podemos hacer con él? ¿Cómo sacarse de encima la sensibilidad hacia el otro? ¿Cómo determinar la delgada línea entre la necesidad verdadera y la explotación amarillista? ¿Acaso la respuesta está en la misma proliferación de expiadores urbanos?

Los ciegos se toman la ciudad. Bueno, exagero, quizás solamente el transporte público. No puede ser simplemente una llamada de atención al gobierno y la ley impuesta de que cada empresa debe tener al menos el 1% de empleados con discapacidad. Una empresa debería tener como mínimo cien empleados para que uno de ellos pueda acceder a un puesto de trabajo. Es bajísimo ese porcentaje si lo vemos desde ese punto. Una empresa de mil empleados, tendrá a penas, diez… Entonces, razón tienen en quejarse. Pero… discapacitados siempre ha habido y ciegos también. Entonces, ¿a qué se debe el repentino florecimiento de su presencia en la urbe? En un principio pensé que era algún mensaje divino -sujeto a interpretación personal- el hecho de que en un solo día, en un solo viaje, se subieran tres no-videntes a ofrecer distintas historias (todas llegaban al mismo punto) para conseguir la conmiseración y un poco de dinero de los pasajeros. Luego noté que era quizás una organización que se había impuesto como nueva labor (ya que no conseguían trabajo) subirse a los buses a contar sus desgracias personales con el fin de llevarse a la boca el pan de cada día.

Antes, hace algunos años, había un solo ciego en estas labores, uno que tenía una niña como lazarillo y que vendía caramelos en los buses. Se caracterizaban por entrar a empujones y convencer a todos de que la rudeza de su ingreso se debía a la torpeza de su discapacidad. Ahora con este repunte de ciegos urbanos, me he dado cuenta que su grosería obedecía a una revancha social no saldada, a la metáfora materializada de hacerse a empellones un espacio en la sociedad. Y también, a acusar tácitamente y hacer sentir culpables a los otros de su desventura: táctica desgastada para conseguir beneficios. Por ello, según su lógica, bien merecidos los empujones nos lo teníamos todos los videntes que nos atravesábamos en su camino.

Al acoso y sobresaturación urbana de mendigos y pedigüeños (hay de todo, como dije antes), le sigue su propia némesis: La des-sensibilización. El primer ciego me conmovió y casi le doy dinero. Sufrí con él y no quise verle a la cara porque su desesperanza emprendedora me contagiaba el ánimo de lamento. Los siguientes ciegos, paulatinamente me fueron encallando el alma y por el contrario, empezaron a despertar sospechas ya no sobrenaturales sino bastante concretas. El último y el antepenúltimo ciego inevitablemente se encontraron, y cuando el segundo iba disponerse a cantar, se dio cuenta de que su amigo se hallaba repartiendo chicles en ese momento. Se saludaron, se dieron la mano y se desearon suerte mutuamente. El último de la fila tuvo que salir obviamente, su presencia había perdido sentido.

Con esta reflexión no quiero denotar ninguna postura fascista, soy consciente al tope de la realidad de mi sociedad, simplemente dejo abierta la idea de que el constante restriego de una herida la insensibiliza. El callo en el alma, no es bonito llevarlo. Es humana la conmiseración, es humano condolerse, pero hasta qué punto es humano aprovecharse de ello… Inevitablemente esta dinámica víctima-victimario se convierte en un círculo vicioso que exige nuevas tácticas. El desgaste del llanto persigue, por último, el grito. Si se acostumbra a una sociedad al dolor callejero y su alivio como el salva conciencias y el limpia pecados, el siguiente paso será más extremo. ¿Hasta dónde llegaremos?

lunes, diciembre 10, 2007

Mañana es mi cumpleaños

Cuando acerco el mouse en un acto reflejo, duda certera, en lo instantáneo de una razón mecánica, me digo: algo debe estamparse para dejar de vivir en lo etéreo de las ideas, de las nociones. Quería saber qué año iba a ser el próximo. Es absurdo pero a veces me pierdo en los tiempos y dudo hasta de lo que considero actual. Ese hoy que ostenta un día, una fecha porque sí. Porque había que dar certezas y calmar inconformidades. Porque había que mantener plazos como promesas del porvenir. Porque había que instituir el concepto del porvenir. Por venir. Si no, no tendría sentido el aparataje del progreso, ni su concepto. Si no, casi nada tendría sentido. Por eso no es posible que una fecha y otra pasen como si nada. Hay que marcar tiempos y ciclos, más aún en un país sin estaciones. Cada fecha tiene su olor, su aire, su particularidad. Particularidad que es percibida sin esfuerzo en la infancia y que al pasar los años, cada vez nos es más difícil encontrarle el “espíritu”. Pero se hace el intento. Caso idéntico a la pérdida de ciertos reflejos vegetativos como el respirar correctamente. Si no me cree, fíjese en un niño, respira con el vientre -nosotros, con el pecho-. Toda esa naturalidad perdida, espero que sea compensada con el conocimiento provechoso…

Las fiestas de Quito me pasaron como si nada, quizás menos nada que el año pasado puesto que escuché ecos de chivas todo el día y asistí a un par de conciertos. Me embriagué el día que no era y fui rescatada por la bruja, no por el príncipe. Nada más. Recordando a los pro-fiestas y a los contra-fiestas que forman una dicotomía más o menos equilibrada. Y yo diciendo que soy contra, y cantando pasillos y albazos como si fuera pro. Odio los canelazos y creo que detesto la fiesta brava, sin embargo ya no siento mayor cosa cuando veo en la tele al toro siendo torturado. Una raíz en común… como si su nombre estuviera hecho para el dolor. La desensibilización paulatina. Aún recuerdo la primera vez que fui a una corrida y lloré cuando asesinaban al toro. La tragedia le pudo más a la belleza. Hoy no podría decir lo mismo pero aún deseo ser vegetariana.

Luego, proceso de entender y desentender casi al mismo tiempo. Life is very short and there’s no time for fusing and fighting my friend… Un no querer abriendo las ventanas, dejando pasar el aire de los últimos jolgorios. Afuera la fiesta agonizando. Adentro, alimentándose del otro. Sí, ese otro que no es yo. Simple.

Un no nunca jamás queriendo morderse la cola. Y de vuelta al ruedo otra vez. Por suerte tengo una inyección del hielo, cerca del velador…

¡Esperando la navidad con pavo y todo carajo!

jueves, noviembre 29, 2007

El galanteo por obligación y la feria de la estupidez

Quizás debería pensarse mejor el hecho de revelar la insulsez de un ser humano. Ni siquiera eso. Un desfile de cuerpos atados los unos a los otros como una fila de chorizos que un perro acaba de robar de una carnicería. Esos cuerpos que pretenden siquiera –como mínimo- presentar un discurso aprendido de memoria. En este caso habría perdonado la pretensión de la farsa, la necesaria construcción de un contexto justificativo a lo exiguo de una imposición social pueril. Pero la revelación mediática no ayuda. Esa desnudez encubierta que una cámara de televisión, un programa para soquetes y un conductor con el macholatinismo como única herramienta “profesional”, puede descubrir fantochemente las costuras de la estupidez encubierta. Ja ja.






El martes pasado en la noche, sin más que hacer que redundar sobre mí misma, prendí la tele (no haga esto en su casa, ni siquiera bajo la supervisión de un adulto). Es muy grave comprobar la redondez del mundo de la manera más ramplona. Haciendo caso omiso (qué buena frase viciosa) a las recomendaciones que recibí en un mail sobre no apoyar a aquellas entidades que auspician la fiesta brava, sintonicé Teleamazonas. Roberto Angelelli y su sonrisa botulínica (no porque se haya hecho la intervención sino porque es un gesto que básicamente intoxica) recibieron al público omnipresente con esa envidiable alegría, marca registrada del programa concurso (ganar plata produce felicidad). Acto seguido, el plato fuerte: las candidatas a reina de Quito, pero por supuesto, al no ser tan célebres y al no existir equilibrio piropero, hacía falta más hombres. Dos cantantes quiteños, hijos de padres famosos, que no pudieron hacer peso al lado masculino del programa (Angelelli). No respondieron a la altura los pobres. Quizás su baja estatura hizo que se intimidasen frente al equipo de baloncesto (el presentador no pudo hallar calificativo más ingenioso) que conformaban algunas de las candidatas. Porque al parecer, la raza día a día va mejorando (como dirían las abuelas) y hoy por hoy las Macarenas Valarezo de un metro cincuenta ya no pegan. Lo que está en boga es un respetable metro setenta y cinco como mínimo para ganar. Si no fíjese en las reinas de los últimos años…

El chorizo..




En fin, al estilo “único” de Angelleli, la noche -su noche- se convirtió para variar en una conversación unidireccional, carente absoluta de gracia, interés y profesionalismo. Unidireccional porque el seudo entrevistador habla para sí mismo y persigue respuestas a ninguna pregunta, palabras sueltas, comentarios machistas que resumen el lado entrevistado femenino en un ampuloso pedazo de carne, actitud que disfraza con halagos constantes y adjetivos reiterativos que aluden únicamente a lo que ciertamente importa de sus invitadas: su belleza. He visto en una ocasión a una entrevistada fea, gorda y vieja (invitada por su ¡talento!), a la cual no pudo galantear como se debía pero ¡aún lo hizo!, porque por supuesto, su gracia radica en el piropeo. Por favor. Que alguien lo envíe a un curso express de periodismo. O que por lo menos le sometan cual Alex a una intensa sesión de programas gringos del formato al que pretenden imitar.

Y ello no es lo peor, por supuesto. Lo execrable es la aceptada hipocresía social, esa en donde caben concursos de belleza que encubren la necesidad muy humana de la estética por la estética utilizando misiones caritativas. Qué farsa más ridícula. Que nadie me venga a decir que se lanza a candidata porque quiere ayudar a los niños con síndrome de down. Para hacer labor social no necesitas ni ser reina, ni ser bella, ni medir uno setenta. Pero ahí está la mojigatería políticamente correcta. Y lo que a todos nos encanta (me incluyo por ser parte de esta sociedad alcahueta) es creernos el cuento y justificar nuestra superficialidad (porque para la tradición judeocristiana eso está mal) poniéndole alma sintética a algo que podría expresar su sinceridad descarada. Prefiero los “porque sí” a las justificaciones veladas. Si algo detesto en la vida, son las intenciones disfrazadas. Nunca va a ganar una fea y eso todos lo saben. ¿Por qué nos encantará fingirnos idiotas?

No hay nada malo en el culto a la belleza, lo sostengo. La satanización de lo bello como sinónimo de superficialidad se superó en el siglo XIX. Esa insoportable doble faz de la sociedad que constantemente juzga aquello a lo que rinde culto, se convierte en el mea culpa de la socarronería. Un contrasentido, el callejón sin salida de la coherencia y la razón, el oxímoron del oxímoron.
………………..






Una pequeña muestra de lo que el enriquecedor programa ofrece. Angelelli y la ex de todos, Marián Sabaté, confrontándose años después de su ruptura... Sin palabras



Sin embargo la TV, que todo lo maquilla, puede también desmaquillar y mostrar el rostro limpio más feo sin piedad alguna. Poco a poco el desfile de chorizos fue enterrándose sin esfuerzo. Fue lamentable su performance, las chicas no daban pie con bola y lastimosamente hicieron honor a la cada día más peleada sentencia: la tonta bonita. Era más que obvio que sus argumentos trabados (y tartamudos algunos) no convencieron a nadie y más bien revelaron la verdadera y obvia intención de quienes participan en un concurso de belleza: protagonismo mediático y catapulta a la fama (sí, la tan nombrada fama en Pujilí). Porque ahora hasta a concejala se puede aspirar siendo reina de Quito. Sin duda, una buena inversión de tiempo, pues como mínimo te convertirán en presentadora de programas de UHF que nadie ve…

Bueno, si así se pintan las cosas, no sería mala idea salirse del Videodromo y pegarse un tiro mediático para salir de la pesadilla…

miércoles, noviembre 14, 2007

Onomatopeyas

No tuvo más remedio que remediarlo. Mirar desde la ventana el barullo, como un avión aproximándose a la ventana. Reventándose los tímpanos y viendo que la pesadilla es completamente posible. Lo factible de lo ridículo. Lo poderoso de la resonancia. Una reverberación que se escucha en el pasillo. Probablemente proviene de la cocina. El silbido del agua hirviendo en una tetera.
Hay como un temblor previo y la necesidad de resquebrajar los cimientos. Y nuevamente lo factible y verosímil de la pesadilla acercándose a la ventana. Rompiendo los cristales. Errando en las intenciones. Culpando a la motricidad adelantada. Porque no quería hacerlo. Pero pasó.
Y luego queda simplemente alivianar el peso, la gravedad. La voz grave y el estado grave de un enfermo terminal. Dentro de un edificio que siempre estuvo al borde de derrumbarse, sostenido a penas por palos. Sin techo, mojándose su interior con la lluvia redundante de los últimos meses. Humedad aprendida de memoria. Inútil. Esférica.
Injusta apreciación. Vista engañosa de la ciudad. El ángulo producto de la concavidad en la que se asientan las baratijas. La cuna-cuneta que te expulsa al borde de la carretera. Un salgamos corriendo cabe incluso en un ascensor. Un portazo en la cara. Rostro de madera. Duro y sin comisuras. No se puede sonreír por lo tanto no se puede comer. La rigidez que no permite siquiera arrugar la frente. Ni sollozar.
Y el remedio sin más remedio que prescindir del gotero. De la inyección y del suero. Sentarse a esperar en la sala de espera y omitir las esquinas, los ángulos. Olvidar para qué se está ahí y salir como si nada a buscar algo más. Quizás comida. Quizás mañana.

viernes, noviembre 09, 2007

Tres en dos en uno



En lo orgánico está la respuesta. Podría aventurarme a tipificar un nuevo tipo de danza, pero sería demasiado atrevido y demostraría un escaso conocimiento del tema. Porque más allá de la técnica, la visceralidad y la pasión, está el juego de lo orgánico. La corporeidad hablando desde un nivel puramente cinético-fisiológico y comunicándose precisamente con ese lado del espectador. No con su visión esteta, no con sus emociones, sino con su carne. Con su organismo. Como sincronizándose con los latidos del cuerpo del otro. Si una obra consigue esto, para mí es perfecta.

Las emociones pueden confundirnos, pueden hacernos pasar algo malo como bueno por una simple espectacularidad que apela a la sensibilidad obvia. El valor estético y artístico de una obra de danza contemporánea podría diluirse entre el acertado u erróneo uso de la técnica, la falta de dominio de la misma o falencias debidas al nivel del performer. Pero lo orgánico es otra cosa. Por supuesto que no funcionaría sin un buen intérprete, sin una persona capaz de lograr transmitir ese sentido sordo, ciego y mudo. Ese sentido táctil interno, como tocarse a sí mismo sin manos.


Y creo que Valeria Andrade, bailarina quiteña, está muy cerca de eso. Las obras presentadas esta semana en el Teatro Variedades de Quito, son una clara muestra de esa funcionalidad corporal. De la precisión física que además transmite alma. Estoy segura de que ella es una bailarina visceral, y su cuerpo logra revelar esa fuerza de sus sentires, pero también lo hace con sus ideas acerca del mundo y la sociedad. La obra de Andrade es de un urbanismo subjetivo, ella se encarna en la ciudad y a través de este proceso cuestiona su entorno y a sí misma con respecto a él. "De medio en medio" es la obra que originó toda esta propuesta escénica, la cual es además interdisciplinaria. En ella se conjugan el video arte, la instalación, el performance, el arte conceptual y la danza. Hace un año tuve la oportunidad de ver "Prácticas siucidas", video performance continuación del hilo conductor conceptual. Allí se presenta Valeria haciendo diversos performances en distintos espacios urbanos en los que pone en riesgo su integridad física y moral.

Ella se expone a los peligros de una ciudad común, pero desde un nivel más moral que físico. Es hallarse en el borde por decisión, y a la vez probar y probarse la eficacia de la sobreexposición. Se trata también de sobreexplotar la hostilidad de la urbe y a la vez de sobreexplotar la fragilidad del cuerpo. Esa carnalidad vulnerable. De ahí que lo orgánico, como dije anteriormente, forme parte fundamental de esta propuesta. Sin embargo, esa carne, ese organismo antecede a una conciencia, entonces entra en juego la moral. En este nivel de raciocinio surgen los cuestionamientos y las respuestas buscadas a partir de enfrentar los opuestos. Lo orgánico vs. Lo inorgánico. Finalmente lo que termina vulnerándose es precisamente la moral.

Por último, la obra de Valeria Andrade es personalista, procede de experiencias, ideas, sensaciones, confrontaciones interiores, sin embargo ello no llega a ser un contra, ya que sabe transmitir y re-crear. La obra es un producto por sí mismo, habla y llega a donde debe. Bien hecho. Aplausos.

jueves, noviembre 01, 2007

Crónica de la repetición



Anoche un amigo me decía: hasta ahora nadie ha comentado acerca del concierto. Todo el mundo fue pero nadie ha dicho nada. Es cierto, tan cierto como el cable que cuelga del edificio y se menea fuera de mi ventana (me hace pensar en deportes extremos y suicidio). En un primer momento es la pereza la que me hizo callar. Luego entendí que la pereza sólo puede provenir de una falta de novedad. ¿Será que lo novedoso es el único motor de inspiración? Creo que la digresión podría recorrer caminos empedrados si se la lleva por ese lado. Mejor dejarla como está. En fin, el concierto de Soda Stereo fue un lindo paquete. Como comprar unas vacaciones en tour más o menos. Hay que estar dispuesto a divertirse, de lo contrario se corre el riesgo de caer en fenómeno del desvelado (no por insomne): la conciencia como destapacaños de la diversión. La desalmada noción de la repetición. Como en el viaje en hongos de mi amigo, el que me acompañó al concierto. Mientras íbamos en el bus que nos llevaría a nuestro destino (el concierto), él me narraba la milenaria historia de cómo la sabiduría y la verdad del mundo le fueron reveladas en un viaje de hongos. Supo entonces lo absurdo de la existencia y lo ridículo e ínfimo de lo que nos sostenemos para vivir. El sinsentido total. Por ende, experimentó el terror total, el desasosiego profundo, la angustia infinita. Esa es la eternidad. Y la eternidad sólo existe a través de la repetición. Entender los patrones de la vida y saberlos al dedillo es lo que realmente termina con la existencia. Ahí la necesidad de la muerte y entonces la paradoja: la búsqueda del limbo. La inminencia de la mediocridad y las medias tintas. La tibieza como forma de supervivencia. Porque los extremos finalmente son lo mismo. El escalofrío de la paradoja, la encrucijada maldita: porque en el instante del deseo de desaparecer (recuerden, hablaba de la revelación de la vida y la repetición), viene la supra zozobra al saber que del otro lado está el infinito ese que desconocemos y que nos llevará a ninguna parte. Porque la vida por lo menos te lleva a la muerte, pero la muerte… ¿A dónde?

Mi amigo sabe y está consciente que todo ello es producto de una intoxicación. Como tomarse cualquier veneno y sentir la proximidad de la muerte. Él oía los rezos de la gente en ese limbo en el que se hallaba y habló del poder de las letanías. Pero por supuesto que tienen poder. El poder de la repetición. Porque el mundo se crea y se construye a partir de ella. Es la base de la existencia. La letanía, la construcción de la lógica a través del lenguaje obedece a un proceso repetitivo. No se inventan procesos. Se redunda en la razón, en el entendimiento. El proceso es uno solo. Pero el verdadero poder está en la lógica estancada, en la sinrazón, en la pérdida del sentido, en la des-concreción, en la des-concretización de las construcciones humanas y en la desnudez de la esencia pura de la abstracción. Ese es el instante de la letanía, el estado contemplativo, el misticismo rasgando la tela del mundo concreto y abriendo una brecha paralela. Es la suspensión y el punto de ignición. El eterno punto de partida. Mejor no saberlo.

¿Qué se puede comentar de lo que se conoce en demasía? Lo mismo, pues. Pero es mejor salirse de ese kiosco y volver al llano. Ser llano sobre el césped y tener entradas a Cancha, encontrarse con los amigos, reír, sonreír tontamente. Pretender sorpresa y convencerse de ello. El contra poder: la auto convicción. Hay salvación señores. La angustia tiene remedio. Seguir esperando y dejando que la fatiga física –la más descomplicada- haga su efecto. Entonces acusar un posible aburrimiento o tedio a cuestiones fisiológicas y dejar que la conciencia se vaya a dar un paseo por Black Box. Recorrer el estadio entero buscando un baño y orinar treinta veces, siempre las urgencias son tan impertinentes. De ahí el miedo provisional a beber agua o a bañarse (en otros casos). Y siempre la espera, sabiendo lo que se espera, porque sorprenderse de distintos posibles escenarios no es posible. Las cosas, irrevocable e infaltablemente siempre se dan. Por eso el concierto empieza y todos sabemos los que va a pasar. Archivos de memoria de decenas de conciertos anteriores pero siempre la infaltable expectación, las ansias y la necesidad de obtener algo. Más aún cuando se ha leído las crónicas de periódicos y se sabe exactamente cuál va a ser el repertorio, cuántas veces se van a despedir y cuántas canciones extra van a tocar. Todo salió al pie de la letra. Será que siempre es mejor tener la situación controlada.

Pero ello aún no es suficiente para desaparecer el instante, para negar el espacio, para eliminar el contexto y dejarnos fuera de la delectación. La complacencia es bastante poderosa también y es un arma de doble filo de la irracionalidad: se va en contra de ella al tiempo en que la acompaña en su misión de repetición. Luego viene el raciocinio y la conciencia. Y posteriormente el dulce disfrute de la ruptura. ¿Cómo? El boicot de la conciencia, cuando el simple goce, el puro placer carcome y engulle su misma génesis y termina por absorberlo todo. Como burlarse de uno mismo…