El estado intermedio. El espacio inhabitable. Pura física cuántica: la materia en dos estados simultáneos. Esto, para entender dialécticamente mi fascinación por la doble y única mujer. Porque no es sólo la osadía (aunque también lo es) ni la pretensión de feminidad, ni la potestad manipulada del cuerpo. Es la perfección matemática. Algo así como amarillo + rojo = naranja.
El travestismo no es un disfraz. Es la superposición de dos estados, por ende el punto máximo de la perfección del cuerpo. Es una de las más grandes expresiones de la voluntad de ser. En estos tiempos en los que el “hacer” desaparece al “ser”, el travestismo es uno de los últimos bastiones de la subjetividad. Siempre he dicho que la PERSONA no es inamovible, está sujeta a cambio. Sin la perpetua reconstrucción caeríamos en una ciénaga fangosa (redundancia vital), pero el travestismo y el transformismo –por qué no- van mucho más allá. Desdicen de la necedad del cuerpo y se aventuran a la negación por oposición. Pero en esa negación artificiosa, no esconden lo que fueron, lo potencian desviándolo hacia una feminidad exacerbada, que es la que hiere, la que sacude. Pero hiere y sacude precisamente porque tiene la temeridad de serlo todo al mismo tiempo.
Frente a la feminidad potenciada somos arbitrariamente impotentes. Porque nuestra incapacidad de completarnos a nosotros mismos se ve cuestionada. Casi insultada. “No necesito de ti porque soy el principio y el fin de todo”. “Y además, lo controlo, lo subyugo y lo someto a las leyes del deseo”. La “paramujer” en realidad es una “hipermujer” y un “hiperhombre” a la vez. Es una burla constante a la lógica metódica. Pero también es una de las más hermosas formas de la destrucción del YO absoluto. Es la escisión del ego. Un sacrificio casi suicida, que imita la concepción desde el momento mismo del soplo de vida. Porque, recordemos, todos fuimos hombre y mujer en un principio, hasta que las células especializadas controlaron el tamaño del falo. En principio, todos llevamos dentro un hombre atrofiado o una mujer atrofiada. Al menos en nuestra memoria cromosómica.
Pero, a la vez que el travestismo es perfección, es también la evidencia del error. De la fatalidad y de la fragilidad del sistema. De lo vulnerable que son nuestras construcciones sociales y de las grietas que se forman entre ellas. Por eso, lo despampanante de su abrirse paso, debe ser justamente exagerado y hasta enajenado. Porque hay que aplicar la fuerza para deconstruir y superponer algo donde antes no había nada. Para habitar el no-espacio hay que tener huevos, definitivamente… (Con el perdón de las damas).

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