Ídolo

Ídolo
Morrissey

lunes, diciembre 14, 2009

Metal heart

Losing the star without a sky
Losing the reasons why
You're losing the calling that you've been faking
And i'm not kidding

It's damned if you don't and it's damned if you do
Be true 'cause they'll lock you up in a sad sad zoo
Oh hidy hidy hidy what you're tryin to prove
By hidy hidy hiding you're not worth a thing

Sew your fortunes on a string
And hold them up to light
Blue smoke will take
A very violent flight
And you will be changed
And everything
And you will be in a very sad sad zoo.

I once was lost but now i'm found was blind
But now I see you
How selfish of you to believe in the meaning of all the bad dreaming

Metal heart you're not hiding
Metal heart you're not worth a thing

Metal heart you're not hiding
Metal heart you're not worth a thing



Cat Power.

jueves, diciembre 03, 2009

De billeteras, papeles y registros



Uno de esos días que jugaba la Liga desafiando a la lógica, al destino y al Olimpo con sus cinco o siete goles perdí mi billetera cuando me bajaba de un taxi. Ello por las urgencias –o incontinencias- urinarias de los automovilistas que pitaban con frenesí de bolero de los cuarenta para que me bajara rápido y no causara el atolladero que, conmigo o sin mí, era inviolable. Logré salir de las montoneras y los roces cercanos con extraños -ya socialmente aceptados y absorbidos en este tipo de situaciones- y me dirigí a comer esos maravillosos tacos de a dólar setenta y cinco al frente del bar La Estación, en la Almagro y Wilson. Recomiendo. Una vez pedida mi orden, empezó la cruz. Mochila y basura de por medio, no encontré nada. Desbaraté todo el contenido misterioso de mi mochila a cuadros y simplemente encontré unos cds que creía perdidos, pero de la billetera ni rastro. Entendí que la culpa era de todos esos mafiosos que me pitaban para que me moviera cuando me bajaba del taxi. Así que no tocó más que cargar el muerto ya ordenado al amigo que venía conmigo y a quien agradezco por haberme alimentado esa noche y también haberme dado dinero para mi transporte.



Ahora era una vez más, una indocumentada. Ahí se fue todo. Cédula, toda mi insólita colección de papeletas de votación de los últimos años, incluida la de las históricas primarias de Alianza País, a las que acudí camuflada por una misión periodístico-investigativa que se me encomendó cuando por casualidad trabajé en el Diario El Telégrafo. Ese día había caído para mi desgracia en el repudiado turno de fin de semana. “Ve a ver si hay algún fraude o irregularidad”. Ok. Fui y voté y no pasó nada, pero traje información. “En teoría, si no estás empadronado, podrías votar sólo con tu nombre”. Eso fue suficiente dato. Lo había obtenido preguntándoselo al ex amante de una amiga, que ahora laboraba contento para la Revolución Ciudadana. Fin de la intra-historia. Decía, lo perdí todo. Todo lo que podría revelarme que estoy viva y existo. Sin eso, podrían encontrarme con una herida de arma blanca en el corazón y declararme N.N. Luego de abrirme para comprobar que los choros se llevaron mi vida de un solo tajo (como al hermano de Diego Cornejo Menacho), me habrían encerrado en un congelador de Medicina Legal, y a los tres o seis meses, si nadie me reclamaba, quizás hubiera cumplido mi último deseo de donar mi cuerpo a la ciencia. “Quizás la olvidaste en la casa”. No, nunca salgo sin papeles, uno nunca sabe lo que puede suceder a la vuelta de la esquina.



Es curioso, pero siempre pierdo billeteras cuando se cierra un ciclo en mi vida, o al menos así han sido las dos últimas pérdidas. Recuerdo claramente la última (o quizás la penúltima). Esa billetera había sido una especie de pacto secreto de los gemelos fantásticos y sólo dos personas en este mundo la teníamos. Yo la dejé en el mostrador de alguna pastelería y cuando regresé, ya no estaba. Tampoco el gemelo fantástico, así que media vuelta y hacia otro lado. Esos días hice de mala gana todo el papeleo que ¡oh no! debo volver a hacerlo esta vez. Lo primero es lo primero, la plata señores. “Bueno, has de haber tenido unos cinco dólares”. No. Justo ese día cargaba unos nada despreciables cuarenta dólares que sólo me dolieron al acordarme que minutos antes no había comprado el libro que lanzaba un amigo, ya que no tenían vuelto. Por lo menos habría servido de algo esa plata, que ahora la aceptaba perdida como un desinteresado aporte a la comunidad. “Bueno, en la cuenta bancaria has de tener unos cuatrocientos dólares”. No precisamente, pero cuanto antes había que anular la tarjeta. Lo hice en uno de esos café net de la zona y asunto arreglado. Ya no había manera de obtener plata de mis propios bolsillos. Sin cédula no hay paraíso. Sin cédula no podía ir al banco a sacar plata de mi cuenta, y sin plata no podía ir al Registro Civil a sacar la cédula. La paradoja infinita. Así que, así pasé algunos días, además de contar con el tiempo justo. Sin plata –con dinero fiado- y sin papeles.



Como no creo en el crédito, y no haré peroratas al respecto, pues carezco de tarjeta de crédito, pero sí que tenía otras tarjetitas indispensables como la de débito, la de farmacia y supermercado, y la del seguro de salud. La renovación de esos pedazos de policloruro de vinilo cuesta lo mismo que sacar una tarjeta nueva. Una estafa como siempre. Pero no hay más remedio para volver a la vida. Que los papeles y los trámites nos pueden hacer resucitar al tercer día – o a las tres horas- de entre los muertos y hacernos sentar a la derecha del padre nuevamente. Porque generalmente te dice la señorita con esa voz aguda y nasal: en setenta y dos horas está lista su tarjeta. Y hasta mientras te suelen dar un endeble papelito o aire.



Como me habían dicho que la Revolución Ciudadana sí cumple, me dirigí al Registro Civil con alegría señor, cantando viene con alegría, señor. Y al llegar a la puerta enseguida algo no cuadraba. Estos no son los míos, me dije. Mis compatriotas habían sido abducidos y en su lugar habían puesto a otros con una fisonomía tan particular que todos eran el mismo. Misma ropa: camisetas o buzos pegados de diseños gogoteros, con colores platinados y entramados con letras indescifrables. Jeans azules ni flojos ni tubo con alguna gracia bordada en los bolsillos y zapatos deportivos espaciales. Y un acento que se come a sí mismo, que se almuerza las palabras. No me diga xenófoba, no lo soy. Pero esos cubanos no son precisamente los que uno se imagina cuando escucha las narraciones calientes de los viajeros y turistas que regresan con una sonrisa plagada de belleza ajena, afuereña. No. Se trata de un fenotipo intermedio, ni blanco, ni negro, ni mulato, que aguarda pacientemente en las afueras del Registro Civil, esperando volver a la vida. Ser los muertos vivientes de la Revolución Ciudadana. Papeles para comerse el mundo, ya no sólo las palabras.



Llego entonces a las “modernas” instalaciones del nuevo Registro Civil, que básicamente son lo mismo sólo que en un ambiente cerrado y más amplio, y enseguida me siento perdida. Ni una señalización, cero información gráfica y visible. Tan sólo cuelgan los mismos carteles con los requisitos para sacar tal o cual papel. Pero ¿dónde se los saca? Es decir, en qué esquina de esa disposición amorfa de cuerpos y escritorios. “Haga fila aquí, pida un turno”. El guardia es el único que sabe y está un grado más allá del bien y el mal. Todos piden ayuda al sabio sensei. Hago la fila, me dan un papelito con el turno 3763, hasta ahora lo recuerdo claramente. Cómo olvidarlo si fue mi mantra durante horas. Miro el panel electrónico y oh, estamos nada más que en el 3400. Tengo 363 personas delante de mí. ¿Cómo es posible? El sensei me depara dos horas de espera, así que decido irme a volver. Nunca se aplicó mejor esta frase coloquial. Me fui a volver entonces, con el miedo de perder el turno, llegar y que me digan: No, su turno ya pasó, debe volver a tomar un turno. Y así hasta el infinito. Pero mejor era ir a perder tiempo en el taxi de ida y vuelta (media hora de ida, media hora de vuelta) que quedarse esperando allí entre esa montonera, mirando al techo y respirando un dudoso aire caliente. No había ventilación para esas mil almas que pugnaban por oxígeno.



A mi vuelta las cosas no habían cambiado, salvo que íbamos por el 3660. Tenía todavía cien turnos delante de mí. Ya no podía irme, tenía apenas 25 centavos en mis bolsillos, ni siquiera podía salir a comer –eran las doce- así que, o me fajaba la espera o nada. La nada. Miré a mi alrededor para ver si había alguna silla desocupada, y en efecto, encontré una junto a una mujer rubia pintada, frondosa en todo sentido, con amplias gafas y amplios senos. Me habló de entrada: “¿Qué número tiene?” El 3763. “Uy usted está mejor, yo tengo el 3974”. Olvídalo, pensé, no te voy a ceder mi turno. Sé que miró el mío con codicia; observaba mi papelito insistentemente, como yo hacía lo propio con sus senos que querían reventar la camiseta blanca que llevaba. Yo también llevaba camiseta blanca pero los míos eran una estafa, había que mirar los suyos. Y en eso me entretuve durante unos segundos, pues la mujer me produjo desconfianza, quería hablarme demasiado y me sentí sueca. No me hables, no te conozco, pensé. Viré la cara y me topé con la de otra mujer, de unos cincuenta años, sentada a mi derecha, que igualmente no dejaba de verme y de ver mi turnito. Olvídenlo arpías, mi turno es mío, no se los voy a ceder ni por todo el oro del mundo. Quizás por un poco de plata lo habría hecho, pero no. Quería librarme de eso lo más pronto posible. Ya había aceptado mi suerte de espera infructuosa, de tiempo muerto, aunque me lamentaba el haber dejado mi librito esa mañana en el velador. Pude haber avanzado bastante en la lectura, pero nada, me encontraba ahí, en medio de dos mujeres que codiciaban el papel ajeno y yo sin saber a dónde mirar. Si tetas por un lado, si arrugas y canas por otro. Si bebés llorones adelante, si maridos gordos detrás. Si campesinos al oeste, si cubanos al este. Así que, entre esas exploraciones fisonómicas –lo único que nos queda en esos momentos de espera- decidí ir escaneando el lugar. Y en una de esas, topé con uno de esos cubanos de raza incierta, de piel oscura-oscura, ojos verdes y pelo lacio, vestido con “léase más arriba”, y por mirarlo durante unos segundos con insistencia de Mendel, seguramente pensó: se me hizo. Al darme cuenta, dejé de hacerlo de inmediato y olvidé el asunto. Pero el hombre ciertamente no lo hizo.



3970, 3971, 3972, 3973. 3974. ¡Bingo! Yo desde el 3970 ya estaba parada en la ventanilla. Había pasado ya una hora y más de espera y por fin llegaba mi hora. El hombre de la ventanilla me preguntó mis datos como en un quizz-show, y acerté todos. El de al lado me pintó las huellas de los dedos gordos y plaf plaf, las estampó en las especies valoradas. Luego, había que esperar la foto. Al limpiarme las huellas, pensé nuevamente en ese gran misterio que ronda los Registros Civiles ecuatorianos. ¿Cómo es posible que una señora, ni gorda ni flaca, de pelo corto, te mire durante tres segundos las huellas de los dedos y anote en tu papel de turno un extraño código inexpugnable que sólo ella sabe descifrar? ¿Alguien me puede explicar de qué rayos se trata la famosa “lectura de huellas”? Para mí este evento siempre ha pertenecido al plano mítico, metafísico y hasta mágico. La próxima le pido que me lea las líneas de la mano. El código va más o menos así: 333313. ¿No? Al menos el mío era ese, y al leerlo esperé que esos números me revelaran alguna verdad de la vida que tan sólo aquella señora de pelo corto, ni gorda ni flaca, conocía. No fue así, me quedé en las mismas.



El turno para mi foto llegó, el muchacho con la cámara vio mi foto, dudó dos segundos, me miró y me dijo: ya. Debo haber salido espantosa, pero el muchacho habrá dicho "qué más remedio". A mí me dio igual, pero la chica que iba detrás de mí, tuvo la osadía de decirle: "déjeme ver la foto", e incluso pedir otra, ante la cara furiosa de las demás funcionarias. Ahora, tocaba la recta final. Esperar la moderna cédula emplasticada. ¿Y dónde la espero? Ahí donde dice “Entrega de Cédulas”. Entrega de cédulas no era una salita especial ni una dependencia, ni una oficina. Era literalmente una columna cubierta de espejos, en donde estaba el tal cubano que analicé y que quería hablarme a como de lugar. Al recibir mi papel humeante, quise salir lo más pronto posible de ese infiernillo, empujando a quien se me pusiera al frente. Y el que lo hizo fue el tal cubano que quiso entregarme tontamente un papel con un mensaje, su nombre y su número. Mi cara y mi empujón lo dijeron todo. Salí corriendo a respirar CO2 y CO, y a hacer una nueva preciosa fila en el banco para sacar plata, y otra para ordenar una nueva tarjeta de débito. La vida se me abría nuevamente en todo su esplendor. Ya no importaban las nuevas filas. Era alguien otra vez. Uffff. Respiro.

martes, diciembre 01, 2009

Hablas demasiado


Miguel es el Silencio, Clara la Perfección. En esta ciudad hay espacio para dos más, porque sí, porque ella lo quiso, porque él -total- nunca estuvo ahí, dentro de los límites de la ciudad-conteiner.


Uno de mis temas favoritos literarios: la imposibilidad. Y dentro de eso, el embudo a la inversa. No el retroceso, no, simplemente una catarsis a la inversa. El adentro hacia afuera y la piel expuesta. Hablas demasiado casi lo dice todo de una generación con una dolencia endémica. La de no reconocerse en lo que es porque, en efecto, es casi nada y dentro de esa nimiedad hay poco que decir, mejor callar, mejor beber, mejor encontrar amor sin buscarlo, mejor dejar todo, hacer maletas y salir a ninguna parte. Con esa inutilidad tan simple de cambiar los converse por unos zapatos pico de pato. Y aunque suene a nada, hay historia. La de Miguel y Clara, tan bien dibujados por J.F.A que parecemos conocerlos de toda la vida. Clara no nos ama, nos usa, quizás abusa y se lo permitimos. Dejamos que nos enamore aún sin esperanzas, aún sabiendo que nuestras camisetas de los Ramones le calzarán bien tan sólo encima del colchón. No más. Y luego, las piernas cerradas y un abrázame no más. Mejor dormir. Y la gran lección: mejor ser feliz con el amor que se siente que con el que se recibe. Porque no se recibe y finalmente es mejor no esperar nada de nadie. Moraleja sacada de un filme que Miguel mira con su tire ocasional, la que lo ama, la que muere por él y aprende lecciones pop desde un reproductor de dvd. Con esa inutilidad tan simple de cambiar los converse por unos zapatos pico de pato.

Hablas demasiado es la primera novela de Juan Fernando Andrade, escritor y cronista de una generación casi ausente -hasta hoy- de las letras. Hoy, a mi criterio, entra por la puerta grande con esta novela que no se precia ni se jacta de nada, que es acertada y justa. Simple y clara. Entrañable, algo desoladora y bastante seductora. Una narración que se deja leer en un fluido coloquial, sin excesos, sin devaneos. Hablas demasiado va al punto y lo logra con sutileza. Un libro recomendado para todos.

Quisiera escribir más sobre esta novela, pero mi apuro era escribir algo, dejar sentado que es una obra que debe ser leída. Los comentarios vendrán después, ahora me falta el tiempo...






lunes, noviembre 30, 2009

Feriada


Creo que más fue lo que me perdí de lo que pude ver. A la Feria del Libro me refiero. Moderé una mesa sobre cómic el sábado, llegué tarde (había perdido la hoja de presentación de mis panelistas) pero finalmente salimos airosos de la prueba. Ellos habían hecho bien el deber y cada uno había traído su hoja de vida, además de que Eduardo Villacís tuvo la brillante idea de traer una laptop y conexiones de clables, porque si no lo hacía, habría sido imposible proyectar su trabajo y el de Bonil y Fabián Patinho, los otros dos panelistas.



No hablaré de la organización de la feria, pues este año no estuve muy cercana a ella, a diferencia del año anterior, pero me queda la sensación de que esta edición fue menos puntillosa, más improvisada y quizás, menos interesante. Digo quizás porque casi no pude asistir a nada. Prácticamente fui el día sábado y se acabó. Fue agradable ver a gente que no veía hace rato, entre ellos Jorge Izquierdo, escritor y amigo, que vive en Seattle y pudo tener un viaje flash a su terruño. En la mesa en la que Jorge participó, estuvo también Esteban Mayorga, otro joven escritor quiteño, quien tuvo una intervención justa y agradable, y Huilo Ruales, escritor ibarreño radicado en Tulousse, quien con su incontinencia verbal nos divirtió a todos. Siempre es encantador escuchar a Huilo, con esa visión tan suya del mundo, de la ciudad, de la persona. Huilo, el escritor algo anarco de la palabra, barroco post-modernista, por etiquetarle inútilmente de alguna manera. Huilo, el que dice que no puede escribir con la lógica narrativa esquemática porque es muy caótico, y acepta ese caos y lo incorpora a su narrativa que es más un vuelo de golondrinas que va hacia ninguna parte pero que va dibujando un boceto garabateado de una realidad bastante precisa. La que él ve, la que él nos hace ver.



Luego, en una travesía en trencito por los acalorados pasillos de los estantes de librerías, pude obtener la novela de Juan Fernando Andrade, escritor, cronista, músico manaba, representante de la “generación pop”. Esa que no existe por estos lares, o quizás en ninguna parte. Cito lo de pop, ya que por ahí lo escuchaba de forma despectiva, pero para mí es igual, lo que me gusta de Juan Fernando, Picachú para los amigos, es que es honesto consigo mismo, y por lo tanto, con lo que escribe. Empecé a leer su novela esa misma noche, todavía no puedo decir mucho pero me está gustando el ritmo y la atmósfera. Creo que ha acertado en reconstruir un espacio común, un momento específico, un mundo conocido y a la vez no. Me sedujo la cita con la que empieza el libro, una de Jarvis Cocker, uno de mis amores musicales, el ex -vocalista de Pulp. Ahí me dije: empiezo con todo. Sé que es un detalle nimio y hasta tonto, pero a mí esas cosas me cautivan. Son como pequeñas claves que sólo podemos descifrar unos cuantos, (según yo, es estúpido, lo sé) como si se trataran de guiños, señas y contraseñas, y en adelante, sabemos a dónde entramos. Se nos abre el mundo, la aventura de par en par.



Este año hubo pocos libros en mis manos, en parte por mi falta de liquidez. De hecho, fue una especie de fiada la manera en la que conseguí en libro de Juan Fernando. Y el otro libro, uno de Juan Secaira, pues bueno me lo regaló el propio autor. De ahí pare de contar. El año pasado salí como con veinte libros, por lo menos.

Lo que me perdí: la charla de Porno y Erotismo, y las demás en las que estuvo Pedro Mairal. Las charlas y lectura poética de Benjamín Prado. Y nada más creo. Ayer por la noche escuché el mano a mano entre Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum, contenido en un cd que se entregó gratuitamente en la Feria, elaborado por Fabiano Kueva. Eso sería todo.



Me quedo con la gente a la que vi y abracé por unos segundos, con cariño, felicidad y pena. Con los amigos antiguos y nuevos, con los que son conocidos y un poco más que eso, con quienes compartí unos minutos y me abrieron su corazón. Carla entre ellos. Con esa familia a la que quiero mucho y que a pesar de que no puedo decir más que un abrazo, ellos saben que siempre voy a estar.



En fin, mejor paro que esto suena a despedida. Me faltó tiempo para todo, sobre todo para compartir, que creo que es lo que importa.



¡Salud!

jueves, noviembre 19, 2009

Del erotismo

¿A dónde nos lleva todo esto?
A un aeropuerto.
Tengo la peor cara en meses.
Tuve la mejor sonrisa en años.
No dormí anoche.
Fui feliz.

viernes, noviembre 13, 2009

En el café de la juventud perdida


"Me saqué del bolsillo el sobre y estuve mirando mucho rato las dos fotos de carnet. ¿Dónde estaría ahora? ¿En un café, como yo, sentada sola a una mesa? Seguramente se me ocurría eso por la frase que había dicho él hacía un rato: "Uno intenta crear vínculos..." Encuentros en una calle, en una estación de metro en hora punta. En momentos de esos, habría que sujetarse mutuamente con unas esposas. ¿Qué vínculo podría resistir a esa oleada que nos arrastra y nos lleva a la deriva?"

Modiano.

jueves, noviembre 12, 2009

Lo esencial es invisible a los ojos


— Quisiera ver una puesta de sol... Tenga la bondad... Ordénele al sol ocultarse...

— Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, quién estaría en falta, él o yo ?

— Sería usted - dijo con firmeza el principito.

— Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar - prosiguió el rey.

miércoles, noviembre 11, 2009

Con el apagón


Ayer se fue la luz, otra vez, a la misma hora en mi casa. Así que, huyendo de la oscuridad fui a buscar la vida en otra parte. Llegué entre semáforos y cruces imposibles a un bar donde había una exposición de fotos, pero oh sorpresa, al llegar, tampoco había luz. Así que a media luz, entre velas, empezamos los revoloteos. Yo llegaba ya ebria de azúcar así que me dediqué a endulzar y empalagar la vida de los otros. Primero letargo, luego euforia, bajón y subida de glucosa. Hablaba primero en la barra, luego en una mesa. A hablar de cerca y tocar, tocarse como para asegurar que las palabras no se vayan corriendo a otra parte. Entonces, alguien con más vehemencia que yo empezaba a acaparar la conversación, cosa que con él –mi amigo al que había invitado a debatir en mi programa en la tarde- es una experiencia siempre agradable. Luego de tanto tocarle los brazos, llegó única pregunta posible: ¿Sí comes? Él tiene un cuerpo tan delgado que es difícil creerlo vivo. Sabes, tengo problemas con la comida, me olvido de comer y como muy mal. Eres anoréxico. Pues creo que sí. Y luego, empezamos mutuamente a contarnos el menú diario y a espeluznarnos mutuamente. Yo no soy anoréxica porque me encanta comer, pero padezco de malos hábitos alimenticios. Puedo almorzar un pastel de chocolate y cenar un helado de chocolate. Puedo pasar semanas sin desayunar y si desayuno, perder el apetito en el almuerzo. Como mi amigo, me olvido de comer, se me pasan las horas, pero al llegar el hambre, puedo tragarme un asqueroso combo de la chatarrería más cercana. O simplemente, una semana puedo sobrevivir de lechugas y zanahorias, lo cual a mis compañeros de trabajo les hace perder todo rastro de patrón alguno. Mmmm… así que haces dieta y comes sano…. Otro día: ¡cómo puedes comer esas porquerías! Y otro: ¿Y tú no comes? No me enorgullezco de esto, por supuesto, lo ideal para mí sería irme a mi casa a cocinar, como hacía antes, pero ahora no tengo tiempo y me demoro demasiado en bajar y subir del monte. En fin, el caso de mi amigo es peor, él sí que es anoréxico, a más de tener un metabolismo hiper rápido que le impide engordar. Fin de la historia. Él se despidió y yo pasé a otro círculo. La luz seguía sin venir. El alcohol empezó a circular. Yo no bebo, pero un champagne barato me llegó de inmediato a las neuronas. Luego, un par de cervezas remadas y todo era un circo. La falta de luz hace que se aviven los sentidos, creo. El ambiente estaba efervescente. Empezaban a revolotear las polillas en la luz de las velas. De repente todos empezamos a fijarnos –y cuando digo todos, me refiero a hombres y mujeres- en un hombre sentado en medio del barullo que leía Slavoj Zizek y lucía tan concentrado, tan atractivo, que todos caímos rendidos a sus pies. Era extranjero, alemán dijeron por ahí. Pronto todos saltábamos como grillos tontos a su alrededor, varios se le acercaron -hombres, mujeres- a preguntarle quién era, qué hacía, qué leía y por qué coño no nos daba un poco de sí a los que lo reclamábamos. Bueno, en realidad fueron unas cuatro personas que le abordaron, entre mesera coqueta, mujer ingeniosa, amigo mío picado y alguna otra chica con ganas de su cuerpo. Yo caí en cuenta de su presencia, cuando una chica de la primera mesa en la que estuvo, se relamió los labios y nos dijo: miren esa belleza. Mi amigo anoréxico dijo sí, qué belleza, está rico, etc. Quizás fue algo más elegante pero igual de erótico. Luego, mientras conversaba con mi amigo picado, entre coqueteos, manos por la cintura, acercamientos del primer tipo, jugueteos, me atreví a decirle: mira a ese hombre, lee y tiene un buen torso. Él respondió: ¿te gusta? Me le voy a acercar. Y lo hizo. Y yo no podía creerlo. Regresó a la barra con todos los datos, que era antropólogo ni se qué, que se llamaba Christofer o algo así, etc. Una chica que estaba en el grupo improvisado de pronto empezó a fruncir el ceño y a repetir: a mí no me gusta eso. Llega alguien a Pelotillehue (la tierra de los pelotas o pelotudos) y todos se alocan. Claro, qué podías esperar querida –le dije- si somos un pueblo y tenemos que actuar como tal. Mientras, preferí seguir erotizando el material local mientras mi amigo picado me dibujaba un bigote y me preguntaba por mi ex novio, quien es algo así como su primo. Él me dibujaba un bigote de Hitler y yo trazaba sobre su labio un lunar de Marilyn. En ese punto todo parecía una película de los hermanos Marx, pero la luz ya estaba regresando. De hecho le mandaron un mensaje a otro amigo diciendo que en mi casa sí había luz. Eso significaba que debía regresar. De hecho lo hice. Y la noche acabó con sabor a champán… grand duval pero champán al fin…

lunes, noviembre 09, 2009

Sdnfvfjafbvba


Desnudar de sentido a las palabras. Dejarlas en puro hueso. ¿Tienen esqueleto las palabras? Parole. Una raíz común pero a la vez distinta dentro del cambio de experiencia sensible. Leo a Patrick Mediano en español y trato de imaginar la sonoridad de todo lo que dice, en su lengua original. Y entonces la parole es otra. Es otra la experiencia. Es otro el sabor del café de la juventud perdida. Son otras las calles y las zonas neutras de las que habla, esas calles-limbo, que son nada, que van hacia ninguna parte y vienen de ningún lado. Una zona de amortiguamiento urbano, ausente de personalidad, de morfología y hasta de olor. Las zonas neutras -casi muertas pero vivas- no existen aquí, al menos no de esa forma. En este lugar son otras , porque siempre desembocan en algo con sabor a memoria. Sospecho que las únicas zonas neutras que conozco se dan en los sueños. Alguien me contó hoy un sueño, sobre un falo que era vagina a la vez y eso le reconfortó. Amaneció feliz porque era un sueño dulce. Pero también había niños hablando en otras lenguas, en otro capítulo del sueño. Hay cierta dulzura en la tergiversación del sentido. Porque se encuentra alivio al desprenderse del entendimiento común, del sentido común, de la razón común. Y escuchamos en otras lenguas y las palabras son melosas, son sonoras, son rítmicas y no son más que eso. Y ahí viene el gran alivio, de encontrarnos, sí, en esa zona neutra. Lejos de cualquier lógica común. Entonces viene la autocomplacencia, como el sexo autosuficiente, el que se engulle a sí mismo.

sábado, noviembre 07, 2009

Fantasmas


Estoy frente a mi computadora, aterrada, mientras escribo esto. No es la noche, no es el silencio. Es medio día, hace calor. He venido a mi lugar de trabajo por un imprevisto, abajo, en los estudios graban un show pero aquí estoy sola, en mi palomar. Mi escritorio está junto a unas gradas que posiblemente alguna vez llegaron a las habitaciones de una casa de familia. Hace unos minutos yo subía despreocupada y de pronto escucho que alguien grita: ¡Quién está ahí! Respondo yo y de inmediato sube alguien cuyo nombre no recuerdo y me pregunta: ¿Tú estabas cantando? No, yo acabo de llegar. Miro su rostro, luce pálido y parecería que un frío recorre su nuca. Es que acabo de escuchar ruidos -me dice- y alguien cerró la puerta con violencia. Claro, siempre he oído que aquí hay fantasmas pero no he visto ni he oído nada hasta ahora. Yo escuché a alguien cantar -responde- hasta ahora tengo la piel de gallina... dicen que hay una chica por aquí. Lo que pasa es que esto antes era un colegio y dicen que una chica se mato aquí... se cortó las venas porque se había quedado embarazada... ¡Basta! No me cuentes eso. Yo siempre me quedo sola aquí por las noches... aún no he visto nada.

Ese relato bastó para que en segundos yo desarrollase un terror dormido. La gente aquí se marcha a las cinco y media, generalmente yo me quedo hasta las seis y media o siete, cuando sólo escucho mis propios movimientos. Sigo oyendo puertas que se abren y cierran, tan cerca de mí que finjo no darles crédito. Es el viento. Así que me levanté para cerrar todas las ventanas abiertas, tal cual película de suspense, pero los golpes de puertas y ventanas siguen sonando. He puesto música y los sonidos empiezan a cesar. Ella quiere bailar, lo sé, por eso, cuando está cerca de mí está feliz. Baila por todo el lugar y se va la pena.

Ahora lo recuerdo, quizás algún día la he visto, la he saludado. Con lo despistada que soy y tanta gente que entra y sale por aquí, es probable que se me haya pasado junto y yo sin saber quién era...


Sigo con lo mío.

viernes, noviembre 06, 2009

Monólogos



Dejemos que las aguas sigan su curso. O cambiar el curso, o aguantarse las elecciones. Monólogos interminables de madrugada. Noche de humareda y puro, ventilando por la ventana lo único que queda a las tres de la mañana: las historias privadas. Ayer fui un personaje de Stand Up Comedy, sacamos al comediante del bar de la esquina de mi casa y lo llevamos a la casa de un amigo a continuar la verborrea. Antes había llegado tarde al bar, con el monólogo ya empezado y todos me miraron como la impertinente.
Alguien dijo mi nombre. Me senté y lo demás fue escuchar el ingenio cotidiano vuelto parodia. Fue una gran sorpresa reírme a carcajada seguida, y bastante refrescante encontrar una comedia simple y desenvuelta. Iliá Endara es un comediante a tiempo completo. Lo supe cuando se excusó de seguir con la fiesta en la casa de mi amigo: Mañana tengo que trabajar. ¡Pero si tú no trabajas! Claro que trabajo. Trabajo en esto, tengo que levantarme temprano a preparar shows ¿Y qué haces aparte de esto? Nada, hago esto. ¿Y antes de esto qué hacías? Nada, intenté estudiar un par de cosas pero no se me dio.

Él vive de la comedia, me quedó claro. Pero hasta ahora no entiendo cómo lo hace. Y cuando dije que me encantaría poder dedicarme cien por ciento a lo mío, él me respondió: eso es besar sapos. En busca del príncipe, claro. Esto por supuesto tiene un amplio contexto dentro de la conversación de las postrimerías de nuestra reunión, cuando ya habían clausurado el local dos asistentes. Uno borracho hasta el tuétano y otro blanqueado por no conocer su cuerpo (esto también se dijo con su respectiva broma física). Para esos momentos ya se había ventilado una parte de mi historia, la cual yo casi desconocía a detalle y que fue fielmente relatada por mi amigo, el dueño de la casa, que era mi ex, y que se la contaba a los asistentes, entre ellos, su actual novia. Una situación medio insidiosa y hasta pérfida, si se la quisiera ver con ojos retorcidos. Para mí, era natural, hasta cierto punto, hasta ciertos momentos en los que se descarrilaba mi tren de palabras y ya no sabía lo que decía, no producto del alcohol (soy abstemia) sino de la luna, según yo. La verdad llega un punto en la madrugada en la que las palabras navegan solas y se rebelan, dejo de domarlas y se van abriendo paso en mi boca a patadas. Me levanto entonces y digo: no me hagan caso, pero si me ven hablando así (y señalo al muchacho bisexual que se había blanqueado por mezclar mal el alcohol con marihuana) denme un golpe, por favor. Porque en efecto, suelo, a veces, ser bastante impertinente y voy perdiendo la perspectiva de lo ordinario y entonces empiezan a decirme que me llama la sartén, de tanta crudeza que sale de mi boca. Carne cruda.

Pero entonces yo no pude parar la horda de relatos. Y él, mi amigo, mi ex, empezó a narrar la historia de cuando nos conocimos, con tanta claridad de detalles, que me quedé muda. Había olvidado casi todo, pero él, emocionado, sabía cada segundo de nuestras primeras citas. Y entonces, ya borracho por supuesto, empezó a revelar algo que yo desconocía: que gracias a mí él había salido del ostracismo en el que estaba sumido, que yo había abierto su capullo, que ahora era mejor persona y mil cosas más. Fue muy emotivo para mí escucharle decir esto, aunque el ambiente no era el mejor (tragos, humo, borrachos, bostezos, ojos rojos) pero a la vez sí lo era, pues se trataba de confesiones de madrugada. De madrugadas de noches larguísimas y de búsquedas infinitas. Él ahora buscaba respuestas a un amor del pasado, el de otra chica que había vuelto a su vida (no yo) y que era curiosamente la que lo había dejado en la escafandra, en el limbo del no. Las respuestas quedaron en el aire, mientras ella, su nueva novia, pareja, amiga, escuchaba todo y dejaba al destino el desatino. Había que despedirse ya, las piernas empezaban a temblar. Una noche más que atascaba los sentidos.

Y llegó mañana


Tengo un trabajito como cualquiera. Hoy poetizo a Doraemon y ayer trataba de hablar con los editorialistas y los dueños de los diarios. En este lugar la gente se choca entre sí y yo sólo ruego que nadie me saque de mi letargo de audífonos. Por favor, no me digan nada, no me pidan nada. No estoy. Alguien detrás de los recovecos de los oscuros y fríos estudios me espera con un beso deglutido. Yo lo miro y le sonrío. Me mira la cara, me mira el trasero. Ya lo sé, todo me queda bien. Pero para acompañar unos ligueros, me dice. Yo: es que no has visto mi postal. ¿Qué postal? Una, que te gustará. ¿Sales desnuda? No, pero casi. Jaja. Pequeñas diversiones inútiles. No pasa nada, no dejo que me toquen y me voy corriendo como una niña de trenzas entre los columpios.

jueves, noviembre 05, 2009

Lanzamiento y juggernautas

Ayer fue el lanzamiento del libro compilatorio de la tira cómica que aparece de lunes a sábado, en el Comercio, desde hace tres años. Ana y Milena. Autor: Patinho. Fue en el Pobre Diablo. Estuvo alguna gente y me divertí mostrando la postal en la que aparezco en ropa interior, portada de su próximo libro. La foto, cuasi pornográfica, me muestra tapando mis partes íntimas apenas con un librito abierto. Y estoy blanquísima. En un baño azul y con una copa de vino blanco en mi mano izquierda. No voy a poner la foto aquí porque no la tengo. En la presentación del libro tenía en mi cabeza el beat disco-electro-dance de Shadows de Midnight Juggernauts, una bandaza a la que me hice adicta justamente ayer, mientras escribía el texto de presentación del libro. Por supuesto que debía leerlo -para los que se quejaron que leí pésimo-. Iba a ser peor si sólo dejaba que las palabras fluyan, porque en efecto, hay algo que va más allá del pánico escénico. Y es que las ideas y su concordancia, me son esquivas cuando hablo en público. La última vez que hablé en un conversatorio, hablé huevadas, ya lo dije. Por eso, esta vez, me aseguré de leer las palabras esquivas. Me gustaría ser más showgirl.

Tomorrow... tomorrow... como dice Shadows. Es un beat adictivo. Hay que oir esta canción.



Midnight Juggernauts


Ayer se vendieron libros y camisetas y creo que vi feliz a mi amigo. Es suficiente con eso. Yo por mi parte, mi más cercano exhibicionismo será en el lanzamiento de su novela, próximamente, de la cual la fotito cuasi pornográfica -como dijo Malva Malabar- es la portada.

Ahora, el texto leído ayer, por si no se entendió más que rumores:

Entro a la casa de Patinho, está sentado en una silla incómoda y no levanta la vista. Sobre una mesa de dibujo descansan lápices, pinturas, acrílicos, cientos de papeles y revistas. Sigue sin levantar la vista, saluda. No hay donde sentarse. Él sigue dibujando con una avidez casi neurótica. Me acerco para ver lo que dibuja, quizás escribe –me digo-. Hay una mujer sobre un papel blanco. Está blanquísima, tiene lentes y un pañuelo en la cabeza. Esta es Milena, me dice. Y son como cien mujeres en una. Y junto a ella, está Ana, de rasgos más indefinidos, pero con curvas y atractiva. Ya son doscientas mujeres. Las que cuelgan de sus paredes, las que le susurran al oído. Esas, tan resueltas como un retrato de nadie. Tan indecisas como esos planes jamás concretados. Ellas hablan de todo, le hablan de todo. Y empieza entonces el mundo paralelo. Se van sumando las voces, ellas exigen amigos, padres, acompañantes, hijos, compañeros de trabajo, amantes, novios, mascotas. Un calco libre y arbitrario de Quito, de un Quito de papel periódico que circula desde lo cotidiano pero que le roba las ideas a lo inusitado. Y es que esta ciudad está llena de excepciones, muchas mordaces, algunas desde un snobismo descarado y quemimportista, y a veces desde la más descarnada ingenuidad. Pero alguien tenía que hacerlo. Alguien tenía que robarle las palabras a los cuerpos. Sospecho que al principio, cuando él esbozaba estas dos mujeres de siluetas ideales, sólo sabía de eso, de cuerpos y palabras. Y llegaban los cuerpos en distintas posturas y las palabras que se acomodaban a esas bocas, a esas piernas cruzadas, a esas espaldas descubiertas. Pero las palabras entonces, llegaban también desde otra parte. A veces como un cameo infinito o como una disgregación de sí mismo. Desde esa filoginia, esa filiación que hace que las líneas femeninas sean en gran medida los derroteros de su obra.
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En Ana y Milena encontramos un entorno social que de hecho es único en su especie, porque se representa a sí mismo y Patinho da muy pocas concesiones a la hora de “retratarnos”. No obstante, constantemente nos topamos con abundantes guiños y localismos que además de recoger situaciones coyunturales políticas o sociales, nos llaman a “ser los entendidos en la materia”. Me explico, a veces hay que saber quién es Hugo Hidrovo, Ernesto Ortiz o Marilú Vaca para entender mejor el chiste ¿no? O incluso haber visto los últimos estrenos del cine nacional para cogerle el hilo al cómic. Patinho, a diferencia de lo que pensaríamos, sí deja títere con cabeza, no es cuestión de hacer leña del árbol caído, simplemente se trata de avanzar por los dulces recovecos de la fina ironía.


Pero también está el Ana y Milena para avanzados, en el que a veces a todos nos ha costado descifrar a qué se refiere, y nos hemos quedado con un “exijo una explicación”.


No obstante, y para no aburrir más, conociéndole al Patinho puedo citar una frase que describe perfectamente a su alter ego y mi personaje favorito: el pug Patiño, mascota de Milena: “Se trata de un simple caso de esquizofrenia alucinatoria con ira narcisista involuntaria”.



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Tomorrow... tomorrow...

¡Salud!

viernes, octubre 30, 2009

la vida es linda, dicen

Estoy sentada viendo el desfile. Camina ella con la cara de acné y la sonrisa de la belleza porfiada. Una capa de base no es suficiente para detener la tristeza. Los parlantes me quitan equilibrio y me pongo papel higiénico en los oídos. En la tarde Carolina comía lo mismo que yo y se quejaba de lo mismo que yo, pero no era lo mismo. Porque yo me senté en la mesa de todos y miré a una señora, a una muchacha, a una beata, a una mujer con la bragueta abierta sentada a mi lado, que comía lo mismo que yo, un asqueroso combo de Mac Donalds. Y entonces me fijé: era Carolina. Y cómo es posible tanta decepción inodora, cómo es posible cagar sin olor, me pregunto. Porque en un segundo le conté que el sosiego había partido sin llanto y que yo me había quedado raspando la puerta como mi perro. Que la señorita de negro, que fue señora por unos días, semanas o meses, estaba llorando y gritando a 4 grados, arriba, al norte, sola-sola, y ninguna de nosotras estábamos allí para abrazarla y decirle que la vida a veces puede ser más linda que eso. Y yo que sigo en el desfile, mientras los besos en el cachete se vuelven esterilizantes y ya no tengo miedo de la gripe.

Recogí a un cachorro enfermo en la calle. Lloraba desesperado y me lo llevé a la casa. Cagó y meó por todos lados, como en el desfile, y tuve que limpiarlo todo con mis manos y con las huellas de mi perro blanco, desperado por ser el único en mi vida. Entonces mierda y meados, bacterias y virus. Albergue de perros. ¿Dónde lo encontró? En la calle. ¿Por qué no se lo queda usted? Porque no puedo tenerlo ¿Pero no tiene algún amigo, conocido o familiar que quiera quedárselo? No, no tengo ¿Está segura? Sí. ¿No tiene a nadie? No tengo a nadie. ¿Es usted de aquí? Sí. ¿Tiene algún documento de identidad? Sí, cédula. Espere un momento.

El perro moqueaba en mi bolso, sobre mis manos, sobre mis brazos y me miraba con ojos de pronta muerte. Vaya a sacar una copia de su cédula. Ok. ¿Quiere hacer una donación? Mmm bueno, lo que tenga, 20 dólares... ah no, sólo tengo diez. Bueno, le hago su factura. (...). El cachorro está enfermo, quizás tenga moquillo. ¿Va a morir? Tal vez, si es la fase temprana puede salvarse. Ah qué bueno. ¿Ha tenido diarrea? Mmmm sí. Uy eso es complicado.

Salgo sin mirar atrás.

El desfile continua y veo disfraces de luces apagadas. No te sorprendas de verme aquí, si nos vemos todos los días en los mismos lugares, con la misma gente,las mismas bebidas, los mismos trapos. Alguien me pregunta si hablo inglés. Sí, como idiota, con un acento gringo mal pronunciado, con palabras inventadas, con impotencia silabar, pero sí, hablo. ¿Qué dónde hay un café net? ¿A esta hora? ¿Y para qué chuchas quieres un café net a la una de la mañana? Qué me importa a mí eso, por eso no lo pregunté y di todas las señas amablemente. Es bonita esta ciudad, me gusta, nunca me imaginé que sería así. ¿En serio? Yo nunca imaginé nada. Se parece a Madrid. Y aquí la respuesta más badulaque que pude haber dado: ah es que somos mitad españoles. Tenía ganas de escupirme a mi misma cuando salió de mi la siguiente parte de mi frase: y mitad indios. ¡Guaj! ¡Qué asco! ¿Cómo pude responder eso? Respuesta a ninguna pregunta, además. No somos mitad nada, no somos esos panes mestizos que tienen mitad harina blanca, mitad centeno. No importa, era un ruso exotizando, le daba igual. Me llamo Alexei. Claro, típico. ¿Cómo típico? Y entonces, mi risita sarcástica estaba totalmente fuera de lugar, porque no podía ponerme a explicar -además en inglés- que por estas tierras unos comunistas sesenteros, setenteros, ochenteros, quisieron llamar a sus hijos con nombres de la nueva madre patria y así asomaron los Alexeis, los Sergeis, los populares Lenins, los menos aceptados pero no menos populares Stalins, los Vladimires, y los sutiles Ivanes. No, me callé y sólo dije, ah es un típico nombre Ruso. Un Pepito más. Como todos, como las 400 almas.

Es hora de irse. Y no hay respuesta a nada. Los mensajes quedaron muertos, porque no sabemos que adjetivo nos ajusta, pero hay que ajustarse a algo. Y hay que dar aunque es difícil. Y no tengo idea de qué es lo que hay que dar, pero los mejores deseos -como en una fiesta de cumpleaños que nunca se celebró- se quedan pastando arena. "La felicidad nunca hizo feliz a nadie". Ya no recuerdo de quién es esa cita.

Alguien se perfumó, yo busco mis antihistamínicos.

lunes, octubre 05, 2009

in memoriam

Yo soy, yo soy, yo soy
Soy agua, playa, cielo, casa blanca
Soy mar Atlántico, viento y América
Soy un montón de cosas santas
Mezcladas con cosas humanas
¿Cómo te explico? cosas mundanas.

Fui niño, cuna, teta, techo, manta
Más miedo, cuco, grito, llanto, raza
Después mezclaron las palabras
O se escapaban las miradas
Algo pasó, no entendí nada.

Vamos, decíme, contáme
Todo lo que a vos te está pasando ahora
Porque si no, cuando está tu alma sola llora
Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera
Nadie quiere que adentro algo se muera
Hablar mirándose a los ojos
Sacar lo que se pueda afuera
Para que adentro nazcan cosas nuevas.

Soy pan, soy paz, soy más
Soy la que está por acá
No quiero más de lo que puedas dar
Hoy se te da, hoy se te quita
Igual que con la margarita
Igual al mar, igual la vida.

viernes, agosto 14, 2009

Videncia

Tomado y bebido de El Comercio


Hace unos meses decía ‘que no panda el cúnico’ porque no hay tal pandemia. Lean más abajo, lo digo. Hoy paso por la avenida y en un quisco luce un vistoso papel periódico decorado con la loada frase: la gripe ya es de todos. En la mañana mi té amanecía junto a Patiño con AH1N1. Correa está en observación. Fumigan Carondelet y los turistas entran al Palacio del Barón con mascarillas. Un militar en el Espejo con respiración mecánica. ¿No es siempre mecánica la respiración? El hombre verde yendo y viniendo, evitando ser morado por la falta de oxígeno, permaneciendo verde con una máquina robándole el aliento y devolviéndole el alma en dos segundos. Ffffff cccgggg, Ffffff cccgggg… Su chofer, rústico y de poca importancia, había llegado al mismo hospital pero le dieron una patada en el culo porque “el dolor de garganta no tiene nada que ver con el virus”. Y luego nadie sabe de qué se muere la gente. Pero Correa es inmortal. Si Correa se contagia no se muere. La ecuación es simple. ¿Cómo es imposible que un presidente se muera por una peste? Eso no pasa. Yo estornudo, moqueo un poco y me preguntan ¿estás enferma? No, tengo alergia. Respiro polvo, plumas, lanas, tierra, palomas, perros, césped, células muertas, ácaros, hollín, alquitrán, nicotina, dióxido, monóxido, mierda, meados, agua con cal, agua con cloro, lixiviados, mierda de caballo, de perro, de paloma, de ácaro. Y esa es la que me jode, la mierda de un animal invisible.



Hoy alguien amanecía con ganglios inflamados en las ingles –es la gripe, es la gripe- y yo pensaba en mi perro tembloroso, hecho un manojo de nervios -como diría mi abuela- mientras su verdugo lo encarcelaba y yo me despedía con sus ojos clavados en mi garganta, dibujados hacia abajo, con una media luna blanca y su idea-instinto de separarse para siempre de mí, con desesperación, con miedo, con terror, con un hasta nunca angustiante. Sólo iba a la peluquería pero él creía que iba al cadalso. No importó, todo detonó en un baño en agua hirviendo, quemándome la cabeza con una performance funesta de muerte, de ojos que se van llenando de luna llena, de estertores, y mi corazón extrayendo nada. El vacío de los sin alma. Cargando un cuerpo blanco, frío, sin saber qué hacer con él, si enterrarlo, si botarlo al basurero. Porque es sólo carne y en el mundo de los piadosos no hay tierra lo suficientemente santa, lo suficientemente bendita para enterrar a un sin alma, como habrán declarado por ahí en algún concilio vaticanesco. Por eso el nudo, las lágrimas y los pálpitos de los llamados suyos desde no se donde, pidiéndome ayuda, pensando en mí cada segundo. Quizás es la culpa de los periódicos, por hacerme amanecer con un halo de pronta tragedia. O como dice Andrés Neuman en una torpe entrevista del tartamudo de los medios: “la escritura es un análisis del dolor. Todo se clarifica con la ficción…”



Lo veo, lo veo, lo veo…

jueves, julio 23, 2009

Lomas y colchones


Señores,

Taca taca taca taca taca taca. La bajada en helicóptero y la salsa de tomate en mi cabeza. Ayer fui testigo de una escena decimonónica. Otra vez la peste. Una mujer se desplomó a mis pies. Era rubia y blanca y traía un bolso otavaleño o quizás peruano –con eso de que ahora traen todo de allá-. Íbamos todos odiando a la humanidad. Una señora se pelaba con los de la puerta para que se quiten de ahí y éramos testigos de la clásica pelea “placera”. En un ecobus. No había mucho oxígeno, había que arrancharse las partículas de aire y la rubia, blanca y gringa se quejaba. Put your head out of the window. ¿Don’t you see I can’t? ¡My head is bigger than this space! El bus seguía embutiéndose en cada parada y la rubia gringa blanca empezaba a odiarnos a todos. Mi parada. Cincuenta personas compactadas en un espacio para quince. Empujones y hasta patadas. ¡Enferma por favor! El acento con ‘eres’ de colchón de aire se desinfló encima de la horda de pasajeros. ¡Plaff! A mis pies la que iba ligera, la que iba pálida, la que iba fina perdía su alada esencia y caía como en un colchón de ‘eres’ gringas porque su caída fue tan suave, tan acolchonada, tan melodiosa, que caía ligera, pálida y fina, indolora, insonora e insípida. Con los labios blancos, cuarteados, los ojos en 180 grados, los brazos tocando la mugre del piso, la gente pasando por encima, sin mosquearse, entre ellos yo, que la tenía a mis pies, que la miraba con incredulidad, con miedo, con asco, con plasticidad, con tontería. “No necesitan de mí”. Y me fui con la AH1N1 bailando y saltando entre las cabezas de todos los que entrábamos y salíamos de la estación. Viéndonos con cara de muerte, oliendo los sueros, detestando la idea de pasar todos los días por un hospital de niños.

Pero yo no le tuve fe al desmayo de la gringa. No fue el desmayo del corsé, no fue el de la tuberculosis ni el de la peste. Hoy pienso que era la venganza de Moctezuma tal vez, el alma hecha agua. Deshacerse en el tercer mundo, disolverse entre mierda es la metáfora más acertada. Hay que venir y licuarse para saber lo que nuestras entrañas contaminadas contienen. Nosotros tenemos los parásitos adentro, no parasitamos, nos parasitan. Salmonella. Campaña de vacunación para la Hepatitis.

Todos los días veo gringos bajando del monte. Yo subo y bajo del monte todo el día y cada vez me pregunto más: quién quiere vivir en perpendicular, sintiendo que se te cae la vida por la ventana todos los días. Terrible geografía disfrazada de exclusividad. Pero el reino de las alturas se está acabando. Veo todos los días desde la lomita con bella vista, como durante meses no se arriendan departamentos que primero decían: se vende. Luego: se arrienda. Luego: se vende o se arrienda. Luego: haga lo que sea con esta mierda de lugar, yo me quiero ir a vivir en un hueco plano, caluroso y exclusivo. Primero se sube, luego se baja. Casas, mansiones abandonadas. Hay barrios en esta ciudad que parece pueblos fantasma o el reino de las empleadas y los jardineros. Yo espero media hora mi busecito, y las empleadas, los jardineros, los plomeros, los pintores tienen tanta paciencia para drenar cada día una hora de espera en el limbo de una parada de autobús. Los gringos salen de ver la edad de la ira, y esperamos todos juntos, a veces nos miramos, otras empezamos a leer las nubes, las paredes, los baches. A veces no llega el bus y todo se disuelve.

Me vi llegando tarde a todo.

Debo irme,

Att,

D.

martes, mayo 19, 2009

Nota mental


Desde el día que dejé de escribir este blog (sin querer) han pasado muchas cosas. Se fueron los EDOC (Festival de documentales) y me dejaron una reflexión coyuntural: mi excelente puntería para elegir las peores opciones. En ediciones pasadas, aunque igualmente me intoxiqué con “la estética de la verdad” (frase maniquea) logré ver maravillas. Trabajos que me impactaron y que los comenté en este blog. Este año tuve problemas para trascender la temática. Me dije a mí misma: no quiero temas sociales ni sufridores. Y creo que en esa discriminación, me perdí algunas de las grandes películas. O quizás no. Muchos salían emocionados de Ojos que no ven, un documental sobre mujeres (onda derechos) pero yo no le hice el menor caso. Mi primer criterio, al comprar el pasaporte y tener el folleto de la programación, fue el de la temática. Cosas o situaciones que me atrajeran, y directores consagrados de quienes ya he visto y disfrutado otras obras. Así, escogí El Retorno a Normandía (que resultó bostezable), sobre una película basada en un libro de Michel Foucault, el cual a la vez era la recopilación del expediente de un caso de parricidio en el siglo XIX. Yo había leído el libro y por eso escogí el documental. Mala elección. Luego quedaron como fijo los documentales de Werner Herzog y de Juan Carlos Rulfo (hijo de Juan Rulfo, lo cual finalmente, resulta un dato innecesario), que aunque no decepcionaron y confirmaron que su excelente manejo narrativo y estético, no terminaron siendo tan extraordinarios como uno esperaba. También quise ver uno sobre Phil Spector, el mítico productor musical papá del pop, los hits y la música comercial, además de supuesto asesino. Y de ahí me fui por los thrillers: “El Suizo, sospechas en Ecuador”, sobre un suizo que fue acusado de asesinar a su esposa en Ecuador… y bueno, él no fue; con todo le tocó enfrentarse al monstruo de la justicia ecuatoriana. En la misma línea dramática, aunque con una temática completamente distinta, vi “Lucio”, un thriller policial acerca de un albañil anarquista que logró hacer la estafa más grande al Citybank. Creo que este fue el mejor documental que vi, y lo digo por su impecable construcción narrativa lineal y a la vez no-lineal, por los recursos dramáticos limpios y al mismo tiempo, por poner el golpe de efecto donde es necesario.



Lo que nombro fue lo mejor que pude ver. Quizás mis gustos se adulteraron en este año, pero no tuve mucha paciencia para algunos trabajos anunciados como excelentes. A algunos no les terminé de hallar el gusto. Me gustó Ross McElwee, pero siendo sincera, a la tercera película me hostigué del intimismo documental. Aunque, después de todo no me quejo, sólo me faltó tiempo. Sigo siendo fanática de los documentales.

lunes, mayo 04, 2009

Muerte en Venecia



El adagietto de la 5ta sinfonía de Mahler debía estar sonando en mi cabeza. En los parlantes sonaba Simone distorsionada por un mp3 a todo volumen, desde el que dos muchachos decidían que era mejor escuchar un hip hop más parecido al regetón. La ciudad escupía plomo y yo pensaba en los cinco muertos hallados en el Kalypso, envenenados por monóxido de carbono. Cuatro mujeres y un hombre, de un promedio de 20 años. Alguna familia perdió tres hijas y me imagino la cara de los padres al saber que todos estaban hospedados bebiendo en un motel. Creo que fue una muerte gaseosa feliz. Un titular: cinco muertos en orgía de sexo y alcohol.

Regreso a Mahler, entra una persona tras otra, el autobús no huele mal pero algunos tosen y otros estornudan. El bus se detiene, desde un quiosco una revista seria dirigida por el Gárgamel de los medios asegura en su portada que se trata de una pandemia. ¡Qué imbécil!, me digo, hay un sólo caso controlado en Colombia, hay menos de veinte muertos, el retroviral a tiempo detiene el virus… pero sí, si somos puristas en efecto se trata de una pandemia. “La reunión del pueblo”. Venecia en 1911.

Está por terminar el Adaggieto y entra Tadzio. La caja metálica y sucia se ilumina de pronto. Mis ojos no pueden abandonarlo, no entiendo cómo es que nadie más lo mira, o quizás sí lo hacen. No sé si él entienda aún su poder, pero su nariz romana es suficiente para mí. Tadzio tiene el cabello castaño, no es rubio, su piel es de una blancura acariciada por el sol, tiene una barba incipiente que quiere abrirse paso en su piel lisa y perfecta, dejar la infancia y dar paso a la testosterona. Tiene poco de niño ya, pero su juventud es extrema. Jamás en ese lugar nadie se verá más lleno de vida que él. No quiero que termine el viaje, quisiera seguirle, me entra una angustia boba cada vez que para el autobús. Tadzio no se baja y respiro aliviada. Voy media hora atontada en su perfil plácido, estudio la bajada de su frente, la unión con su nariz, la punta recta, larga y respingada a la vez, el borde de sus labios rojos y blandos de única firmeza y redondez, la línea del mentón ruda y delicada, el borde de sus maxilares rozando su pelo algo arisco. Parece John John a los 16. Pero no, es Tadzio aunque sin androginia (o tal vez la adolescencia siempre es andrógina) y yo soy Gustav camino a la muerte. El silencio de la belleza que, contenida en sí misma, no es más que eso. No tiene nada más que decir.

Gustav Von Aschenbach, Gustav Mahler. Thomas Mann y su viaje a Venecia en 1911, donde según su esposa, ya enfermo de muerte se embelesaría con aquel muchacho polaco de belleza perfecta, al que vio en el hotel donde se hospedaba. Por esos días había llegado la peste del Cólera a esa ciudad, todos empezaban a huir. Así nació Muerte en Venecia, la novela corta publicada en 1912 en la que se basó Luchino Visconti para hacer una versión cinematográfica en el 71. Dos obras maestras. Gustav escritor en la una, Gustav compositor en la otra. Mann se inspiró en Mahler, cuyo adaggieto es maravilloso. Mann supo entender y revelar el secreto de la atracción terminal hacia el purismo de la belleza. Y en eso me encontraba yo al ver a mi Tadzio con traje blanco y corona de laureles en el escudo de su colegio. Llevaba uniforme. USA Academy. Me reí idiotamente cuando pensé: ¿Cómo es posible que haya una belleza así en un colegio de medio pelo? Mmm, tal vez no lo es. Quizás de donde viene hay muchos más cómo él. Yo no he encontrado otro de su edad que me magnetice de tal manera. Por primera vez quise que el insoportable viaje en bus no terminase nunca, como diría Nietszche, “el placer es más profundo que el dolor, porque queremos que dure para siempre”…

Mi cuadro era perfecto, su perfil de niño romano (pensando en Satiricón de Petronio, de Fellini) se me ofrecía en panorámica. Cada vez que alguien se levantaba de su asiento, él intentaba buscar puesto, pero para mi suerte, nunca lo encontraba mientras yo me hallaba rogando sin saberlo –como Gustav en el pasillo del hotel- una pequeña mirada suya. Finalmente hubo un cruce de ojos de segundos, cuando la persona sentada junto a mí se levantó y yo deseé con todas mis fuerzas que Tadzio se sentara allí. En ese instante, yo me puse de pie para dejar salir al estorbo y él me miró. Yo habría querido decirle: “ven, siéntate aquí”, pero en ese segundo, una señora gorda y su hijo gordo me empujaron y ella se sentó en el lugar guardado para mi Tadzio. Él volvió a su perfil y a mirar al horizonte con gestos pequeños e infinitos. Por instantes largos mis ojos reposaban en su boca y entonces imaginaba una historia, luego en su nariz, imaginaba otra, sus ojos, otra, su barbilla, una más, sus mejillas…

Tadzio, delgado, alto, de buena contextura ósea, camiseta blanca, pantalón de calentador azul, vistiendo, calzando las ropas con esa ligereza que solo un colegial conserva. Y yo, esperando otra mirada. Al fin llegó la parada masiva y yo sin saber que era la mía también. Tadzio se bajó y yo entendí que yo también debía bajarme. No iba a seguirlo, no tenía a donde. Pero lo seguí por unos cuantos metros porque ese era mi camino también. Tadzio, entonces, caminaba lento, sin apuro ni urgencia, sacó un cigarrillo justo cuando igualamos paso. Le miré, supe que me miró, pero no tuve más que acelerar mi paso. Yo caminaba erguida, feliz, exultante. Podía escuchar su paso detrás de mí, giré una última vez para verlo; sabía, como Orfeo, que no debía. Pero lo hice. Mi Tadzio regresaría al Hades como Eurídice. Lo escuché tararear una canción detrás de mí por unos larguísimos segundos. Era una melodía hermosa, vi sus pies cerca de los míos. Y la canción. Juro que seguí escuchando la melodía cuando giré por última vez y él ya no estaba. La quinta sinfonía de Mahler, podría jurarlo. Tadzio se fue de Venecia para siempre…

jueves, abril 30, 2009

Y el ganador es...

Leyendo el veredicto en el Minsiterio de Cultura


Es extraño, o quizás digno. La gente odia perder y estar frente a la evidencia de la derrota. Pero a muchos les mueve más la posibilidad, o la esperanza de ganar y por eso asisten a las entregas de premios. O quizás en muchos casos es una actitud “polite”. Hoy en la mañana se dieron a conocer los nombres de los ganadores del Sistema Nacional de Premios, patrocinado por el Ministerio de Cultura. Hubo asistencia, no tanta como uno podría imaginarse, la mayoría de implicados o concursantes talvez no se enteraron del evento y por eso no asistieron, quién sabe. Muchos de los ganadores ni siquiera estaban presentes, sobre todo los del premio César Dávila Andrade, el cual consistía en una beca de 2mil dólares durante un año, para la creación literaria. Los seis nombres que se escucharon, en su gran mayoría, son sinónimo de una larga trayectoria en las letras. Jorge Dávila Vázquez, Juan Valdano, Gabriela Alemán, Jorge Martillo, Huilo Ruales y Carlos Vallejo (no tan conocido como los anteriores, pero con su recorrido en poesía) fueron los beneficiados. No hay nada que juzgar ni criticar en este aspecto, las bases eran claras. Se buscaban escritores de reconocimiento, trayectoria y obra publicada. La elección me parece justa dentro de esos términos. El problema viene por otro lado, pero dejémoslo para luego.

Esta fue la primera categoría leída de las once convocadas. Había bastante incredulidad en el ambiente. Como que los artistas, escritores y creadores concursantes aún no podían creer que por primera vez en la historia de este país se premiara “porque sí” la obra artística que tradicionalmente ha sido considerada inservible. Y digo “porque sí” debido a la postura oficial tradicional frente a la cultura, en la que hasta hace poco, era impensable y absurdo “regalar” plata al artista. Por ese motivo, creo que este es un gran avance y un buen momento para el arte y las letras nacionales, pese a no estar totalmente de acuerdo con el escogitamiento de las categorías convocadas, las cuales tenían más de un error en sus bases y concepción, no obstante, vale por demás la pena la existencia de un sistema de premios de este tipo.

Estos errores de los que hablo se hicieron evidentes hoy, cuando los convocantes anunciaron que se declaró desierto el concurso Música de los Andes, el cual iba a premiar una categoría sin mucha acogida, una especie de música folklórica que además curiosamente tenía como cinco subcategorías con varios premios cada una, las cuales desde un principio me parecieron fuera de foco. Este era extrañamente el apartado más extenso, pues los otros constaban máximo de tres premios por categoría o de premio único. Hay que decir las cosas como son: Pueblo Nuevo. No diré más. No obstante, al exministro le salió el tiro por la culata pues se vio que no tenía sentido esta categoría y sus subdivisiones. No hubo ganador porque, al parecer, nadie participó. Me pregunto ¿A qué obedeció la tontería de poner tantos premios en un género al que ni siquiera a sus creadores les interesa participar? No tengo respuesta.

Ahora, más allá de estos tropiezos, insisto en la buena voluntad del premio, si bien es cierto, muchas categorías que podrían ser importantes quedaron fuera. Me refiero, por ejemplo, al arte contemporáneo. Hubo premios para teatro, literatura, novela, ensayo, danza, pintura, fotografía, música popular y música contemporánea, pero ¿qué pasó con el resto de manifestaciones artísticas que pueden tener cabida? ¿Porqué, por ejemplo, en vez de poner un apartado absurdo como el de música de los andes –que nunca se entendió qué mismo era- no se puso una categoría más popular y abundante como la música urbana, en donde entrarían diversos géneros como el pop, el rock (y todas sus variantes), el jazz, el metal y demás fusiones?

En fin, lo bueno de todo esto es que se hizo un mea culpa y se reconoció que las bases tenían falencias, que los jueces habían hecho observaciones y que en futuras ediciones se tratará de pulir errores. Esperemos que así sea.

Ahora, frente a la incredulidad de casi todos los ganadores, a lo inédito y maravilloso de ganarse 30mil dólares –que vienen del estado- por una obra terminada, como es el caso de Peky Andino en la sección Dramaturgia, Lucho Pelucho Enríquez, en Música Contemporánea y Juan Caguana en Pintura, queda la decepcionante reflexión de lo mal que estamos como germinadores de cultura. Y con esto no descalifico a los premios que ganaron, por cierto, varios amigos míos y que me alegro inmensamente, si no que retorno a esa incredulidad para entendernos como sociedad básica. Sospecho y huelo un aire de paternalismo y premio consuelo. De lado y lado. Sí, en parte es un “ya era hora” pero, por otro lado -y es el decepcionante- está la poca naturalidad y la absoluta impostación que se percibe en la entrega de estos premios, que en cualquier sociedad respetuosa del arte y la cultura, apenas serían normales y comunes. Nada de subsidios, ni de qué-más-quieren-que-les-estemos-dando-plata. Tal vez peque y me equivoque al discernir el talante de los dadores, no obstante, los recibidores también actúan de esa manera. Muchos, los grandes, los que tienen nombre, no asistieron porque sí (o tendrían mejores cosas que hacer). Parecería que aún piensan que el pastel siempre va a ser para unos pocos. Pero en realidad no fue así y eso aún es lo más alarmante.

Tengo las estadísticas de los premios. Cuántos concursantes por categoría, cuántos por provincia. Y analizando eso, las probabilidades de ganar eran realmente altísimas porque -y es triste decirlo- la participación fue bajísima en todas las categorías. En unas más que en otras. Esto nos remite a un problema más profundo y a una pregunta simple: ¿Por qué no participó más gente? Posibles respuestas: por incredulidad, por desinformación, por pereza, vagancia o esclavitud laboral, o porque simplemente es un país de pocos creadores. El puntos substancial es que se trata de un país que no ha desarrollado las humanidades y las artes, es lamentable decirlo pero es un hecho. Y hay que confrontarlo con otro suceso para entenderlo en su verdadera dimensión. En las primeras convocatorias que lanzó el Ministerio de Cultura en el 2007 participaron cientos, y ganaron 300 proyectos de cualquier cosa. De esos, pocos son los que han visto la luz o tenemos conocimiento. ¿Por qué la participación masiva en esa convocatoria y la pobre de ahora? Simple, por algo que se conoce como rigor. En esa convocatoria las bases eran simples, no debían presentar nada hecho, todo estaba por hacerse. Era el perfecto escenario para el soñador. Ahora las cosas cambiaron, mal o bien, hubo bases claras y la mayoría de premios pedían obra terminada, trayectoria, calidad… Ups, ahí entramos en un problema. ¿Cuántos son los escritores, artistas, intelectuales, creadores a nivel nacional que cumplen con ese requisito? Pues ya se ve, son tan pocos que las dos manos bastan.

Podría pasarme horas argumentando las causas de este problema social que nos aqueja (sí, lo es aunque no lo crean), los motivos de nuestra desazón frente a la cultura, las letras, las artes y el pensamiento, pero creo que no es momento para llorar sobre la leche derramada sino para tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos todos como sociedad. Es nuestro deber ser partícipes activos de la cultura, no sólo del estado. Sin público el teatro muere, sin lectores, la literatura agoniza. Es una responsabilidad de lado y lado, y creo que ahora es el momento de ser generadores de cultura. Aprovechando el apoyo estatal, que espero sinceramente que dure para siempre, y proponiendo y poniendo en práctica verdaderas reformas curriculares que refuercen las artes y las humanidades desde la escuela. Hay que generar creadores y públicos como política de estado, y desde políticas públicas y privadas. Es menester hacerlo.

Del mismo lado, el otro punto que preocupa es la escasa participación de provincia. Quizás se deba también a un problema de difusión (incluso en Quito), pero creo que el punto central es que en el resto del país la escasez de producción cultural es vergonzosa. Recientemente estuve de visita en una ciudad del norte, en donde desde hace años no existen cines (¡!) y los eventos culturales existentes (por celebraciones cívicas) se llevan a cabo con artistas quiteños contratados. Esto es un modelo que se repite en mayor o menor medida en varias ciudades y se ve reflejado en la lánguida participación de provincias en esta convocatoria.


Según las estadísticas, en el premio de pintura, 34 fueron participantes de Quito. El resto de provincias (8) tuvieron entre uno y cuatro participantes, salvo Imbabura con nueve. Nótese que este fue el premio con mayor número de aplicantes y con más provincias inscritas.

En el caso, por ejemplo, de la beca a la creación literaria, participaron apenas 16 personas de las cuales, 7 son de Pichincha, 3 de Guayas, 2 de Loja, y de Bolívar, Cañar, Cotopaxi e Imbabura, apenas una cada una.

En general, en todas las categorías los concursantes van de 20 a 25 +/-. Y en la de dramaturgia, sorprendió (aunque poco) el hecho anunciado de que hubo un solo participante, quien, según se dio lectura en el veredicto de los jurados, fue premiado porque su obra era de calidad y básicamente se lo merecía. En producción teatral hubo 25 participantes, lo cual me deja nuevamente pensando. Hay tantos grupos de teatro -sobre todo en esta ciudad- pero una escasez de dramaturgos. ¿A qué nos estamos enfrentando, entonces? ¿Facilismo? (Es mejor y más fácil montar obras de dramaturgos internacionales, hacer monólogos o la famosa creación colectiva, que trabajar textos propios con el rigor de la dramaturgia). Las bases prohibían claramente los monólogos (extrañamente abundantes por estos lares) y solicitaban obras con por lo menos tres personajes trabajados. Con este dato podemos tener una pequeña idea de la situación de la creación artística en nuestro país, creo que no necesito decir mucho más.


Es muy generoso e incentivador contar con un sistema de premios de este calibre. Es realmente una gran oportunidad para la cultura del país. No obstante, es responsabilidad de todos estar a la altura de las oportunidades y no hacer de este incentivo un subsidio paternalista “de cualquier cosa”. Hay que pugnar por generar más y mejor producción artística o intelectual. Hay que apuntar a la calidad, al respeto al público y a la contribución sólida y real a la construcción cultural del país. Con esto no descalifico lo que ya se ha hecho y se está haciendo, para nada, pero aún falta más…

miércoles, abril 29, 2009

El poder astringente de la tragedia o lo que vendría a ser lo mismo, el poder astringente de la epidemia.


Ya llega, ya viene. La gripe porcina entrará por el aeropuerto, donde todos visten máscaras delicadas de un papel que parece tela pero no es tela. ¿Será que eso les/nos protegerá frente a un virus mutante, de cepas desconocidas mitad humanas, mitad animal? En el Hospital Eugenio Espejo los sospechosos moqueantes entran de dos en dos. En México ha habido veinte casos mortales, entre una población que supera los 103 millones. -Con comentarios-. Me pregunto, ¿Se trata en verdad de una pandemia? ¿Las personas que vengan desde México a Ecuador, por esas casualidades del destino, justo serán las contagiadas?

Todo parecería indicar que la explosión demográfica y el avance tecnológico, por lo tanto, el mejoramiento de la supuesta calidad de vida, van de la mano, y con la reacción de las autoridades mundiales, a primer esbozo se sobreentendería que en los actuales tiempos se valora más la vida humana. Y cuando digo la vida, me refiero a UNA vida, la individual. Por lo tanto, el individuo supuestamente ha adquirido mayor importancia y protagonismo. Todo esto me viene a colación porque recuerdo las pandemias históricas, las pestes bíblicas, en las que no morían veinte, sino cientos y miles. Y claro, estaría redundando en el absurdo y en la incapacidad analógica desde el punto de vista de los alcances humanos frente a la ciencia y la tecnología, pero… ¿Una mascarilla en verdad protege tanto como para frenar un embate perverso de natura? ¿A este artefacto tan simplón se le puede considerar el gran avance tecnológico y de progreso científico? Sé que detrás de las medidas de prevención aparentemente básicas y simples hay (o debería haber) planes de contingencia frente a un brote epidemiológico, que lo que buscan es crear cercos y contener el avance del virus, además de la importación masiva de retrovirales, etc. Pero entre eso y la cuarentena del siglo 17, la cal en las calles e incluso el venenoso DDT usado hasta mediados del siglo 20, sinceramente no veo un gran avance. Quizás la acción de pánico, o la respuesta paranoica, por su rapidez, sirvan de bastante para contener el avance de la epidemia y así evitar la temida pandemia. Veinte muertos es un número suficiente de muertos para que el mundo se sienta amenazado. Una guerra mata 200.000 civiles y su heroica inmolación obedece a otras leyes terrenales. La voluntad del hombre sobre la muerte es un tema verdaderamente retorcido e ilógico. Y en este punto recuerdo las palabras de Ramón Sampedro, el tetrapléjico que sirvió de personaje para la película Mar Adentro de Amenábar. Para él, el ser racional inclina su lógica hacia la dignidad y aborrece el sacrificio inútil, el sufrimiento estéril. Cree que el sufrimiento prolongado es siempre estéril, por lo tanto el heroificar el dolor es una manera de dominación del débil, por parte de las “castas” dominantes, llámese estado, iglesia. En el libro que publicó antes de ejercer su derecho a morir dignamente, él analiza esa contra-lógica del ser humano: el permitir legalmente el asesinato (en el caso de la guerra por ejemplo) y por el otro lado, el aborrecerle por querer acabar con esa no-vida que él le llama “el infierno”. Precisamente su libro se llama “Cartas desde el Infierno” y más que una autobiografía, es un compendio de cartas y poemas que narran su situación, su ideología, su postura frente a la vida y la muerte, y su lucha por hacer prevalecer su voluntad.

Ahora, ¿Qué tiene que ver todo esto con la gripe del chancho? Todo y nada. En apariencia, el hecho fortuito de quedar tetrapléjico está bastante lejos del otro hecho fortuito que significa ser contagiado por una peste. Pero el hilo conductor está precisamente en lo inevitable. La existencia humana se caracteriza por ser un cúmulo de arbitrariedades preconcebidas y otros hechos aleatorios que entran dentro de una lógica paralela, los cuales llegan sin previo aviso y son capaces de cambiarlo todo sin que podamos hacer nada. Ahí está la relación. Nos rompemos la cabeza y armamos esquemas de vida que se acerquen a la perfección, desafiando al azar constantemente, y aún no podemos con él. La casualidad nos supera. Hay que aprender a entender y aceptar lo inevitable como parte de la vida. Como Sampedro, que jamás imaginó que lanzándose un día al mar iba a perder la movilidad de todo su cuerpo, así la vida a veces llega con empujones que te sacan del carril y no hay más remedio. Epidemias han existido desde siempre, la gente ha muerto por cantidades incontables, pero aquí seguimos. Muchas de estas hecatombes han servido para virar el timón de la humanidad, la tragedia tiene su poder después de todo, es capaz de despertarnos del sueño narcótico de la mismidad. El problema que tenemos es que cada día negamos más la muerte y prácticamente la prolongación de la vida se sustenta sobre la artificialidad. Aunque la vida misma es un artificio.

Así que, si llega la peste, no digo que no hay que protegerse, si no que no hay que verla como una amenaza hacia la humanidad, sino como parte de ella. Somos cuerpo y germen en constante pugna.