Ídolo

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Morrissey

lunes, diciembre 29, 2008

Una Sorjuanada

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


Sor Juana Inés de la Cruz. (Por estar leyendo los Detectives Salvajes)

viernes, diciembre 12, 2008

Instant Karma (John Lennon)


Instant Karma's gonna get you
Gonna knock you right on the head
You better get yourself together
Pretty soon you're gonna be dead
What in the world you thinking of
Laughing in the face of love
What on earth you trying to do
It's up to you, yeah you

Instant Karma's gonna get you
Gonna look you right in the face
Better get yourself together darling
Join the human race
How in the world you gonna see
Laughing at fools like me
Who in the hell do you think you are
A super star
Well, right you are

Well we all shine on
Like the moon and the stars and the sun
Well we all shine on
Everyone come on

Instant Karma's gonna get you
Gonna knock you off your feet
Better recognize your brothers
Everyone you meet
Why in the world are we here
Surely not to live in pain and fear
Why on earth are you there
When you're everywhere
Come and get your share

jueves, diciembre 11, 2008

De soles y rosas (happy birthday)







Hoy es mi cumpleaños. No tengo mucho que decir. No hay casa para botarla por la ventana. Pero ¡S-alud! ¡Salud! Brindis sin alcohol.


Por ahora, en un spa en el Caribe, o en un sauna de la Marín. Una fila de periódicos en el gran ventanal nos protegen del sol infame. Sí, todo muy bonito pero trabajar con el peso del astro rey sobre la cabeza es una experiencia, nuevamente, narcótica. Las palabras se evaporan por la sequía. Y más temprano que tarde el sudor entumece las ideas.


Por eso hay que salir, salir, salir. Comprar una botella de champagne sin alcohol (no existe) y embriagarse hasta peder las palabras. Luego ir a recoger los pasos en los lugares por los que se pasó, levantar las sílabas derramadas y armar nuevas palabras. Vivir como si nada. Así, con una serenidad perfilada ante el peligro. Evitando los zapatos altos para no quedarse atrapado en las zanjas minúsculas de las veredas. Botando a la basura las medias resbaladizas, esas que no le dejan a uno caminar en paz porque se van enrollando en los dedos. Sin talón.


Protegerse el talón de las flechas mortales con botas militares, y caminar con esa seguridad de piel transparente. De venas azules y sobresaltadas. Y siempre el sol. El sol de esta ciudad que no deja pensar en qué es lo que hay detrás de Cruz Loma. Las montañas aquí no son insignes. Nadie está orgulloso de ser hijo de la montaña, no es así, no lo confundan. No es como en otras ciudades en donde la relación con las protuberancias esas es filial. Nosotros tenemos una seguridad geográfica asumida como verdad paisajística. “Así deben ser las ciudades”. Odiamos lo plano y los horizontes lejanos. Las hileras homogéneas. Así mismo ha de ser. No entender el contexto geográfico sino simplemente vivir desapegados de la comunión conciente. No, la montaña no es majestuosa. Es solo una protuberancia y si no brama nadie la nota. Podría tranquilamente no estar ahí, pero esa ya sería otra historia. Como la del Guayaquil sumergido.


Prominentes citadinos caminando siempre de izquierda a derecha. Una línea infinita. Un trolebús atestado de choros. El desaseo. El sol que quiere solucionar la opacidad de las miradas. Pieles desgastadas por todas partes. Somos de un cubismo rabioso. Las formas están peleadas entre sí, y huyen del instante cromático. Hay que pintar las rosas de azul. ¿Ustedes producen muchas rosas?, decía Pedro y cantaba Sombras.


En la penumbra vaga
De la pequeña alcoba
Donde una tibia tarde
Te acariciaba toda…


Te buscarán mis brazos
Te besará mi boca
Y aspiraré en el aire
Aquel olor a rosas…


Y luego de esa estrofa, reía. Las rosas otra vez, rosas por todos lados. Ahora sí, una petición. He recibido unas rosas de misteriosa proveniencia y necesito saber quién me las mandó. No tienen remitente ni firma de nadie, solo un pequeño poemita –o algo así-:


“Para aquella rosa desde el pequeño planeta donde todavía se persigue al ocaso”.


Más rosas y soles moribundos, totalmente comprensible. Hay que buscar el ocaso y protegerse de la ferocidad de los rayos solares.


sábado, diciembre 06, 2008

La entrada a la mediocridad desde el otro cuerpo

“El dolor físico es el gran regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de inmediato todo otro deseo que no sea la desaparición del dolor. Esa vida que recusamos porque nos parece chata, injusta, mediocre o absurda cobra de inmediato un valor inapreciable: la aceptamos en bloque, con todos sus defectos, con tal de que se nos dé sin su forma de vileza más baja que es el dolor”.

Julio Ramón Ribeyro.

“Yo creía antes que el mecanismo de la autodestrucción era una forma de lascivia, ahora voy sabiendo que no es más es una forma de comodidad, la mayor de todas, obscena y perversa hasta la médula”.
Andrés Caicedo





Dos libros leídos esta semana y sus reflexiones posteriores.




La teoría que sostiene Alberto Barrera Tyszca en su novela La Enfermedad (Premio Herralde) es la de la conciencia doble a través de la enfermedad, dicha propiamente, dolor físico. No es la conciencia del cuerpo mismo como aparato autónomo, sino una segunda experiencia: el descubrimiento del otro cuerpo. Hay una ambivalencia en el sentido corpóreo: en tanto éste sea un vehículo de la vida, sigue siendo uno, y cuando empieza a ser la carga que debemos empujar en el trayecto, entonces se desdobla. Barrera no lo dice así exactamente, ésta es mi interpretación.

La Enfermedad juega con el doble en todo sentido. En la noción de ese otro cuerpo engendrado desde el mal (no en vano el cáncer puede hacer crecer un ser de células malignas dentro de uno llamado tumor) y desde su construcción narrativa. Hay dos historias paralelas, derivadas de un mismo tronco. Un médico, por supuesto. Su padre enfermo –a quién no sabe cómo decir que va a morir- y un paciente rechazado, que es el enfermo imaginario (de Moliére) por llamarlo de alguna manera.

Andrés Miranda, el doctor, es una especie de bisagra entre la realidad y el mito. Entre el cuerpo desdoblado desde la neoplasia, y el alma desdoblada desde eso que Ernesto Durán, el enfermo imaginario, llama la Enfermedad. Y sin contar nada más, sin calificar a la novela, hay algo que concluye fugaz pero certeramente. El remedio a la enfermedad es la escritura. Ernesto Durán acepta la farsa desde su propia ficción, y el remedio a todos sus malestares, será, infinitamente, escribir al oscuro objeto de su deseo. Que no es más que la materialización epistolar de su terror.

Terror. El niño atemorizado de bajar las escaleras en oscuras para ir a tomar un vaso de agua. Eso es Andrés Caicedo. Escritor, niño suicida que terminó sus días en el Cali de los setentas por negarse a crecer. Hay muchas maneras de experimentar ese terror, que yo le llamo el miedo metafísico. ¿De dónde sale? Habrá muchos orígenes que la psicología y el psicoanálisis se divertirán tanto en desentrañar. Yo no me divierto tanto, porque de una manera injustificable, siempre se llega a lo mismo. A esa forma primaria de lascivia de la que habla Caicedo, que empieza como un motor de las pasiones, pero que termina siendo eso, un piloto automático. He ahí –entre otras interpretaciones- la comodidad.

En el miedo metafísico hay un pozo oscuro del que parte esa forma visceral de enfrentar el peligro (contraria a la impavidez, y que no se confunda con actitud temeraria, que es otra cosa). El pozo es el dolor, el que parece ser transmitido en un acto previo a la experiencia. Material genético, inconsciente colectivo, como quiera llamársele. El instinto de autoprotección frente a la “vileza más baja de la vida” es un grito de insurrección frente a la caducidad de la vida. “Nacemos para enfermarnos”, dice Andrés Miranda. El perverso mecanismo de natura nos obliga a meternos en el círculo de la negación al retorno. No queremos regresar a la nada, y esa decontrucción progresiva no es más que un simple y puro proceso de autodestrucción del que nadie se escapa. Por eso, la comodidad está simplemente en dejarse arrastrar y no oponer resistencia. De ahí la comodidad.







Andrés Caicedo, lo sé, hizo algo más que eso. Viviendo metódicamente aterrado de entenderse desde adentro hacia afuera, y con una nostalgia sistémica que solo la infancia puede ahondar, decidió vivir en cuenta regresiva. Despreciando la inutilidad del futuro y la adultez, ese mundo aún más vil y perverso, en el que uno debe irse negando a sí mismo, Andrés se fue reduciendo a su mínima expresión, literalmente drenándose palabras. El cuento de mi vida es una colección de relatos autobiográficos sin mayor articulación que el ser escritos camino a la inmolación. La primera parte revela poco más que un niño malcriado y mimado. A medida que pasan las hojas se va revelando ese dolor sistémico que le va derruyendo el espíritu. Dolor que se manifiesta en ideas como que es mejor el amor comprado, el de una prostituta, por sentirse básicamente incapaz de alcanzar el nivel necesario frente al objeto amado. Pese a su incapacidad frente al amor (al que trata como un extraño objeto) finalmente se enamoró de Patricia, y cuando ella le abandona –uno de los motivos- se suicida. Lo extraño es que sus dos últimas cartas no son despedidas de un suicida. La una es para un colaborador de la revista de cine que dirigía, y la otra es para Patricia, rogándole que vuelva, pidiendo perdón, arrepintiéndose de haberla perdido. Su última frase: Ahora salgo a buscarte.

Hay momentos en el relato de Caicedo en el que el dolor físico de la abstinencia (era adicto) retumba como un daño espiritual. Su herida es de palabras estrechas y nudos neuronales. No hay conciencia del otro cuerpo en él, quizás por eso, o antes de llegar a eso, es que no aceptó lo chato, injusto, mediocre y absurdo de la vida, porque sí, en efecto, el dolor físico es una expiación de todo aquello que nos parece terrible. Hay una tregua en el instante de padecimiento físico. Somos sólo eso, un cuerpo doliente que busca a gritos regresar a ese otro cuerpo, olvidándonos por un instante la lógica de nuestras miserias y las del mundo. Pero el dolor espiritual no tiene sosiego, no conoce otro cuerpo porque no tiene cuerpo, y no tiene escapatoria más que en sí mismo, en una eterna autofagia que resulta en el inevitable retorno a esa nada de la que tanto huimos, en un intento de revertir el proceso de la autodestrucción. Porque es terrible que, a través de esa tregua, debamos darle paso a la mediocridad que viene después del dolor (de ambos tipos): sin pasiones ni ambiciones.


All the lonely people, where do they all come from.
All the lonely people, where do they all belong.

jueves, diciembre 04, 2008

La gente no lee ¿Y eso a quién le importa? O de la impavidez y otros demonios, o La Generación Ausente.

Este post tiene tres títulos porque la falta de síntesis para la estocada final de la concisión es un círculo vicioso. No obstante, cada idea contenida se complementa con la otra. (Lea hasta el final, porque metaomorfosea)

La Feria del Libro más grande que se haya hecho en el país, acabó el domingo anterior. Y más allá de las críticas de despilfarro de dinero público que le han llovido al Ministerio de Cultura, los mucho abarca poco aprieta y las preguntas de si el medio está listo o no para recibir un evento literario de tal magnitud, yo me pregunto: ¿Dónde estaban todos aquellos que dicen que sí leen?

Ok, tenían que trabajar o quizás había cosas más interesantes que hacer en la sevillana Quito. He experimentado un sentimiento anodino y a la vez encrespado, al darme cuenta que los coetáneos presentes éramos tres pelagatos, literalmente. Sí, ya sabíamos que nadie lee, pero por qué de repente, en un medio en el que ser lector te deposita en el recinto de la contracultura, desaparecieron todos aquellos seres que sostenían que sí leen. Yo conozco muchos y creo que sólo vi a unos cinco pasearse (diciendo mucho) y asistir a las charlas en el Centro Cultural Eugenio Espejo. Es cuando necesariamente volvemos a la pregunta ¿Para quién, entonces? ¿Arando en el mar?

Yo quisiera desenvainar las causas ontológicas de este hecho. ¿De donde surge ese desdén? O es que acaso la difusión del evento falló. Mi postura al respecto no es muy objetiva, puesto que trabajo en un medio de comunicación y estuve enterada de todo desde el principio. Habría que analizar otros puntos, y desde otras perspectivas. La poca asistencia de una generación comprendida entre los 25 y los 35 años (plena edad productiva y no estudiantil) será que se debe a las teorías internacionales del desdén cáustico de la generación X, al laconismo apolítico, a la falta de una voz generacional unificadora, al no sentirse representado por nada ni por nadie, o es un simple rechazo a la asunción de la cultura desde lo oficial. Yo no tengo la respuesta.

En una ciudad/pueblo con corazón de latifundio, se polarizan no solamente los oficios y beneficios, sino hasta los ánimos. A diferencia del S.XIX y para no irnos tan lejos, hasta entrada la segunda mitad del S.XX, que a alguien le interesaran las artes, las letras, etc, era parte asumida y avalada del establishment de entonces. Hoy –al menos en nuestro medio- cada día es un hecho más extra-ordinario y marginal. Y aunque la lectura y la literatura son oficios y actividades no gregarias, es en la intencionalidad misma de despegarse de la realidad, en la que halla su pertinencia paralela con el resto de las artes.

Entonces, hippies, rockeros, hiphoperos, bailarines, pintores, escultores, cineastas, videastas, artistas conceptuales –o contemporáneos-, antropólogos, sociólogos, parcheros, teatreros, mal vestidos, bien vestidos cultos… todos al mismo costal con poetas, narradores, cronistas, lectores silvestres, letrados y eruditos. Todo es lo mismo, porque entre tanta “diversidad” hará siempre falta una instintiva estandarización de aquellas ociosidades.

Y ya que el gigante cernidor social hizo su trabajo en Quito nada más verte la cara, queda ese mínimo porcentaje de los que se fueron al lado oscuro de la fuerza, y a los que sueles verlos en bares, conciertos, inauguraciones (o para que suene más bonito vernissages) y demás. Pero de ese porcentaje ya de por si ínfimo, hay que hacer otro factoreo, que nos da como resultado un famélico porcentaje de gente que tiene afición por la lectura. Y ojo, con esto no quiero decir que solo lean quienes tienen afinidad por las artes, simplemente esos otros indicadores desconocidos para mí, del lado oscuro de la luna (o claro), pues eso, no están dentro de mi radio de evaluación. Por eso me ocupo de lo mío. De lo que conozco, o de los que conozco.

Esos son a los que busco. Quizás sea algo egoísta y nada más, el que me queje por querer tener interlocutores en igualdad de condiciones. Ni más ni menos. Sin menospreciar a nadie ni decir que quienes leen (postura más vieja que la Ilustración) son superiores. Ya es anacrónico caer en esas discusiones. Pero aún creo que sigue siendo justo y necesario incentivar la lectura, aunque suene a Campaña Eugenio Espejo. Simplemente, es un vacío generacional que llama la atención, que reclama respuestas y que revela que algo está mal. O que algo estuvo mal. Y quizás desde siempre. Y talvez desde la misma construcción republicana, en ese proceso de independencia que de alguna manera no logró despertarnos totalmente del letargo. Son teorías.

A pocos kilómetros (relativo) están dos países que tienen más librerías que farmacias (Al menos Lima y Bogotá). Hay más lectores que enfermos, metafóricamente hablando. Y aunque ya es cansón el eterno ‘qué pasó aquí’, nunca está demás entender que no podemos tirar la toalla. Que salir, que irse a Europa a hallar el florón que perdimos (o que nunca tuvimos) no creo que sea la solución. Porque la idea es que las cosas funcionen aquí, y que dejemos de sorprendernos de cómo es que en todos los metros del mundo, la gente va con su librito en la mano.

O tal vez, el problema viene de lo contrario. De no sorprenderse de nada. De esa insensibilidad crónica colectiva que nos lleva a quedarnos siempre como estamos y a levantar los hombros en señal de falsa protesta, lo que ni siquiera disfraza un conformismo, sino una vagancia. Una necesidad casi genética de no hacer ningún esfuerzo. Levantar la mano y agarrar el fruto.

Ayer asistí a una charla de Víctor Arregui, el cineasta. Él se confesaba impávido y decía: “la impavidez a mí me encanta, es lo más bonito que hay”. Y describía a la impavidez como lo que es realmente: la incapacidad de conmoverse. Esa no-reacción que no procede de una decisión conciente, sino de un estado de ánimo perpetuo, del que es imposible salir, porque para quien lo experimenta, es seductor. Yo me preguntaba entonces, cómo era posible que una persona que aún se dice activista político, que trabajó en comunidades indígenas, pobres y rurales, y que “luchó” por las injusticias sociales (sí, total discurso macerado de izquierda), fuera impávido. Quizás racionalmente él pudo discernir que aquello no estaba bien, lo cierto es que su respuesta fue: “Ser impávido es ser bruto, lento, colgado. Es quedarme en nada, mirando algo por horas y sin reaccionar (quizás eso se asemeje más a un estado contemplativo). Pero en el fondo, te cuestionas mucho, tal vez eso sea tan solo una careta”.

Una careta. ¿Será ésta la respuesta al quemimportismo verdadero? Yo creo que lo de Víctor va por otro lado. Él ha producido, no en vano tiene dos películas. Hay un problema sustancial en el dejar que la vida nos pase por encima y no reaccionar, y está relacionado con absolutamente todas esas faltas, ausencias y carencias. Como la de la lectura. Hay una elipsis en nuestra historia, un salto temporal imperceptible, que nos ha depositado en un no-tiempo, un no-momento, en el que el progreso y la progresión de los hechos en realidad es una ilusión de contexto. Lo que vivimos es una simple dilatación de un mismo instante, algo así como estirar lo que más se pueda a un mismo minuto. No hemos sobrepasado nada porque no hemos dejado atrás nada. Las escenas aparentemente nuevas de nuestros contextos histórico, político y social, son simples maquillajes de lo que siempre estuvo. Esa es la verdadera impavidez, impedir -por razones desconocidas y oscuras a mi entendimiento- que la vida siga su curso de metamorfosis, ruptura y cambio. Somos los mismos desde hace siglos y a muchos les interesa seguir siendo eso, porque es más cómodo, y por último, si se lo estandariza, quién lo va a notar. A quién le va a importar.

Pero téngalo por seguro que se nota. Es evidente. Pedro Lemebel, el del Post anterior me decía: “Por Dios, ¡Qué les pasa a ustedes, que viven en cámara lenta! ¡No reaccionan!”… pero ¿para qué reaccionar, no? Si la impavidez es tan arrulladora y cálida….

lunes, diciembre 01, 2008

Lo que uno puede hacer sin una computadora, parte I


Notas posteriores:

1) Flotador de palabras

2) ¿Era necesaria una balsa trola?

3) Probablemente, todo lo escrito a continuación simplemente comprueba lo que posteriormente diría Lemebel sobre sus dos que tres personajes alimentados de sexo, calles, canciones, bares y desaparecidos por las dictaduras. La vieja loca cascarrabias, la tierna viejecita… sobre todo esta última. No importa la sinceridad del travestimento, en tanto este sea verosímil. En tanto el espíritu sea anticipadamente dopado y la verdad del cuerpo no se revele. Mientras el sainete sea fiel a sí mismo, todo es pertinente.

De la ciudad imposible y las calles que se cruzan con sí mismas. (La ciudadela México, Juan Carlos Cucalón)

Ahora que soy mueble, me lleno de libros para volverme invisible. Manoseo sus pastas blandas (hoy casi todo es de bolsillo) y me daño los ojos con esa luz pobre de 60 watts –imposible huir de la mezquindad-. Llego, me siento, leo a Lemebel y quiero clavarme en la pierna ese pin con la cara de esa mujer mestiza-inca con camiseta de estrella, que se supone, debo ser yo. Meriendo las palabras de Pedro (Lemebel) y aprendo a gritar como él (con un grito neuronal). Me acuerdo de su abrazo de batón crudo, dentro de esa pose tan tonta de vieja loca que adoré, no sé por qué. Me conmovió su lado ¿maternal? Quizás fingió todo el tiempo y yo le seguí la corriente por no tener más salida que vivirlo de la manera en la que él había propuesto. O en verdad buscaba ese calor arborescente del desconocido. Quizás –decía- fingió todo el tiempo pero él me abrazó, me tomó del brazo mientras caminábamos por el centro de la ciudad, en tanto me contaba cualquier cosa. Ese todo desvaído que ahora es él. Y su pañuelo en la cabeza, y su túnica más parecida al traje de una secta de locos con fe en una piedra. Ups. En una planta mejor. Otra vez ups. Los diez mandamientos, el árbol del bien y el mal. Pero él quiso abrazarme aún. Y yo, con esa lógica lingüística evasiva que suele venirme cuando entrevisto a alguien por obligación, ciertas veces, fui diciendo nada –porque ahora soy mueble y me visto de libros, y de las palabras de los otros- porque ya casi ni hablo y me cuesta cada día más hacerlo. Porque hallo inútil a veces sonreír, agradar, caer bien. Y paso por pedante.

Ellos correteando detrás de mí, miento. No correteaban, arrastraban sus vidas dentro del vaho andino. Repetir tres veces las preguntas más obvias, mirar a los ojos y toparse con esa mirada desafiante agazapada en unos ojos sin pestañas y en un sonsonete dulzón. ¡Hay que moverse! ¡Hay que hacer algo! Mis vías respiratorias altas no pueden más. En fin, bañada de malas caras, que recuerdan a las de la empleada doméstica reprendida por el patrón, fui cobrada en venganza. Me maquillaron terriblemente y quedé tan fea… más fea que nunca. Decidí no chasquear contra el piso los caparazones de los caracoles que me habían salpicado con su baba. En Babia.

Con cada ojo extinguido y lánguido, lerda de maquillaje a lo Betty Davis en sus últimas épocas (recuérdese Who’s afraid of Virginia Wolf), fui al baño, transformé la reyerta en risa, regresé salpicando sílabas burlonas de lo fea que estaba y de lo lindo que había pasado con Pedro. Del ingenuo milagro siempre esperado de que las cosas sean células vivas y se reproduzcan por meiosis. De la incapacidad de la realizadora/productora de acercarse a la loca cansada pero en on y decirle: Venga con nosotros. Cosa que tuve que hacer yo con una naturalidad narcótica, porque el sueño me rehúye, y eran las nueve de la mañana y yo sin desayunar.

Quizás yo no era tan bonita como debía haber sido. Pues ahora me importa un pepino lavarme la cara siquiera para salir. Una mentira menos. Into the White a lo Pixies.

Did you hear what I said?
Did you hear what I said?
Deeper than your sleepy head
Deeper than your sleepy head
Ain't nothing to see
Ain't nothing in sight
Into the white...

Una tranquilidad para el panal de abejas asesinas con patas de ganso. Que no escuchan, que no miran, y que destrozan rostros con polvos traslúcidos, correctores de ojeras y coloretes. No se moleste señorita, que esa cara ya estaba destrozada, sobre todo por factores meteorológicos y microclimas uterinos. Mis dos líneas chinas funcionaban mejor, pero fueron borradas de mi rostro. Tenía que ser una falsa occidental. ¡Qué pálida estoy! Soy amarilla y mis ojos, dos aceitunas sin pepa. Antes de ser desdibujada, Pedro cayó en mi mirada dibujada y me dijo –o más bien dijo a todos los que estaban en la mesa-: Ella es muy bonita, mira que lindos ojos. Yo, como niña de vestido prensado y mejillas coloradas, respondí: Ay gracias.

Pedro: Pero… también tienes algo de chico, eres andrógina. Pareces un niño.

A veces me siento un poco homosexual, sí, pero cada vez menos. Pedro y su acompañante, una chilena medio gorda que estaba dopada por la altura, querían comer camarones. Yo comí frutas. Nadie entendió por qué. No tengo paciencia para explicar. Pero lo que no entendieron en realidad fue por qué estaba tan bien con ellos, con Pedro y su amiga (que no recuerdo su nombre) quien días más tarde se quedó ciega porque tenía un problema en sus ojos. Una ceguera temporal, nada grave. Ahora pienso en ellos y en la insalvable conducta del equipo de filmación, ese charco engendrado en un hueco de asfalto. Debería existir el chance de pisarlo o no. Yo no debía divertirme frente a sus ojos, porque siempre hay que estar preocupado por algo y ser básicamente infeliz. Pero yo necesitaba un remedio para la morriña.

La acompañante de Pedro era otra madre transversa. Caminábamos los tres agarrando a la vieja loca en la mitad. Driving Miss Daisy. Riéndonos de ser tan coincidencialmente torpes, de no saber conducir y no preocuparse por ello. “Este programa va a salir lindísimo. Vai a tener un excelente material. ¿Cuándo Sale?”. No fue así, pero no vale llorar sobre la leche derramada.

Luego fui desterrada del auto y caminé moqueando por las calles del centro, a reencontrarme con mensajes de texto y fiebres nocturnas. Fui a recoger mis pasos, repitiendo treinta veces la misma toma bajo las partículas violentas de la niebla, que iluminadas por las Arri se estrellaban contra mi rostro. Yo, como animal de circo, estaba obligada a reproducir frases profanadas de la tumba de la lengua romance. Y no hay chance. Sé tú misma. Yo misma jamás estaría aquí y me daría un puñetazo antes de aceptar sonreír sin gracia. Las comisuras me tiemblan. Frases convertidas en el aserrín del ingenio.

El libro. El Libribro. Alfredo Pareja Diezcanseco ha sido un trabalenguas terrible cuando el velo húmedo de la noche rasguña las cuerdas vocales. La gripe, los mocos, el ojo de boxeador lagrimeando sin pena ni gloria, en cada golpetazo de ánimo televisivo. Y yo, pensando seriamente en acabar con todo y salir de esa Siberia de corazón DV cam para calentarme los pulmones.

Cuatro grados, cuatro horas rezando el mismo sonsonete del absurdo con un hombre bello a mi lado, que aprovechaba para abrazarme so pretexto del frío. Era alto y atractivo, con brazos y torso fibroso. Él quería ver el color de mis ojos ya sobreexpuestos. No fue nada erótico, yo me encargué de que así fuera, al menos para mí. La pulsión estaba detenida porque ahora no. Yo, ahora no. Y me fui sin decir nada, cero besos, abrazos y sonrisas ligeras. A nadie le importó que yo no comiera carne y se tragaron en mis narices enrojecidas, sangrantes hamburguesas de un restaurante de mala muerte. Sí, la gente es mala. Come carne, mata toros y se ríe de eso.

El 4x4 de neblina y horas, me obsequió una febril noche en la que fue imposible llegar al sueño. Al amanecer, una última patada en mi consciente me desmayó hacia Pedro, la vieja loca tierna, tan madre y madrastra. Y yo, llamándola para que me venga a sacar de la mueblería. Que me abra la puerta, la que me lanzaron en la cara y de la que no tengo la llave. Trolo Super Hero.