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Morrissey

viernes, marzo 13, 2009

The Funeral (como un gran disco de Arcade Fire)



Ha sido una semana insólita, de reflexiones, conjeturas y un sentimiento de extrañeza alrededor de la muerte de Magnalucius. Conversaciones telefónicas, chateos, diálogos personales, entre muchos amigos y yo, unos más afectados que otros, pero todos consternados. La carta de Andrés nos ha dejado pensando mil y una cosas. Hay una gran lógica en el ejercer la más grande voluntad del ser humano, como Andrés la llama, la de decidir el momento de la muerte propia. Es un tema que amerita mucho discernimiento, pero este post no quiere ser una apuesta filosófica sino más bien una expresión de las reacciones suscitadas y algo más. Sé de gente que está muy triste y deprimida, otros tienen rabia por su decisión inesperada, algunos se sienten mórbidamente atraídos por esta muerte teatral. No hay indiferentes.

Muchos nos hemos cuestionado lo importante que llega a ser la muerte de un amigo en la vida de uno. Para alguna gente ha sido un despertar de conciencia de lo inseguro y fugaz de la vida. “Hay que verse más, hablarse, preguntarse si se está bien, nunca sabemos lo que estará pasando en verdad el otro”. Mi amiga Edith, luego de enterarse de este episodio, me ha llamado hoy con este sentimiento de culpa, como ella le llama, de estar alejada e indiferente frente a la gente que algún día estuvo cerca. Ella cree que entre nosotros, entre esa gente que de alguna manera u otra, nos conocimos en la facultad, hay un algo que nos atraviesa a todos. “Somos raros, incluida yo”, me dice. Ella piensa que, a pesar de vernos muy poco –a veces han pasado años sin reencontrarnos- estamos conectados por algo que llama “sensibilidad”. Pero hoy pienso que esa característica es patrimonio del ser humano, quien quiera que fuere. No obstante, lo que se dio quizás entre ese grupo de amigos-amigas, que nunca fue grupo -incluso cuando estábamos en la facultad, nunca salíamos juntos entre todos- fue una conjunción de marginalidades. No peyorativamente hablando, simplemente, cada cual a su manera –a veces similar, a veces distinta- se encontraba en el borde de algo. Y quizás aún nos encontremos ahí.

No puedo dejar de pensar en todos los suicidas de la facultad, los “locos” rondando por los pasillos, los raros que sin querer nos dimos cita en la más fantasiosa de las carreras: la literatura. Aunque para amainar los estragos de los pensadores flotantes se la fusionó con Comunicación y, de paso, conseguir más estudiantes en aquella fauna de “otra cosa”. Los “otra cosa” éramos bastantes y tendíamos a ser algo ermitaños. Algunos tenían grupos más afines, otros compartían su unidad en medio de la diversidad (frase en boga), ya que al lado de los “otra cosa” estaban también los ni chicha ni limonada de los ni chicha ni limonada: estudiantes venidos de pequeños pueblos de provincia, seminaristas y algún otro inclasificable. También estaban “las reinitas”, aquellas que incluso fueron soberanas de Quito, Ambato, Ibarra, y que buscaban estudiar la carrera que las autentificaría frente a las pantallas: Comunicación Social. Era, ante todo, un estéril conjunto de extremos. Nada tenía que ver con nada y se sentía una clara incomodidad e incompatibilidad al momento de compartir espacios.

En esos corredores transitaban seres excéntricos, otros sombríos y más de uno con verdaderas afectaciones siquiátricas. Había un esquizofrénico comprobado que tenía un tumor cerebral. Él perseguía a las chicas y a veces incluso, golpeaba a la gente o la insultaba. Había otro, que caminaba encorvado y que una vez llamó a mi casa a gritar mi nombre –a mi madre se le pusieron los pelos de punta-. Él, de fuente fidedigna, cuando era niño y con suficiente conciencia como para acordarse, vivió junto al cadáver de su abuela durante una semana, pues sus padres se habían ido de vacaciones y la abuela había muerto mientras lo cuidaba, sin que nadie se enterara en varios días. Dicen que eso le había dejado “colgado”. Había otro que proclamaba realizar ritos de magia y ocultismo; andaba haciendo amuletos y lanzando bolsitas misteriosas en los pasillos y ascensores. Él era hijo de un profesor y odiaba a la humanidad. También perseguía chicas y un día, cuentan, tuvo un ataque a lo Ned Flanders en ese capítulo de los Simpsons en el que insulta uno a uno, a todo Springfield. Hizo lo propio en su aula, y fue insultando y lanzando con estertores, “las verdades” a cada uno. Famoso fue el caso también de otro estudiante que había llevado un arma con la que iba supuestamente a matar a otro. Fue un incidente algo confuso y velado por las autoridades, pero en el que incluso hubo hasta persecución y forcejeo. Luego, llegó el primer suicida. Esto fue al poco tiempo de ingresar a la Universidad. El Cachivache era su nombre ya de pila. Era un ser histriónico y bufonesco que caminaba por la vida con un brazo de muñeca y saludaba a la gente con el mismo. Era poeta, medio borracho pero bastante apreciado por sus amigos. Vivía dentro de otra lógica y en una dimensión ficticia. Un día se disparó la cabeza y según cuentan, algunos pensaron que fingió otra vez su muerte. Una vez ya había corrido del rumor de su fallecimiento, el cual resultó falso. Esta vez no le falseó la mano y se fue con sus versos a otro lugar.

El segundo suicida fue un profesor que yo no conocí porque nunca recibí clases con él. Pese a estar en el mismo lugar, mis recuerdos de él son vagos. Para mí, extrañamente, siempre fue como invisible. Dicen que andaba con una chaqueta de cuero, que era ermitaño y algo apagado. Su nombre era Henry Klein, profesor de literatura, creo que también era poeta o narrador. Un ser algo atormentado. Vivió y murió solo, en su casa, no recuerdo si ahorcado o con un disparo en la cabeza. Dicen que no tenía amigos ni familia, me parece que era extranjero. Por ahí hubo otra muerte en circunstancias al parecer accidentales, que algunos a veces mal piensan que fue un suicidio. Era otro poeta estudiante que supuestamente había muerto en Bolivia por una gastritis (me imagino que ulcerativa) o una peritonitis.

Todos pasantes, transeúntes. Quizás más historias olvidadas en las aulas, escritas en los pupitres. Sí, había siempre mensajes tallados o escritos en las mesas. Cadáveres exquisitos, continuaciones de relatos y qué se yo. Encontré varios para mí, pero ese es otro tema. Las clases terminaron y de esas amistades esquivas me quedó un contacto aislado con alguna gente. Nunca tuve un grupo de amigos, aunque a veces funcionaba el grupo de los “sin grupo”. Me llevaba con una y otra gente, y no articulaba nunca una verdadera camaradería grupal. Pero este no fue únicamente mi caso. A mucha gente le pasó esto, y de hecho, de esas amistades individuales nació un seudo-grupo, años después, que es del que habla mi amiga Edith cuando dice: tenemos que vernos, conversar, estar en contacto. Lo curioso es que, mientras estudiábamos, nos llevábamos entre sí pero por separado. Hoy nos vemos poco, a veces de coincidencia y ese sentimiento de culpa del que habla mi amiga, se manifiesta siempre en planes que nunca se concretan.

Por eso, como dice Santiago, ese poeta-hippie-etéreo de las calles: las cosas hay que decírselas en vida. Hoy lo he visto en la calle, me ha detenido como siempre y me ha dicho: te hago un regalo. Y me ha obsequiado un par de ojos en alpaca, que los hizo ese rato frente a una decena de adolescentes a los que les vendía alguna chuchería hecha por él. Mientras elaboraba mis adornitos, les hablaba de mí a los chicos y les decía: ella va a ser la invitada de honor a mi funeral. ¿Y si yo muero primero? Entonces yo seré el invitado de honor…
Un plus: el video de la última actuación de Magnalucius, en Flasoma Perú 2009... es estremecedor...

2 comentarios:

Eulalia Cornejo dijo...

Qué lindo escribes Dalila, te felicito.

un abrazo,
eulalia

Gato Negro dijo...

Dalila, yo viví esto contigo. La muerte de Andrés trajo a la mesa un retahíla de historias que solo pueden haberse fomentado en esa Facultad de seres "especiales"...Hoy tambièn hablé con la Edith y en efecto que este acontecimiento sirva para que todos, con nuestra autenticidad o por su lado, como tù dices, no nos dejemos de ver de alguna forma...y no digo "ver" como acto literal..
Andrés sigue escribiendo una historia larga, incesante, que no acaba ni empieza en esa facultad...empieza en la eternidad y se funde con ella, en miles de facultades de literatura donde exista un tu y un yo tirándose de los pelos y llorando, divagando y desconstruyendo pensamientos hasta convertirlos en obscenidades..