Ídolo

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Morrissey

lunes, abril 27, 2009

¡No otra vez, no!


Ayer fue uno de los días más feos de los últimos tiempos. Días poco reveladores, que no descubren ninguna verdad, que no enseñan ni enmiendan. Que no arrojan evidencia por ninguna parte. Pero ayer, el peor de todos, como para sentirse entusiasmado por irse a comer un locro y sentarse en una vereda a ver la gente pasar, sin entusiasmo, sin compromiso. Una vez más, a votar por quién sabe dios, con la insipidez del caldo que ha sido rellenado con agua para dar de comer al exceso sorpresivo de comensales que se dirigen a ninguna parte, que no saben lo que están haciendo y que con la sinceridad del autómata, han dejado de cuestionarse el por qué de todo esto.

He perdido la cuenta de cuantas veces he votado en los dos últimos años. Y siempre en el mismo lugar. Colegio Benalcázar, mesa 38. A llegar había una fila de cuatro personas, que parecía poco, así que no me causó molestia alguna al principio. Pasaron los minutos y mi turno jamás llegaba. La señora de azul pedía asesoría a su hija de diez años y su derecho ciudadano se volvía infinito. Me prometí demorarme nada, irme en contra de mi ética y anular todo para zafarme rápido del infierno de caritas y nombres. Y mientras pensaba esto no reflexionaba en lo terrible de mi pre-decisión. ¿La democracia se resume en una obligación irresponsablemente asumida de zafarnos cuanto antes de aquello? Me temo que en nuestro país, y en los tiempos actuales que vivimos, sí, se trata de eso.

Cada elección se vuelve un proceso más absurdo que el anterior, más insípido, soso y sin contenido. La democracia electoral se ha desvalorizado convirtiéndose en una ceremonia que no celebra nada, en un interludio que precede nada. Un intermedio infinito que no avanza ni retrocede, que no nos ha llevado a ninguna parte. Por el contrario, el escenario “político” ha logrado que el ciudadano común pierda el poder de discernimiento frente a la democracia electoral. Somos incapaces de adherirnos cuerdamente a una propuesta, una línea política o una ideología porque las listas y movimientos se han convertido en el “baile de los que sobran”.

¿Quiénes eran todos estos fulanos? Ok, algunos eran hasta panas, otros cantantes, presentadores/as de tv, actores (el famoso cabo mosquito) y hasta modelos. Todo con tal de captar la atención del votante y sufragar por una cara conocida. Sí, la democracia se ha resumido en una foto plana y enana. En una sonrisa poco convincente. Me indigna entender en lo que ha ido a parar “el poder de la gente”. En una superficie quebradiza, sobre la cual se escribe vagamente un derrotero derrotado antes de ser aplicado. Es como caminar sobre hielo, pero sobre la capa de hielo de una laguna artificial congelada. El voto ya no tiene poder porque ya no hay convicción. Esta obligación disfrazada de derecho, carente de sentido ya, no nos deja respiro, ni un cargo de conciencia superior al de cometer una infracción menor de tránsito.

Cuando llegó mi turno, y pese a haber prometido no demorarme, me demoré. No pude anular mi voto, siempre he creído que es fundamental como ciudadano ejercer el derecho al voto y la opción “nulo” me ha parecido tradicionalmente una pérdida de conciencia. El problema es que entre lo difuso del despliegue de opciones, la sensación de pérdida de tiempo era inevitable. Busqué los nombres que tenía en mi cabeza desde antes de llegar, nombres de gente que conocía y un par que me interesaban, y juntos no sumaban ni cinco. Y estoy hablando en el total de los totales. Así que voté por esos cinco, entre concejales, asambleístas y demás fauna. Los demás, como diría Avarito, son cuento.

Llegó la tarde y la sorpresa esperada por todos hacía de las suyas al momento de pensar en imaginarios colectivos, idiosincrasias y mi lindo Ecuador. Lucio Gutiérrez quedaba en segundo puesto. Algo no está bien, algo no me cuadra. Algo que se ve venir desde siempre…

1 comentario:

Martín dijo...

Cuando me enfrenté a la primera papeleta supe que tenía mejores que hacer.