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Morrissey

jueves, marzo 03, 2011

Memorias de mis calefones tristes


En el principio no había calefones. Sólo existían esos termostatos gigantes y había que tener la suficiente entereza para levantarse a las cinco de la mañana a prenderlos. El agua debía calentarse por una hora y seguramente, el tercer miembro de la familia sufría las consecuencias de “se acabó el tanque”. Entonces, sólo habían tres soluciones posibles: bañarse en agua fría con la vieja técnica del mano a mano, codo a codo, brazo a brazo; calentar una olla de agua y regársela con tazas o frascos de bonella; o finalmente, la más aplicada por los niños: evitar el baño a toda costa.


Desde que los calefones a gas llegaron a nuestras vidas, todo cambió. Una luz al final del túnel se prendió. Aprendimos las delicias de desperdiciar litros y litros de agua en un abundante baño caliente hasta que la piel se pusiera como una pasa… Entendimos que bañarse a plenitud podía ser barato, pues las famosas duchas eléctricas consumían lo que 40 focos, versus un simple y subsidiado tanque de gas de 5mil sucres (en ese entonces). Los calefones a gas nos enseñaron importantes lecciones que ya muchos hemos olvidado, como aquella que versaba así: “Jamás tengas un calefón dentro de la casa o en sitios sin ventilación”. O aquella que decía más o menos así: “Nunca prenda un calefón a gas si está oliendo a gas”.


Por lo demás, ningún otro problema diferente a cualquier otro artefacto a gas, ya saben, eso de las explosiones y los incendios. De hecho, uno de mis primeros encuentros con un calefón fue en aquellas vacaciones veraniegas a la tierra de mis padres, la muy ilustre y liberal Cuenca, en la que conocí por primera vez lo que era un calefón y lo que era una inflamación por calefón. Sólo unos cuantos pelos, cejas y pestañas quemadas de una tía y un primo que, por lo demás, no acarrearon ningún trauma por el suceso. El calefón en cuestión continuó su trabajo sin bajas.


Ante la inminente entrada de los nuevos tiempos en la vida de mi padre y sus reticencias para remodelar la casa, sucedió que un día decidió emprender un gran paso en nuestras vidas: la instalación de una cisterna. Nuestra existencia realmente se dividía entre AC (Antes de la Cisterna) y DC (Después de la Cisterna). AC, el bañarse en agua fría realmente era secundario, el tema era lograr que el agua subiera al segundo piso, donde por supuesto, si alguien bajaba la cadena, se lavaba las manos o se le ocurría jugar carnaval en el patio, conseguía que la escena del “jabonado que maldice” se repitiese constantemente.


Nuestra suertuda niñez transcurrió entre ollas de agua caliente y chorros ínfimos de agua. Pero, ya saben, no importa, era la infancia, no había que bañarse. Para nuestra felicidad, la adolescencia llegó con DC y un largo y coreado: ¡ooooohhhhh cuanta agua! Y es que nunca hubiéramos imaginado que en aquellas duchas pudiera salir agua por montones mientras al mismo tiempo alguien más se divertía lavando platos (mi madre, por supuesto). Luego, por añadidura vino el ¡Calefón!, ese objeto inanimado que tantas alegrías nos ha dado a lo largo de nuestras vidas.


Gracias al calefón conseguí que mi espalda tuviera un 60% menos de sensibilidad que el resto de mi cuerpo, ya que se volvió resistente a las altas temperaturas con las que me gustaba bañarme para quitarme el frío andino de las seis de la mañana. El calefón me enseñó también que ¡podía bañarme todos los días! Y entonces vi que era bueno y le dije adiós al manto ácido de mi piel. ¿Quién quiere una barrera protectora inútil si puede bañarse todos los días en agua hirviendo? Pero lo que el calefón nunca me dijo fue que luego de años de disfrutar de sus deleites, uno se volvía adicto y que la felicidad mañanera estaba en directa dependencia de cuánta agua caliente golpeara tu cabeza y tu espalda.


Cuando empezó mi peregrinaje por nuevos hogares, hubo un tiempo en que encontré el mejor calefón de mi vida, al cual, incluso tuve que rechazar su exceso de calor. Llegué a prender el agua fría para no cocinarme. Como sea, fueron tiempos acuáticos muy felices. Luego, entre una y otra cosa, tuve un penoso reencuentro con las sosas y sobreestimadas duchas eléctricas, que me regresaron en el tiempo. Involucioné bañísticamente hablando. Y por eso invento palabras. Hoy vivo con una ducha eléctrica que me causa problema cada cierto tiempo, a la cual odio por las mañanas pues, nuevamente, si alguien se divierte lavando platos en el piso de abajo, yo me quedo en la escena del “jabonado que maldice”, y la verdad, le he perdido el gusto al baño. Aquel gusto que cultivé con esmero durante tantos años, hoy es simplemente una necesidad más pública que personal. Debo estar medianamente limpia para ir a trabajar.


Así que, ¿cómo será nuestra vida sin calefones? Pues yo ya la estoy viviendo…

3 comentarios:

elpoetadeyeso dijo...

Hey muy divertido tus escritos,te saludo desde el extremo nororiental de Colmbia,pasaba x aquì te lei y me quedé...hoy tan llueve en mi ciudad y hace un frio ni el más "macho"...que cosas con el clima,no!

Saludos amiguita desocupada,sigue alimentando mi ocio.

Dalila dijo...

Gracias!

Martín dijo...

Saludos desocupada. Te saludo desde el extremo suroccidental de la carolina,,, pasé por aquí haciendo click desde allá y tu escrito me ha parecido de lo más divertido /el detalle de la margarina fue lo máximo je je/.